El proceso creativo y la experiencia personal, desde el vínculo con mi ciudad natal (Ovalle, Chile) y los desafíos sicológicos que encierra la escritura creativa.
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sábado, 11 de febrero de 2023
Escritura y Terruño
El proceso creativo y la experiencia personal, desde el vínculo con mi ciudad natal (Ovalle, Chile) y los desafíos sicológicos que encierra la escritura creativa.
martes, 13 de septiembre de 2022
Raíces de mi escritura
"La niebla del norte me salió a recibir cuando enfrenté la entrada a la desembocadura del río Limarí desde la costa, entre el bosque de Fray Jorge y las alturas de Talinay. Me sumergí en ella en mi enorme zancudo de fierro, zumbando como loco y con visibilidad cercana a cero. Faltaban unas pocas millas para aterrizar en la hacienda y allá arriba el Sol se burlaba de mis esfuerzos por sobrevolar la húmeda camanchaca que me envolvía. El sonido de los motores era aún más solitario en ese mar blanco y blando en que flotaba transportado por la incerteza".
(De "Piloto", cuento del libro "Luna de Burdel")
Mi padre tenía una imaginación fértil y un profundo amor por las tradiciones de mi país.
Al celebrarse la Fiesta de la Independencia de Chile, he querido hacer un homenaje a mis raíces, que tanta influencia toienen en mi literatura.
En la foto superior mi padre, Fernando Durruty Alfonso. Abajo, yo al igual que mi padre, luciendo el sombrero de “huaso” o “huasa”, parte del traje típico nacional de Chile.
viernes, 18 de marzo de 2022
No hay memoria
Los viejos amores
han caído en un pozo oscuro
de deseos muertos
No hay memoria
No hay resurrección
Los rostros del pasado
se fundieron en piedras centenarias
cuaternarias
de desierto latinoamericano
No hay deseo
No hay dolor
La libido ancestral
se ha vuelto insaciable
luminosa
dueña de días breves
No hay pudor
No hay secretos
Los amores nuevos
beben la melancolía vertiginosa
de un pasado amenazante
No hay certezas
No existe el tiempo
martes, 27 de julio de 2021
Emparentadas
En otro mundo hubiéramos sido
primas. Por lo menos. O quizás hermanas. La misma frente, la misma boca
delgada. Sobre todo la misma nariz. Fuerte, prominente; llena de carácter.
Amenazante. Allí sentada frente a mi en el vagón del tren de Paris a Biarritz, podía
observar a mis anchas su figura recortada contra el ventanal que iba revelando
los paisajes cada vez más verdes que nos acercaban al País Vasco francés.
No me extraño mucho que se parara
junto conmigo cuando nos acercábamos a la estación de mi destino. Tampoco que
tomara un taxi unos pocos minutos antes que yo me embarcara en el mío rumbo al
local de Europcar en el aeropuerto. Debo admitir que me extrañó un poco volver
a encontrarla en la garita en que debía retirar el auto en que pretendía
embarcarme en un recorrido por las tierras de los Pireneos Atlánticos que
alguna vez habían habitado mi bisabuelo Jean y todos sus antepasados hasta los
inicios de la historia. Pero, bueno, siempre puede haber coincidencias.
Desde antes de llegar al hotel
comencé a disfrutar del placer de estar en el lugar en que uno debe estar;
aquel lugar en la Tierra en que tu cuerpo se siente naturalmente cómodo con la
temperatura, el paisaje y la luz. Aquellos parajes que sientes que conoces
desde siempre aunque nunca hayas estado antes. Donde sabes que sabes más de lo
que crees y conoces los árboles y las flores y los nombres de las aves porque
deben llamarse así.
Pero cuando logré estacionarme en
una de las callecitas de Hasparren y vi el auto rojo que ella había arrendado,
unos pocos metros adelante, pensé que algo no andaba bien, que eran demasiadas
casualidades juntas. Pero no me atreví a hablarle, porque mi francés era
precario y ella estaba conversando con fluidez en el idioma que, obviamente,
era su primera lengua.
Con los recortes de tiempo puedes
hacer una vida entera nueva. Si aprovechas al máximo cada tramo de camino,
sacas el ticket antes que otros en la fila de la farmacia, tomas justo el vagón
del metro antes de que éste parta, entras al banco antes de que cierre sus
puertas esa jornada, sales rápido y tomas el taxi para almorzar en la mejor
mesa del restaurante con tu mejor amiga, terminas a una buena hora la merienda,
alcanzas a comprar lo que necesitas en la librería, llegas a tu casa cuando hay
luz, sacas la ropa de la secadora, y así sucesivamente, siempre aprovechando
hasta el más mínimo resquicio del tiempo, puedes en efecto tener el premio de
hacer todo lo que deseas y aún más, hasta juntar la cantidad de saldo
suficiente en la cuenta de tu vida actual, para alcanzar a vivir una adicional.
Pero nunca se me ocurrió que
hubiera una persona viviendo mi otra vida.
-Hola, alcancé a escuché en el rent a car que tu apellido es Gaitía. Yo
soy Begoña Gaitía-, me saludó ella finalmente en perfecto español, creo que
al ver mi cara de perplejidad a menos de un metro suyo, donde me había quedado
plantada después de bajar del auto.
Recordé la batalla dada por mi
madre antes de mi bautizo, cuando mi abuelo insistía en ponerme Begoña y su
nuera –acertadamente para mi gusto- evitó el tradicional nombre vasco con el
sencillo artilugio de ofrecer llamarme como mi abuela.
-Hola, yo soy Rebeca Goitía- le respondí con una sonrisa cuando ya
me habían vuelto los colores, la movilidad y el habla.
Nos quedamos hasta tarde
conversando en el único cibercafé de Hasparren, hasta que la tarde se hizo
noche y el azar tuvo un sentido.
(Hasparren, País Vasco)
(De Luna de Burdel)
viernes, 18 de septiembre de 2020
Bignonia rosa
Había olvidado el olor de las
bignonias. La fragancia me trasportó instantáneamente a mi infancia. Esa noche
el sutil aroma convirtió el 7 de febrero de ese año en una fecha para recordar.
La llave de los recuerdos giró suavemente en la cerradura hermética de mi mente
y junto con los grillos gritando en un rincón de las paredes de adobe, llegó el
leve crujido del balancín de madera movido por el viento sur.
Sobre el puente de Avignon todos bailan,
todos bailan. Sobre el puente de Avignon todos bailan y yo también. Bailan así,
así me gusta a mí. La Elisa no tenía buena voz para cantar pero siempre lo
hacía mientras empujaba el andamiaje que me llevaba de un lado a otro con una
cadencia totalmente diferente, siguiendo su propio ritmo.
Sobre el puente de Avignon… Demoré en asimilar
el mutismo repentino de la niñera pues estaba feliz meciéndome con el sol
brillante en su cénit que me rozaba la piel tan dulce y suave. Un gorrión se
acercó volando bajo y esquivó con naturalidad el palo superior del balancín.
El pajarito volaba muy alto y el silencio se
prolongaba. Miré a la Elisa para saber qué sucedía y me encontré con mi tío
Pedro Pablo parado a su lado. Ambos no dejaron de mirarme sin hablar hasta que
el movimiento del juego cesó por inercia.
Que mis papás
habían muerto. Que la cuesta. Que el auto. Que… La voz de la Elisa se perdió
para siempre cuando llegué a la casa de mis padrinos y nunca volví a escuchar Sobre el puente de Avignon. Nunca más
jugué en el jardín de mi casa y nunca más oí la risa de mi madre, ni el
vozarrón de mi padre saludando al llegar de la parcela.
Sentí el frío de la montaña en mi
espalda apenas el sol abandonó el horizonte. Las más altas montañas de Los
Andes proporcionaban una sombra fría y oscura. El cielo estrellado no entregaba
mayor alivio.
Del libro Luna de Burdel
viernes, 31 de julio de 2020
La noche de los jilgueros
| Sotaquí, Chile. Foto: Ana V. Durruty |
sábado, 25 de junio de 2016
Zurdo
| Foto: Ana V. Durruty en www.limarisecreto.blogspot.com |
(De "Cínica", Autora: Ana V. Durruty)



