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sábado, 11 de febrero de 2023

Escritura y Terruño


El proceso creativo y la experiencia personal, desde el vínculo con mi ciudad natal (Ovalle, Chile) y los desafíos sicológicos que encierra la escritura creativa.

Resumen de la presentación del libro de relatos breves Antipódica, junto a la autora de la Saga Elementales, Nathalie Alvarez en la Feria del Libro de Ovalle, el 9 de febrero de 2023.

La actividad estuvo en el marco de la jornada inaugural de la 23 tradicional Feria del Libro ovallina, y contó con la participación del director del Museo del Limarí, la directora de la Biblioteca Víctor Domingo Silva, y escritores locales como Mario Banic, Sandra Castillo y la poetiza Irina Paz Irarrázaval, entre un público que realizó entusiastas preguntas.

En el siguiente link puedes ver el video, que también tiene subtítulos en inglés:

martes, 13 de septiembre de 2022

Raíces de mi escritura





 "La niebla del norte me salió a recibir cuando enfrenté la entrada a la desembocadura del río Limarí desde la costa, entre el bosque de Fray Jorge y las alturas de Talinay. Me sumergí en ella en mi enorme zancudo de fierro, zumbando como loco y con visibilidad cercana a cero. Faltaban unas pocas millas para aterrizar en la hacienda y allá arriba el Sol se burlaba de mis esfuerzos por sobrevolar la húmeda camanchaca que me envolvía. El sonido de los motores era aún más solitario en ese mar blanco y blando en que flotaba transportado por la incerteza".

(De "Piloto", cuento del libro "Luna de Burdel")


Mi padre tenía una imaginación fértil y un profundo amor por las tradiciones de mi país.

Heredé ambas características de él, y ambas son parte de mi proceso literario y de mis libros. “El sueño de la leona” tiene profundas raíces en mi zona natal en el Norte de Chile.

Asimismo parte importante de mis otras obras literarias, novelas y cuentos, tienen ecos y reflejos de ese Norte de Chile en que nací y crecí. Es una fuente permanente de inspiración. Esa resonancia muchas veces se mezcla con mis experiencias en otros países y, entonces, mis textos se vuelven eclécticos bajo la influencia de la magia de la reverberancia de la luz del semidesierto chileno.

Al celebrarse la Fiesta de la Independencia de Chile, he querido hacer un homenaje a mis raíces, que tanta influencia toienen en mi literatura.

En la foto superior mi padre, Fernando Durruty Alfonso. Abajo, yo al igual que mi padre, luciendo el sombrero de “huaso” o “huasa”, parte del traje típico nacional de Chile.










viernes, 18 de marzo de 2022

No hay memoria

Los viejos amores

han caído en un pozo oscuro

de deseos muertos

No hay memoria

No hay resurrección


Los rostros del pasado

se fundieron en piedras centenarias

cuaternarias

de desierto latinoamericano

No hay deseo

No hay dolor


La libido ancestral

se ha vuelto insaciable

luminosa

dueña de días breves

No hay pudor

No hay secretos


Los amores nuevos

beben la melancolía vertiginosa

de un pasado amenazante

No hay certezas

No existe el tiempo



martes, 27 de julio de 2021

Emparentadas

 




En otro mundo hubiéramos sido primas. Por lo menos. O quizás hermanas. La misma frente, la misma boca delgada. Sobre todo la misma nariz. Fuerte, prominente; llena de carácter. Amenazante. Allí sentada frente a mi en el vagón del tren de Paris a Biarritz, podía observar a mis anchas su figura recortada contra el ventanal que iba revelando los paisajes cada vez más verdes que nos acercaban al País Vasco francés.

No me extraño mucho que se parara junto conmigo cuando nos acercábamos a la estación de mi destino. Tampoco que tomara un taxi unos pocos minutos antes que yo me embarcara en el mío rumbo al local de Europcar en el aeropuerto. Debo admitir que me extrañó un poco volver a encontrarla en la garita en que debía retirar el auto en que pretendía embarcarme en un recorrido por las tierras de los Pireneos Atlánticos que alguna vez habían habitado mi bisabuelo Jean y todos sus antepasados hasta los inicios de la historia. Pero, bueno, siempre puede haber coincidencias.

Desde antes de llegar al hotel comencé a disfrutar del placer de estar en el lugar en que uno debe estar; aquel lugar en la Tierra en que tu cuerpo se siente naturalmente cómodo con la temperatura, el paisaje y la luz. Aquellos parajes que sientes que conoces desde siempre aunque nunca hayas estado antes. Donde sabes que sabes más de lo que crees y conoces los árboles y las flores y los nombres de las aves porque deben llamarse así.

Pero cuando logré estacionarme en una de las callecitas de Hasparren y vi el auto rojo que ella había arrendado, unos pocos metros adelante, pensé que algo no andaba bien, que eran demasiadas casualidades juntas. Pero no me atreví a hablarle, porque mi francés era precario y ella estaba conversando con fluidez en el idioma que, obviamente, era su primera lengua.

Con los recortes de tiempo puedes hacer una vida entera nueva. Si aprovechas al máximo cada tramo de camino, sacas el ticket antes que otros en la fila de la farmacia, tomas justo el vagón del metro antes de que éste parta, entras al banco antes de que cierre sus puertas esa jornada, sales rápido y tomas el taxi para almorzar en la mejor mesa del restaurante con tu mejor amiga, terminas a una buena hora la merienda, alcanzas a comprar lo que necesitas en la librería, llegas a tu casa cuando hay luz, sacas la ropa de la secadora, y así sucesivamente, siempre aprovechando hasta el más mínimo resquicio del tiempo, puedes en efecto tener el premio de hacer todo lo que deseas y aún más, hasta juntar la cantidad de saldo suficiente en la cuenta de tu vida actual, para alcanzar a vivir una adicional.

Pero nunca se me ocurrió que hubiera una persona viviendo mi otra vida.

-Hola, alcancé a escuché en el rent a car que tu apellido es Gaitía. Yo soy Begoña Gaitía-, me saludó ella finalmente en perfecto español, creo que al ver mi cara de perplejidad a menos de un metro suyo, donde me había quedado plantada después de bajar del auto.

Recordé la batalla dada por mi madre antes de mi bautizo, cuando mi abuelo insistía en ponerme Begoña y su nuera –acertadamente para mi gusto- evitó el tradicional nombre vasco con el sencillo artilugio de ofrecer llamarme como mi abuela.

-Hola, yo soy Rebeca Goitía- le respondí con una sonrisa cuando ya me habían vuelto los colores, la movilidad y el habla.

Nos quedamos hasta tarde conversando en el único cibercafé de Hasparren, hasta que la tarde se hizo noche y el azar tuvo un sentido.

(Hasparren, País Vasco)


(De Luna de Burdel)

viernes, 18 de septiembre de 2020

Bignonia rosa

 



Había olvidado el olor de las bignonias. La fragancia me trasportó instantáneamente a mi infancia. Esa noche el sutil aroma convirtió el 7 de febrero de ese año en una fecha para recordar. La llave de los recuerdos giró suavemente en la cerradura hermética de mi mente y junto con los grillos gritando en un rincón de las paredes de adobe, llegó el leve crujido del balancín de madera movido por el viento sur.

Sobre el puente de Avignon todos bailan, todos bailan. Sobre el puente de Avignon todos bailan y yo también. Bailan así, así me gusta a mí. La Elisa no tenía buena voz para cantar pero siempre lo hacía mientras empujaba el andamiaje que me llevaba de un lado a otro con una cadencia totalmente diferente, siguiendo su propio ritmo.

Sobre el puente de Avignon… Demoré en asimilar el mutismo repentino de la niñera pues estaba feliz meciéndome con el sol brillante en su cénit que me rozaba la piel tan dulce y suave. Un gorrión se acercó volando bajo y esquivó con naturalidad el palo superior del balancín.

El pajarito volaba muy alto y el silencio se prolongaba. Miré a la Elisa para saber qué sucedía y me encontré con mi tío Pedro Pablo parado a su lado. Ambos no dejaron de mirarme sin hablar hasta que el movimiento del juego cesó por inercia.

Que mis papás habían muerto. Que la cuesta. Que el auto. Que… La voz de la Elisa se perdió para siempre cuando llegué a la casa de mis padrinos y nunca volví a escuchar Sobre el puente de Avignon. Nunca más jugué en el jardín de mi casa y nunca más oí la risa de mi madre, ni el vozarrón de mi padre saludando al llegar de la parcela.

Sentí el frío de la montaña en mi espalda apenas el sol abandonó el horizonte. Las más altas montañas de Los Andes proporcionaban una sombra fría y oscura. El cielo estrellado no entregaba mayor alivio.

 

 (Combarbalá, Chile)

Del libro Luna de Burdel

viernes, 31 de julio de 2020

La noche de los jilgueros

Sotaquí, Chile. Foto: Ana V. Durruty


Dos veces chocó el jilguero contra el ventanal. Era una pequeña ave en sus primeros y atontados intentos después de salir del nido en la primaveral tarde de octubre. Su pecho amarillento, brilló como el oro iluminado por el sol y en su vuelo apremiado podía presentirse el palpitar del diminuto corazón al borde de quedar paralizado por el pánico.

-Hay días para morir al mediodía, -murmuró la anciana, que continuó divertida por el sonido de sus palabras: -me salió verso sin mayor esfuerzo.
-Abuela, a veces parece que invitaras a la muerte.
-Niña, hay que saber leer las señales del destino…
-¿Y eso se aprende? -respondió Jacinta que andaba en los curiosos diez años. La dulce colorina de mirada penetrante, reposaba sentada frente a la anciana, las manos entretenidas pintando flores infantiles con sus lápices de colores.
- Eso se sabe. Eso se intuye. Nadie te puede enseñar lo que no eres capaz de aprender por ti misma, Jacinta.

Luego, ambas siguieron en silencio. Una bordando el mantel rojo con rosas blancas y la otra dibujando en la hoja papel que se iba saturando de detalles a medida que transcurrían los minutos.

Más tarde, mucho después del almuerzo, el té de las cinco e incluso la cena, cuando la noche cayó sobre el valle y cubrió el pueblo de Sotaquí, la Muerte se detuvo a mirar por la ventana, y observó la plumita de jilguero que había quedado frágil y leve sobre el marco de madera. Tomó la señal entre sus huesudos y sabios dedos y siendo la medianoche exacta la depositó con sumo cuidado sobre la frente arrugada de la anciana.
  

(Sotaquí, Chile)

 (Luna de Burdel)

sábado, 25 de junio de 2016

Zurdo

A Samuel del Villar, sin casa, sin cama, la edad se le vino encima, sin tranvía ni vino tinto, al tiempo que le tomaba más afición de la que nunca antes le tuvo a su gran danés, el “Don”. Así que esa madrugada húmeda de otoño, el perro era su único compañero y merodeaba intranquilo, con el paso incierto.

A su primera mujer la amenazó, pero jamás la habría matado. A la segunda, bueno, a esa pudo estrangularla a sangre fría si no hubiera desaparecido por propia decisión un día cualquiera, ya olvidado. Pero, a esta, la tercera, la iba a matar la mañana del día anterior, como a un conejo que medraba en su papal. Los domingos no hay nadie en la hacienda y Samuel del Villar disfruta, desde hace ya veinte años, de una apacible soledad que lo reconforta de tantos sinsabores de la vida que ha elegido vivir.

De un domingo para otro, sin advertencia previa, la mujer se fue quedando, quedando y no se marchó más. Antes de que pasara mucho tiempo, Samuel del Villar, comenzó a salir de su propia casa los domingos muy de madrugada, un pretexto por aquí, otro por allá, en tanto la mujer seguía en brazos de Morfeo hasta que le daba la gana.

Foto: Ana V. Durruty en www.limarisecreto.blogspot.com

Samuel del Villar era un hombre todavía joven, pero con harto recorrido desde muy temprana edad. Si la salud lo acompaña y el Diablo se hace el leso, le queda por lo menos un cuarto de siglo de vida por delante y pensaba aprovecharla a su medida, no a la de la mujer que se había instalado en su vida, con sus petacas y sin que nadie la invitara.

Un mechón del pelo le caía sobre la frente y unas gotas frías resbalaban por su mentón cuando hizo girar la llave de la puerta de entrada de la casa. Avanzó con esos trancos largos que le daba el porte, hasta la cocina, abrió la puerta de la alacena y la volvió a cerrar. Algo atrajo su mirada en la ventana y no se sorprendió al comprobar que las cortinas de cuadros amarillos que lo acompañaron durante largo tiempo, habían sido cambiadas por unas nuevas, coquetas y floreadas. Samuel del  Villar puso ambas manos sobre su cara y las dejó allí mientras pensaba.

La mato ahora o ella me mata, pensó con lógica de animal acorralado en su propia madriguera. Unos pasos más y se encontró de sopetón con unas fotos, en sus respectivos marcos, colgando en el pasillo de acceso a los dormitorios. Mal gusto no tiene, reconoció a contra pelo, aunque si hubiera dependido de él, Samuel del Villar jamás tendría retratos en los muros de su casa. Cuando, por fin, entró a su dormitorio el asunto tomó el cariz de un mal sueño. Ella estaba allí, durmiendo desnuda y plácida, con una aureola amarilla sobre su cabeza, dibujada por el pelo dorado desparramado en la almohada.

Samuel del Villar, miró de nuevo, esta vez de reojo, se sacó la ropa mojada y, con sumo cuidado, se introdujo en la cama, esperó a que el cuerpo se le entibiara un poco, hasta que se atrevió a deslizar su mano izquierda para posarla en la nalga de la mujer. Manuela giró suavemente y posó su mano donde a él más le gustaba. Samuel del Villar, sólo alcanzó a pensar: Ella me mata.

(De "Cínica", Autora: Ana V. Durruty)