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jueves, 12 de octubre de 2023

Santos Pecadores


Plaza de Armas de Ovalle

Una amena charla sobre mi obra, Ovalle, la tierra natal, lo humano y lo divino... porque todos somos pecadores, confesamos pecados en el podcast de mi amigo y periodista Sergio Aguilera.

Este es el link para enterarse muchas cosas relativas al proceso creativo y mi vida como escritora, mis viajes y muchas cosas adicionales, que transmitimos desde Ovalle en octubre de 2023:
:

SANTOS PECADORES EPISODIO 57open.spotify.com

martes, 6 de junio de 2023

Cuentos de Antipódica liberados


                                                                        

                                                                                                            English version


IMAGINARIA

Una mujer imaginaria, en un territorio imaginario de Ultramar, observa sus uñas rojas posarse en un computador personal imaginario. Cada tecla es una vértebra en el relieve de la espalda de su amante imaginario, autor de un ensayo que explora la autoconciencia de su yo imaginario, y que solo es un personaje de una escritora sudaca que crea un relato de destino improbable en la enciclopedia universal imaginada por Alejandro Magno en Egipto y que desaparece de la historia en el preciso momento que se quema la Biblioteca de Alejandría.

No hay autor. No hay ensayo. No hay escritora. No hay microcuento. Hay una calle vacía en Manzanares el Real muy parecida a la de un villorrio chileno. Ambos pueblos se rozan eróticamente en un vértice espacio temporal mientras el Universo no cesa de expandirse hasta que nada ni nadie recuerde ni a Alejandro, su plato de lentejas y su biblioteca bajo las llamas del olvido imaginario.

La sacerdotisa dueña de magia ancestral necesaria para la cópula de los territorios separados por diez mil quinientos diecisiete kilómetros cabecea tironeada por el cansancio y el sueño. Entonces esa mujer imaginaria deja de teclear durante unos breves segundos que nada importan en el planeta imaginario, pero el hombre recostado en la poltrona de su terraza imaginaria despierta sobresaltado de una pesadilla de mil puertas en ninguna de las cuales encuentra a la mujer de sus sueños. La lluvia cae dulce después de la tormenta sobre la Sierra de Madrid. Cuando el hombre imaginario intenta volver a conciliar el sueño, la chilena vuelve a posar sus dedos de uñas largas sobre las letras. Él siente el ritmo de su caricia y cae rendido. La Tierra continúa su viaje por el espacio a la astronómica velocidad de dos millones de kilómetros por hora arrastrada por su destino ineludible.


NARIZ

                                        

El abrigo de cachemira rosa atraía todas las miradas a la entrada del Museo, pero él no actuaba como si fuera el objeto de tanta admiración, curiosidad o simple atracción visual en ese entorno gris y ligeramente oscuro.

Delgado de delgadez a poco de ser enfermiza, los huesos marcaban de modo magnífico la estructura del hermoso tapado que lo cubría desde el cuello hasta los pies dejando ver apenas la punta de las botas de cuero negro y tacón cuadrado.

Tenía un gesto en la boca que revelaba la búsqueda que hacía también con la mirada rebotando por los grupos de personas que comenzaban a copar el espacio del hall de acceso del majestuoso edificio. La luz de la mañana apenas lograba penetrar los enormes arcos antes de perderse en salones solemnes llenos de tanta historia que, si ésta tuviera peso, se hundirían hasta el centro líquido de la Tierra.

Su piel era tan pálida que capturaba el reflejo rosa del abrigo y lo hacía aún más atractivo para los curiosos que lo observaban con disimulo o descaradamente. La total prescindencia del hombre del abrigo rosa alimentó la osadía de los turistas y locales que esa mañana de marzo habían llegado hasta el centro de la ciudad para visitar el famoso edificio y conocer sus valiosas colecciones.

El hombre joven no se percató de la creciente cercanía de las personas vestidas de gris, negro o gris marengo.               

En medio del arremolinamiento, el abrigo rosa palpitaba como el gran pistilo de una flor carnívora de pálidos pétalos temblorosos. Grisáceos y frágiles pétalos humanos.

El silencio se había hecho poderoso en el salón.

Repentinamente un rayo luminoso rompió el ángulo de una ventana que miraba al oriente y atravesó también en completo silencio el salón de acceso  hasta iluminar el rostro del hombre del abrigo rosa.

La flor dejó de palpitar y un suspiro retenido sonó más fuerte de lo que era posible imaginar.

El promontorio de la nariz ocupaba la mayor superficie de la cara y su sola visión hizo retroceder raudos a los indeseados espectadores. Sorprendidos ante este nuevo elemento del espectáculo comenzaron a cuchichear entre ellos. Conocidos y desconocidos sintieron que tenían algún tipo de licencia para hacer de las facciones del joven de rosa un motivo de juicio o análisis.

Aburrido sobremanera, el centro del espectáculo, abrió los brazos y al extender el magnifico tapado se elevó sobre las cabezas homínidas, revoloteó apenas unos segundos y enrumbó hacia El Jardín de las Delicias donde encontró su ubicación perfecta en la famosa obra de El Bosco. 


POR UNA CABEZA

A los quince años me pasó por una cabeza. Antes de trescientos sesenta y cinco días era obvio que me sacaría dos cabezas de ventajas. Y no es que yo fuera un ser humano extremadamente bajo. Tengo una altura bastante promedio, no solo para estándares de mi país, sino que me atrevería a aventurar que a nivel global.

De hecho en muchos ambientes yo era la persona más alta del lugar. 

Aunque finalmente paró de crecer, fue necesario comprar una cama extralarga y modificar la altura de muchos muebles en la cocina y el baño, subir las lámparas para que no se golpeara en la cabeza y requirió horas extras para buscar y, eventualmente, encontrar ropa o calzado adecuado a su talla.

Nunca me inquietó su inserción social, pues parecía siempre feliz y jamás tuvo una anotación negativa en la escuela ni expresó algún reclamo por sufrir bulling ni cualquier tipo de abuso o maltrato.

Me pareció tranquilizador cuando nos presentó a su pareja, una persona de lo más agradable de casi su misma altura. Una noche desvelada por cualquier otra cosa, me asaltó una duda: ¿Dónde había encontrado a su media naranja?

En la universidad todo continuó bastante normal. 

Para su vigésimo primer cumpleaños decidió hacer una celebración en la casa. Distraída en los preparativos solo me percaté de que algo no iba del todo bien cuando llegó el momento de cantar el Feliz Cumpleaños. Con la torta en ambas manos y en puntillas de pie, yo apenas podía sostener la bandeja a una altura apropiada para que quedara a la vista de todos los invitados.

Con mi retoño actuando en la práctica como escudo humano adquirí conciencia de que aquella era una verdadera comunidad de gigantes. Simultáneamente supe que conocía muy poco a mi hijo, que su mundo me resultaba completamente extraño y que los años de silencio solo ocultaban algo que ahora me producía una profunda inquietud.


UN PICAFLOR INQUIETANTE

Aún no era capaz de razonar cuando siendo una criatura comprendí la magia detrás de los picaflores. La velocidad del aleteo, lo diminuto del cuerpo, los colores tornasolados y el apenas perceptible zumbido se me revelaron por mera ciencia infusa como un verdadero milagro de belleza aerodinámica de la naturaleza.

Largas tardes de primavera pasaron por mi vida mientras permanecía absorto contemplando a las pequeñas aves que llegaban a la galería de la casa de mi familia en la rivera sur del río Limarí. Justo antes de que la temperatura resultara poco agradable llegaban los últimos colibríes a decirme buenas noches mientras libaban el néctar de los hibiscos blancos.

Décadas más tarde cuando tuve que plantar el jardín de mi primera casa en las afueras de la ciudad, puse una amplia variedad de especies para atraer a los picaflores. Verbenas, lavandas, malvarrosas, madreselvas, begonias y geranios cubrían todo el frente del ventanal de mi habitación. Despertaba medio embriagado por los aromas al amanecer y me consolaba del tedio de la jornada laboral cada tarde contemplando a mis amigos plumíferos.

Un día en que el atardecer fue particularmente hermoso y la temperatura era perfecta, la realidad sufrió una leve alteración. Entonces, fue él quien comenzó a observarme a mi. Me tomó algunos minutos darme cuenta que las reglas del juego habían cambiado, pero pronto me adapté a la nueva situación. Él cambiaba de posición constantemente así que a veces parecía distraído. Pero no. Sólo estaba completando la imagen cerebral en la que yo era un ser caleidoscópico. Un feo animal atado a un silla detrás de un cristal de regular calidad. Un bípedo casi incoloro, con dientes que le impedían disfrutar de las delicias de las flores. Un torpe mamífero incapaz de volar. Dentro de su pequeño craneo el instinto de sobrevivencia lo tranquilizó pues este humano no representaba peligro alguno para su vida. Me miró directo a los ojos para leer mi propia mente y sintió la nausea de mis miedos y ansiedades. Cuando finalmente pude sostener su mirada leí con todas sus letras lo mucho me despreciaba. 


De "Antipódica". Estos cuentos fueron traducidos al inglés para la presentación realizada en la Embajada de Chile en Londres, el 30 de Mayo de 2023.


ENGLISH VERSION:https://anadurruty.blogspot.com/p/short-stories.html




viernes, 24 de febrero de 2023

Libro con Destino Errante


 

Columna de Opinión de Ana Durruty en que explora vínculos con la zona sur de Chule, más específicamente Pucón.





Fellow of the Royal Society of Arts


Casa RSA

Quiero compartir el honor de haber sido aceptada como miembro asociado (fellow) de la Royal Society for the Encouragement of Arts, Manufactures and Commerce.


Más conocida como Royal Society of Arts (RSA), esta tradicional sociedad británica fue fundada en 1754 y entre sus miembros más notables se encuentran Benjamin Franklin, Adam Smith, Stephen Hawking y Charles Dickens.

Estuve en la Casa de RSA en Londres en agosto 2022 y me encantó el concepto de colaboración para un mundo mejor que promueven a través de sus asociados.

En efecto ser asociado permite tener acceso a una amplia gama de oportunidades, que incluyen conectarse, conversar y colaborar con una diversa red global de innovadores, emprendedores y creadores de cambios, que trabajan juntos para tomar medidas colectivas para resolver los desafíos de nuestro tiempo.

También es posible participar y asociarse con el trabajo pionero de investigación y diseño realizado a través de los programas principales. 

ANA VICTORIA DURRUTY - LinkedIn



 

domingo, 12 de febrero de 2023

Antipódica en El Ovallino

 

"Antipódica es un libro que hace viajar por diferentes lugares. Pero no es sólo un viaje físico, sino emocional y mental que lleva a experimentar sensaciones y emociones cercanas y lejanas al mismo tiempo, poniéndonos en la piel de cada protagonista porque aún siendo cuentos inventados, son experiencias que podrían pasarnos a cualquiera de nosotros. Totalmente recomendado", expresa la escritora de la Saga Elementales, Nathalie Álvarez, respecto a esta obra que incluye 45 relatos breves.

Nathalie participó en la presentación de Antipódica en Ovalle, provocando profundas reflexiones a la autora con sus agudas preguntas.

El diario local El Ovallino publicó en su portada del viernes 10 de febrero de 2023 la noticia de la jornada inaugural de la Feria del Libro de Ovalle. En ese contexto, incluyó una nota de prensa que registra la opinión sobre la presentación de Antipódica en Ovalle.

Puedes ver la noticia en este link NOTICIA EL OVALLINO





sábado, 11 de febrero de 2023

Escritura y Terruño


El proceso creativo y la experiencia personal, desde el vínculo con mi ciudad natal (Ovalle, Chile) y los desafíos sicológicos que encierra la escritura creativa.

Resumen de la presentación del libro de relatos breves Antipódica, junto a la autora de la Saga Elementales, Nathalie Alvarez en la Feria del Libro de Ovalle, el 9 de febrero de 2023.

La actividad estuvo en el marco de la jornada inaugural de la 23 tradicional Feria del Libro ovallina, y contó con la participación del director del Museo del Limarí, la directora de la Biblioteca Víctor Domingo Silva, y escritores locales como Mario Banic, Sandra Castillo y la poetiza Irina Paz Irarrázaval, entre un público que realizó entusiastas preguntas.

En el siguiente link puedes ver el video, que también tiene subtítulos en inglés:

viernes, 20 de mayo de 2022

Ella es el camino






Así como sin querer, estaba sentada con un sombrero de ala ancha rojo encendido y las piernas cruzadas sobre un pisito de madera tapizado con cuero de cabras montañesas.


Primero se sacó las zapatillas y las dejó al costado. Eran de color indefinido y trascendían a caminata no de días sino de meses. Los calcetines no lo hacían mal y al sacárselos arrastraron algunas bandas de gasa manchadas con sangre ennegrecida.


Nunca levantó los ojos así que no supe nada sobre su mirada, ni sus penas ni sus alegrías.


Protegidos por el ala del sombrero, los hombros se hundían en un cuerpo evidentemente arrasado por la fatiga.


Todo lo demás era ambiguo y misterioso y quedaba plasmado de un solo aire, que llegaba hasta el paladar con sabores de tierra y ajo e irritaba los ojos por la acidez del hedor.


Parecía un viajero en el tiempo, que se había detenido para darle espacio a su humanidad sin edad.


No sé si fueron muchos o pocos los minutos que estuve contemplándola.


Cuando se levantó, miró alrededor por unos breves instantes como buscando ratificar su ubicación, y sin prisa avanzó hacia la puerta que se abría sobre la plaza empedrada de Santiago de Compostela.

 

Por un instante vaciló, pero continuó su senda más allá del umbral con un leve rengueo, más de cansancio que de dolor o enfermedad. Nunca miró hacia atrás, ni siquiera en dirección a algún costado, aún cuando un ciclista acelerado pasó casi rozando sus pies descalzos. Ella no se sobresaltó y prosiguió su caminata, aparentemente sin inmutarse. Sus ojos seguían siendo ajenos e inescrutables para mí.


Fue entonces que comencé a seguir sus pasos. Había capturado mi atención por completo. Necesitaba saber quién era. Quería hacerle mil preguntas. Para ella yo no existía y, en sentido contrario, ella era todo para mí en ese momento. Se alejó mientras subía las anchas escaleras de la catedral con insospechada energía.


El vuelo rasante de una paloma me distrajo por una fracción de segundo y cuando la busqué con la mirada, solo quedaba delante mío el último velo de su sombra estampado fugazmente en la doble hoja del portal sagrado.


Apuré el paso, con un presentimiento de pérdida. La puerta se cerró con un dulce quejido a mis espaldas y mi temor aumentó al comprobar que allí solamente abundaba la bruma del incienso.


Primero la busqué con las pupilas un poco dilatadas por la oscuridad, apenas amortiguada por la luz cenital que daba al aire una pátina dorada. Luego caminé avanzando por el centro de la nave, más y más rápido. Cada tanto giraba sobre mis talones para asegurarme que no estuviera a mis espaldas. 


Se había esfumado. 


Me quedé contemplando el retablo. Luego me hinqué en un reclinatorio y me quedé allí hasta que las rodillas me avisaron que llevaba demasiado tiempo en la misma incómoda posición. Las campanas anunciaron la proximidad de la Misa del Peregrino. Cuando levanté nuevamente los ojos, una suave lágrima corrió por mi mejilla en busca de consuelo.


Consuelo divino. Porque humano ya hace muchos años había perdido la esperanza de tenerlo.


Mientras me reencontraba conmigo misma, comprendí que jamás conocería los secretos de sus ojos. Y que de alguna manera misteriosa ella era el camino.





Santiago de Chile, mayo 20 de 2022


martes, 27 de julio de 2021

Plus Ultra








Corrí, corrí como una loca, detrás de ti, le estaba explicando la mujer mientras jadeaba. Sólo entonces, él se detuvo y miró hacia al costado, con una mirada desconocida. Desentrañó el hondo significado de las palabras perdidas en el recodo anterior del tiempo. Recordó tantas de aquellas cosas que había olvidado con escrupulosa paciencia, para que nunca, nunca jamás, le volvieran a atormentar.
Pero, fue también en ese preciso minuto en que se miró a sí mismo y descubrió que se había perdonado. El hombre sintió cómo sus ojos claros se vaciaban en un desconocido mar de alivio. Detuvo sus pasos, anhelando que ese gesto pudiera congelar el tiempo. Se sentó en la acera, apoyó sus hombros en el poste del alumbrado público y dobló sus rodillas hasta rodearlas completamente con sus brazos. Mientras se aclaraba su visión contempló con serenidad el tatuaje en el antebrazo derecho, lamentando no haberse hecho aquel que quería grabar en la parte superior. Tantos años atrás tuvo en algún momento la imagen clarísima del escudo de la España del Generalísimo Franco que iba a imprimir en su piel. Luego, ocurrió algo extraño. Rememoró con dolor, diez años después, la tarde en que ella nunca más volvió. Partió como llegó, inesperada y avasalladora. Tan efímera, que durante largos meses pensó que había sido irreal. Con el paso de los años, se preguntó si ella lo recordaría. Si él habría sido real para ella. Al final únicamente quedó la frase que la mujer le pidió que guardara, te has ganado un lugar en los buenos momentos de mi vida. Siempre tendrás un lugar en mi corazón. El día en que el hombre cumplió cincuenta años, buscó hasta encontrar los datos de la mujer. Cuando llegó a su puerta en ese pueblo del norte, tras viajar atravesando casi todo el país, comprendió que la señora de sesenta años que regaba el jardín no lo reconocía. La miró con sus tristes y profundos ojos de cielo y comenzó a desandar el camino. Corrí, corrí como una loca detrás de ti, le estaba explicando la mujer mientras lo observaba, sentado allí en plena calle. El sol se descolgaba sin piedad esa tarde de mayo. Ella se agachó hasta quedar reclinada de rodillas junto a él. Comenzó a desabotonar su blusa amarilla que se deslizó por un costado de su cuerpo, dejando al descubierto su femenino hombro derecho. Luego giró lentamente, para mostrarle a él, un escudo de España, en el que se leía con claridad Plus Ultra. Más Allá.


(Cuento de libro "Cínica").







sábado, 26 de junio de 2021

Volar alto

El reflejo de la luz del televisor tiñe de colores el rostro de Rubén. Es la única fuente luminosa en la pequeña casucha que levantó con sus propias manos usando restos de obras de construcción recogidos por aquí y por allá. La frágil estructura se apoya en un muro de la modesta vivienda de su madre. Doña Erminda es empeñosa y logró que servicios sociales le reconociera la indigencia y le entregara una casita de cuarenta metros cuadrados en la población Nueva Era; un callamperío desforestado y cruzado por calles pavimentadas sin aceras.

Normalmente el barrio es tapado por una polvareda cada tarde cuando se levanta algo de viento del sur y por las noches no resulta inusual escuchar disparos al aire o el ulular de los carros policiales que pasan raudos en un amago por disuadir las peleas entre pandillas de narcos, pero no se detienen para no sufrir bajas.

A veces, muy de vez en cuando, cae algo de agua del cielo en la capital. Cada año es peor y la sequía ya más que una amenaza es una certeza.

Cuando lleve, aunque sea unos pocos milímetros, la población se vuelve un pantano. Y la cancha de fútbol un verdadero lodazal. Pero eso no disuade a Rubén.

Todos los futbolistas sudamericanos comparten el mismo origen. Y la historia de “El Campeón” no es la excepción, por eso tiene esos vacíos en el lenguaje y la inclinación por las mujeres bonitas y de cabeza liviana. Pero Rubén admira a “El Campeón” y se afana en estudiar cada jugada del delantero del seleccionado nacional. Luego, sale a la cancha de la población a practicar. Con unas zapatillas raídas, las medias desiguales y en días como hoy, con mucho frío.

Ensaya como lo ha visto en los entrenamientos que muestran en la televisión al menos durante una o dos horas cada día, no bebe alcohol y es flaco y musculoso producto del esfuerzo y la escasez de carbohidratos. A veces no le alcanza ni para comer un pan en la noche antes de irse a dormir. El trabajo de recolector municipal de basura al menos lo ayuda a mantenerse en forma corriendo detrás del camión y elevando lo tachos con desperdicios como si fueran pesas en el mejor gimnasio.

El barro viscoso se le mete hasta debajo de la camiseta después de cada resbalón detrás de la pelota. De reojo, entre carrera y carrera, ve llegar al grupo de sus amigos de la infancia que se juntan cada tarde en un rincón de la cancha a darle el bajo a unas botellas de cerveza y varios cigarrillos de marihuana. Lo llaman con los gestos, pero Rubén no les sigue el amén. Ellos no dejan de invitarlo cada día y Rubén logra zafar siempre la tentación de ir a dar en esos pasos que lo alejarían de su pasión y, como él lo ve, de un futuro mejor. Uno brillante como el de “El Campeón”.

Rubén no tiene casi nada material. Un pobre televisor medio desvencijado que junto a su pelota de fútbol son sus dos pertenencias más preciadas, un colchón separado del piso de cemento gracias a unas capas de cartones recogidos a la salida de los supermercados y una cocinilla de dos platos que pocas veces usa. Vive sin eufemismos en la miseria. Pero posee algo de un valor enorme. Algo que no se compra. Rubén es dueño de una determinación a prueba de todo.

Concluye su entrenamiento y apoyando las manos en la cintura, echa la cabeza hacia atrás para relajar los músculos del cuello y entonces ve allá en las alturas un majestuoso cóndor de los Andes planeando en la inmensidad azul sobre las montañas. La mayor ave no marina del planeta.

Rubén sonríe. Así volará él algún día. Así de tan alto llegará. Así de grande será en el fútbol internacional.

Da vuelta la espalda al grupo de chicos que ya está a mal traer en la esquina, avanza chapoteando en el barro e ingresa de nuevo a su casucha. Se abriga lo mejor que puede y pega sus ojos en la pantalla que transmite las noticias del fútbol mientras en sus pupilas brillan sueños de gloria.


miércoles, 2 de junio de 2021

Desenfreno coral

 

Brasilia


Es extraño saber lo obvio, si los ambientalistas hubieran existido a mediados del Siglo Veinte yo no hubiera nacido en Brasilia. Porque Brasilia no hubiera existido. Habría nacido en cualquier ciudad, o quizás en medio de la selva amazónica. ¿O tal vez no habría nacido? Si mi destino era nacer en Brasilia, y sólo ese era el designio, tal vez no habría nacido. En realidad hubo muchas razones para que no viera la luz de esta ciudad tan inexplicable como el afán de los seres humanos de conquistar algo. Algo, cualquier cosa. Fama, libertad, dinero, afecto, cuerpos ajenos, descendencia fértil, dominio sobre otros animales, redes sociales vía internet, un lugar en la historia de la especie y hasta la eternidad en la vida después de la vida. Y, por supuesto, ¡cómo no!, la tierra misma. Ser dueños, poseedores, reyes absolutos de un pequeño pedazo de la superficie del globo.

Brasilia no es un trocito. No es un detalle menor.

Brasilia es una joya perdida en la pléyade de ciudades que salpican la geografía del país más grande de Sudamérica. Pertenece a ese afán racionalista que apostó por las grandes avenidas, los edificios de formas extravagantes y la reafirmación del poderío del hombre para doblegar a la naturaleza. Brasilia no es zamba, ni mulatas de culos enormes y fláccidos en playas atlánticas. Es como un eslabón misterioso entre lo que Brasil es y lo que le gustaría ser. Un símbolo de poder desprovisto de alma.

Es mi ciudad natal, y para mí siempre será hermosa. Y así permanecerá en mi memoria inmortal, cuando la recuerde desde el más allá, aunque las centurias la conviertan –como antes a Chinchen Itzá- en un nuevo mito cubierto de vegetación destinado a ser descubierta por arqueólogos del futuro.


(De Luna de Burdel)

miércoles, 28 de abril de 2021

Vitrinas rotas





Ni de arte, ni de playas, ni de buena comida podía dar referencias la flaca que se bajó en el taxi del aeropuerto de Miami llena de maletas que parecían haber sufrido una reciente cirugía estética y lucían estiradas al borde del peligro de romperse. 

Era una flaca muy flaca repleta de maletas azulinas.

Pero la flaca era engañosa. De todo lo superficial que se veía a primera vista, no quedaba nada apenas uno cruzaba más de dos palabras con ella. Y eso era inquietante, como los mares calmos y profundos, que ocultan misterios milenarios.

-No es lo que piensas, sino lo que haces lo que me molesta-, me dijo de entrada, como si me conociera, apenas nos encontramos para trabajar el sitio web en que pretendía exponer un nuevo método para algo que tenía que ver con sentirse bien. “Wellness”, repetía palabra por medio. 

Pensé que no le gustaba mi trabajo y me pareció estúpida por querer contratarme para un proyecto. Cuando me miró entendí que no se refería a eso. Ella hablaba de otra cosa. 

-Es un juego de azar, no una metáfora de mi vida- observé inquieto y sorprendido como salía la frase de mi boca. 

-Me da lo mismo-, dijo la rubia de Miami, que hasta ese minuto no me había dicho su nombre. Miriam le había puesto yo en mis conversaciones conmigo mismo. Me decía: -Esta Miriam me gusta. O algo así como: -Esta Miriam no me gusta. Pero la Miriam no era de esas que están a la venta o que se compran con un par de frases melosas, con un par de zapatos no tan caros ni tan baratos o con una cena en un restaurante con vista al Atlántico. 

-Acompáñame a comprar-, dijo después de un rato largo de silencio.


 (Miami, Estados Unidos)

sábado, 12 de diciembre de 2020

Volver a Viento Rojo





La soprano estaba un poco loca. No mucho, ni demasiado, pero sí lo suficiente. La jabonosa anatomía de su amante ya no la satisfacía y había logrado huir de la agonía con un pasaje de bajo costo a bordo de un avión que la llevaba medio nerviosa y asustada a las Islas Canarias.

Las turbulencias no la ayudaban a mantenerse en calma y a medida que se alejaban de Europa, tuvo un presentimiento de dolor. Un dolor anciano y viejo que traspasa los siglos.

Apenas sale del aeropuerto en Gran Canaria la asalta el viento rojo abrasador que llega desde el Sahara más allá del mar, trayendo los espíritus de los egipcios del reino antiguo. El polvo se le pega en la piel y lastima sus ojos de esclava etíope que se hacen más negros y misteriosos. Camina perdida entre las enormes columnas del templo, enfrentada a terribles encrucijadas, arrebatada por el amor hacia el hombre que domina a su pueblo.

Aida escucha la música de Verdi y comienza a cantar con toda el alma, porque morirá. Morirá pronto, en el último acto de la ópera. En el último acto de su vida.

El Calima, viento implacable, sobreviviente de siglos de vagancia sobre la Tierra, sopla con feroz malignidad durante cuatro jornadas de los hombres. Luego los abandona, con total desdén por sus afanes de mamíferos lampiños.

(Islas Canarias, España)

(De "Luna de Burdel")

lunes, 9 de noviembre de 2020

Esa cuesta

 





Cuesta Los Mantos. Fotografía Ana Victoria Durruty


Al hombre lo definen sus actos, no sus recuerdos.

El vengador del futuro.

 

Esa cuesta maldita impacienta a la mujer que maneja incómoda el Jeep azul y el tic que le hace recoger la mejilla cada vez que parpadea, se agudiza metro a metro en el lento ascenso.

“Honor y patria”, lindo nombre para torneo de box amateur.

-Ayer nací y mañana moriré, en el intertanto, la vida no me esperará, ni me dará la comida en la boca con cuchara de plata-, le había dicho Fermín antes de partir rumbo a Ovalle. Desde que se metió al club de boxeo de Combarbalá habla como si fuera para campeón de peso pesado, cuando apenas tiene cuerpo para peso mosca, con sus muslos cortos y escuálidos, y sus brazos largos y fibrosos que dan pábulo para las esperanzas de Hugo Pérez, el entrenador, más conocido en sus buenos tiempos como “Puño de Oro Pérez”.

Pero la mujer los conocía de antes, y todo el asunto del box de pobres le daba mala espina. Los del club ya eran viejos por aquel entonces, cuando los conoció hace como veinte años. Ahora están hechos unos viejos de porquería. El hecho de que estén vivos constituye una sorpresa mayúscula. Así mismo, con esdrújula. Así de exagerado.

Mercedes, la Meche, no quiere que el sol se ponga tan rápido, porque todavía tiene camino por delante antes de que empiece torneo. La belleza del atardecer la inquieta en vez de tranquilizarla. Fermín pelea en la tercera ronda, y esa cuesta maldita no la va a privar de darle un beso a su hijo antes de que enfrente el desafío. Un beso para la suerte. Un beso para espantar el miedo.

 

(Ovalle, Chile)


Fotografía: Ana Victoria Durruty

 

lunes, 2 de noviembre de 2020

La ciudad de los lagartos

 


No vi lagartos en Luxor. Ni vivos ni muertos.

Pero no fue por eso que me gustó más que Kom Ombo, con su templo a Sobek y su museo de los cocodrilos.

Luxor tiene a la venta buenas piedras preciosas y maravillosas esencias naturales herederas de tradicionales recetas escritas en los muros de sus templos.

Y eso era bastante fascinante no sólo para mí, sino también para la pareja de encantadoras chicas holandesas que habían llegado al mismo tiempo que yo a las puertas del templo dedicado a Amón-Ra, en el corazón de la antigua Tebas.

Nos fuimos quedando en Luxor con la tranquilidad de saber que Egypt Air tenía una redundante frecuencia de vuelos para llevarnos de vuelta a El Cairo el día y la hora que decidiéramos marcharnos.

Nuestras prolongadas conversaciones mientras caminábamos en la orilla del Nilo viendo subir y bajar a los turistas de sus cruceros fluviales solían terminar con la planificación de sofisticados viajes al África ecuatorial, que nos parecía una aventura posible, considerando una vez más las bondades de la línea aérea egipcia, que tenía vuelos regulares a cada una de las más importantes ciudades subsaharianas. Cote d’Ivoir era nuestro destino favorito, y pareció de lo más apropiado aprovechar las largas y plácidas jornadas en Luxor para tomar clases de francés. Pronto las tres estábamos asistiendo a sesiones de lengua árabe y adquiriendo nociones de cultura islámica.

Ocasionalmente el mal de Tut nos recordaba que éramos aves de paso en esas calles, pero las fiebres y los vómitos explosivos, no lograban mermar nuestro entusiasmo por descubrir nuevas comidas o probar extraños jugos de frutos maduros de dudosa procedencia servidos en vasos de peor higiene. Nunca tuvimos que recurrir al seguro de salud, porque más sabían los vecinos del edificio en que habíamos arrendado un pequeño departamento, que cualquier médico que nos recomendaran por teléfono desde Holanda o Canadá.

Pero lo que de verdad nos unía era la creciente complicidad en el conocimiento de los secretos de la aromaterapia. Asistíamos casi a diario a un boliche no muy bien aspectado por fuera, al igual que todas las construcciones de la ciudad que sufrían el rigor de la naturaleza y de los humanos, entre la falta de lluvias que limpiara las fachadas, los vientos que los salpicaban de arena, y la tradición de mantener las casas a medio construir para ir agregando pisos donde acoger a los nuevos matrimonios de los varios hijos.

Puertas adentro el panorama cambiaba radicalmente, y el gusto de los egipcios por los espejos, los brillos y las telas convertía la modesta casa en una fiesta para los sentidos. Y aunque no era eso lo que buscábamos, era un buen complemento para el aprendizaje de los aromas, las especies y las flores; y para la comprensión de sus usos y de sus propiedades.

Probablemente llevábamos demasiado tiempo visitando el lugar, y estábamos perdiendo la capacidad de asombro, para cuando Antje recibió la propuesta de Abdel Rashid de ser su tercera mujer.

No necesitamos ponernos de acuerdo para decidir tomar el vuelo que nos llevaría de vuelta a Barcelona, y de allí, las holandesas a Holanda y yo a Canadá.

 

-Y le dijo, recuerda esto, porque alguna vez será parte de un cuento.

-¿Es verdad? ¿Le dijo eso?

-Y no estaba loca, sólo un poco chiflada. Le gustaba hablar así. Pero respecto a los lagartos, en eso sí tenía razón.

 

 

 (Luxor, Egipto)

 

 

 

jueves, 8 de octubre de 2020

La Miserable Vida de los Recuerdos…

 



…muere cada día que se pierde en el horizonte. Con cada Luna llena que revienta en la noche amarilla de luz dulce, y con cada destello de amanecer anaranjado, cuando el Sol despierta relleno de jugosos cítricos indiscretos.

En Nantwich, a la vera del camino del tren de Liverpool a Londres, estacionado desde tiempos inmemorables, el pasado se resiste a vivir el olvido.

Una mini van Mercedez Benz con una docena de clientes de Bentley se estaciona en la calle rodeada de bellas casas isabelinas del siglo XVI.

Kristina y Tomas corren hacia la heladería jugando a esquivar a los visitantes.

La guía de pelo azul y muchas pecas que iluminan su rostro, va sonriendo con sus botas de agua Hunter y su paraguas blanco mientras los elegantes compradores de autos caros la siguen con genuino entusiasmo.

- Después de un incendio que prácticamente destruyó a todo el pueblo, Nantwich fue reconstruida en el siglo XVI, gracias al generoso aporte de la reina Isabel I. Sin embargo, de acuerdo a los registros históricos, tiene más de mil años-, va narrando mientras camina.

-¡Kristina!, ¡Tomas!- grita la madre apurada de los dos encantadores mellizos que corren adelante y parecen no escucharla.

Una pareja de hindues mayores se detiene para contemplar el espectáculo de los niños y sus risas alborotadas que dan vida a la apacible escena galesa.

Luego siguen a la guía que ya está en la puerta de la Iglesia de Santa María, parada entre las esculturas medievales del rostro de un hombre y una mujer que flanquean la entrada al bello edificio de piedra arenisca rosada.

-La Iglesia de Santa María fue construida en el siglo XIV y lo más destacado es su torre octogonal. Vamos a ingresar y podrán apreciar sus preciosas ventanas y su antiguo púlpito- explica la guía a sus fieles seguidores.

Kristina y Tomas pasan cada uno con un rico cono de helado de leche. La madre de las criaturas va a su saga, conversando animada por su celular.

Kristina y Tomas ríen y sus carcajadas se esparcen como chispitas de felicidad por la calle de casas de intrincadas y bellas fachadas de madera.

Los hindúes se miran uno al otro y lo deciden: ¡Ha llegado la hora de ser dueños de un Bentley!

 

 

(Nantwhich, Inglaterra)

sábado, 29 de agosto de 2020

Loca de amor




La Plaza Mayor estaba mitad sombra y mitad sol. El Arco de Cuchilleros me abrió paso antes de que me encandilara la luz reflejada en el enorme patio.

No sé si sería correcto decir que colgaba del teléfono celular o más bien estaba atada al aparato; lo cierto es que mi vida pendía de ese pequeño artefacto, porque era mi única conexión con Felipe. 

Algunos creían que me había trastornado un poco y me decían “Juana, la loca”; pero en vez de encerrarme en un castillo me recomendaban encarecidamente que concertara cita con el psiquiatra.

Las cosas no se habían dado nada bien.

Pasaban los días y no sabía nada de este hombre que me tenía asida a la conexión inalámbrica y me hacía estremecerme cada vez que el Galaxy parpadeaba.

Las cosas no se estaban dando bien.

Rozar con la yema de los dedos el reborde de una esquina de la Plaza Mayor y sentir la soledad de las almas que vagan sin destino desde los tiempos de su construcción. Imaginar a Plácido Domingo vagando por ahí, triste después de dirigir Madama Butterfly en el Teatro Real, porque ya no puede cantar como lo hacía.

Las cosas no tenían visos de que pudieran mejorar.

Saludar marcial la bandera española izada en un portal. Hablar. Hablar con Felipe. Eso era lo que me obsesionaba. Escuchar alguna razón. Oír una miserable explicación saliendo de su boca. Mirar su boca. Sentir su boca. Saborear su boca.

Las cosas tenían aspecto de ir empeorando.

Siempre fue demasiado hermoso. Demasiado elegante. Demasiado intenso. Demasiado apasionado. Felipe amaba a las mujeres y yo lo sabía desde antes de comenzar a vivir con él, esa inolvidable tarde de abril del año anterior. Y las mujeres amaban a Felipe. Lo miraban con osadía, con arrebato, con coquetería. Lo miraban y yo lo entendía. Las entendía, y me envidiaba a mí misma por la suerte de que fuera mío, mío, mío. Y de nadie más.

Las cosas no podían ser peores.

Cuando paso por su lado, la diosa Cibeles me mira con desprecio, y tiene motivos de sobra. Me he convertido en una sombra triste de lo que era. De lo que fui con Felipe, e incluso antes de Felipe. Y no me importa. No es relevante, porque lo único que necesito es volver a oír su voz, volver a mirarme en sus ojos, volver a descubrir mi cuerpo creado por sus manos. Pero, él no me llama, él no contesta mis llamadas, no sé dónde vive desde que me abandonó, y ni siquiera puedo afirmar con certeza que aún reside en Madrid. Es probable que emigrara de la ciudad o tal vez haya dejado el país. Puede estar muerto o vivo.

Las cosas siempre pueden ser peores.

Pasaron las semanas y los meses, y a la vuelta de un año, Felipe seguía incrustado en mi mente y en mi corazón, pero completamente fuera de mi alcance. Perdido de mala manera en algún lugar inaccesible. Muerto en vida para mí, mientras yo continuaba aferrada a ese cadáver emocional, que hedía y sólo generaba gastos médicos para el tratamiento de la depresión, la ansiedad, la angustia y todas esas terribles emociones que habían tomado posesión de mi alma que, por lo demás, ya ni siquiera era mía.


(Madrid, España)

















viernes, 31 de julio de 2020

Luna de Burdel



Foto: Ana V. Durruty

Buscaba en el prostíbulo de Vallenar a un delincuente que huía de la justicia.

El ambiente era hogareño, como una chirimoya madura forrada en papel de diario. Pero no olía tan bien. Olía de mil demonios y cuando le trajeron el vaso de vidrio tallado con poche, el deseo de beber no andaba nada cerca de sus deseos.

La vieja lo observaba fijamente.

-Es la Estrella. Fue la más linda de este lugar-, comentó la chiquilla que estaba sentada en su mesa.
A la Estrella del “Paraíso” los dientes se le habían ido cayendo uno por uno, como una plaga egipcia devastadora.

-Su nombre de verdad es Aldonza, por algo de un viejo loco que le gustaba a su papá. Pero más loco estaba el papá, la verdad.

La putita lo mira con un poco de deseo y otro tanto de desconfianza y sigue hablando como si le pagaran por ello. No dice nada que le sirva para su investigación, igual que todas las que interrogó antes.

-Dicen que era un español que llegó de Andalucía en busca de fortuna, y se terminó casando con la hija de un hacendado del valle, pero la mujer era frígida. Así que cuentan que buscó consuelo con una inquilina del campo. Cuando la Estrella nació, la mandó a criar en la ciudad con unos amigos que había hecho en sus noches de alboroto. Cuando ya estaba viejo vino a ver a su hija al Paraíso, pero ella no quiso verlo. Tampoco lo dejo conocer a su nieto. El único hijo que tuvo la Estrella se fue pa´l sur y parece que estudió en la universidad, gracias al trabajo de su madre. Aunque yo no creo esas historias, porque no conocí al viejo y nunca he visto al hijo.

El aire espeso por el humo de los cigarrillos mezclado con la humedad que brota de los cuerpos agitados, las luces opacas y las mujeres bailando provocativas al ritmo de la música de cumbias, lo empujan a abandonar el Paraíso.

Al salir, ya avanzada la tarde, el viento del desierto hace bailar la arena como un encaje de tul sobre sus cansados pies. El frío de cielo despejado lo obliga a arrugar el ceño y subirse el cuello del gamulán. Debe volver a la comisaría a hacer el informe sobre el fugitivo que no aparece, pero antes detiene el vehículo policial en un boliche que vende hot-dogs junto a la carretera.

(Vallenar, Chile)







Christmas Day




Chicago. Foto: Ana V. Durruty

뜻이 있는 곳에 길이 있다

Tenía tanta pena que me distraje y con los ojos velados por las lágrimas me perdí antes de llegar al barrio universitario. Me habían advertido que no me podía equivocar al abandonar la autopista pero iba tan concentrada en mi dolor que me equivoqué y fui a dar en un lugar completamente diferente al esperado. No se parecía en nada a los parques y los edificios limpios y ordenados que había visto mil veces en Google street view desde el seguro hogar de mis padres en Seúl.

Me habían repetido hasta el cansancio que era peligroso vagar por lugares como el que había ido a dar por descuido y que en los alrededores de la Universidad de Chicago podía uno encontrar razones para sentir miedo. Y lo estaba sintiendo. El GPS me hacía dar vueltas en redondo y pasaba una y otra vez frente al hombre que se drogaba en las gradas de la puerta de su casa, y me detenía una y otra vez en la luz roja en cuya esquina había un grupo de jóvenes con los brazos desnudos cubiertos de tatuajes. Y una y otra vez no me atrevía a bajar la ventanilla del auto para preguntar cómo salía de ahí para retomar la Interestatal 90 o a la 94. Sabía que mi destino estaba a unas pocas cuadras en línea recta por Garfied Blv. hacia el este, pero habían cortado el tránsito para alguna actividad comunitaria y yo continuaba dando vueltas por las mismas calles casi en estado de pánico, siempre al lado oeste de la austopista.

No había sido fácil ni agradable llegar a las instalaciones en que estaba mi habitación, y después de cuatro meses asistiendo a clases de mi magíster en economía, continuaba siendo poco confortable ese lugar que durante tantos años había sido el espacio predilecto de mis sueños.

Bon-Hwa, mi padre glorioso como lo indica su nombre; y Cho-Hee, mi madre hermosa y feliz; trataban de animarme cada vez que nos comunicábamos por Skype, con sus sonrisas que buscaban infundirme confianza y su inocente ignorancia de mis pesares.

Hyun, la más inteligente de la familia, no podía rendirse y aunque Dios no me hablaba al corazón desde la infancia, me refugiaba en largos monólogos apelando a cualquiera de sus atributos que pudiera contrarrestar mi desolación.

A medida que se acercaban las fiestas de fin de año, comencé a pensar que después de cuatro meses en Chicago, estaba condenada a pasar la Navidad sola. Absoluta y completamente alejada del resto de los millones de habitantes de la ciudad.

Allí, sobre la mesa del mi dormitorio reposaba la cajita con viejitos pascueros sin abrir. Eran unos muñequitos de cera rojos con una mecha saliendo de sus diminutos sombreros puntiagudos. Una y otra vez los miraba al salir a clases y al volver de ellas. Me saludaban con una sonrisa en la carita, esperando que me decidiera a ponerlos en algún lugar para celebrar juntos la Nochebuena. No me animaba, porque nada era capaz de mejorar mi ánimo. Cuando los cursos del semestre terminaron y los estudiantes comenzaron a partir a los muchos estados de los que provenían, ya sin tener siquiera el consuelo de compartir unas horas en una sala, me sentaba a observar las ventanas coloridas que cambiaban de rojo a amarillo y de azul a verde, al tiempo de las guirnaldas de luces. Podía imaginar los grandes pinos cubiertos de adornos mientras sus dueños conversaban y reían sin importarles la nieve que cubría las calles.

-¡Hyun!-, gritaba desde la vereda blanca una figura dentro de una gruesa parka gris, con un capuchón rodeado de piel que impedía distinguir sus facciones. Solamente cuando agitó sus brazos en alto con entusiasmo, acepté que se estaba dirigiendo a mí y le devolví un tímido saludo con la mano desde detrás de mi ventana.

La estridencia del citófono me confirmó su propósito. Cuando finalmente abrí la puerta, ahí estaba Claire, con su largo pelo suelto, con las mejillas sonrojadas por el frío y una sonrisa que la iluminaba.
Se dejó caer en el sillón y tomó la caja de viejos pascueros. Sin decir nada la abrió y los puso ordenados uno junto al otro sobre la mesita.

-Así están mejor ¿tienes fósforos?- dijo mientras yo aún sorprendida le preparaba una taza de chocolate caliente. Tomó el tazón con sus dos manos entumecidas y exclamó: -¡Feliz Navidad!

Como dice el proverbio  “donde hay voluntad, hay un camino”. Claire mi despistada compañera de Cálculo 1, tenía una disposición de oro y un corazón cálido y comprendí que el camino comenzaba a sonreírme y que los próximos años y las próximas navidades no estaría sola. Que aunque la pena te lleve por rutas equivocadas, algunas te dejan en la puerta de la amistad.


(Chicago, Estados Unidos)

(Luna de Burdel)