Translate

Mostrando entradas con la etiqueta Mujer. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mujer. Mostrar todas las entradas

viernes, 20 de mayo de 2022

Ella es el camino






Así como sin querer, estaba sentada con un sombrero de ala ancha rojo encendido y las piernas cruzadas sobre un pisito de madera tapizado con cuero de cabras montañesas.


Primero se sacó las zapatillas y las dejó al costado. Eran de color indefinido y trascendían a caminata no de días sino de meses. Los calcetines no lo hacían mal y al sacárselos arrastraron algunas bandas de gasa manchadas con sangre ennegrecida.


Nunca levantó los ojos así que no supe nada sobre su mirada, ni sus penas ni sus alegrías.


Protegidos por el ala del sombrero, los hombros se hundían en un cuerpo evidentemente arrasado por la fatiga.


Todo lo demás era ambiguo y misterioso y quedaba plasmado de un solo aire, que llegaba hasta el paladar con sabores de tierra y ajo e irritaba los ojos por la acidez del hedor.


Parecía un viajero en el tiempo, que se había detenido para darle espacio a su humanidad sin edad.


No sé si fueron muchos o pocos los minutos que estuve contemplándola.


Cuando se levantó, miró alrededor por unos breves instantes como buscando ratificar su ubicación, y sin prisa avanzó hacia la puerta que se abría sobre la plaza empedrada de Santiago de Compostela.

 

Por un instante vaciló, pero continuó su senda más allá del umbral con un leve rengueo, más de cansancio que de dolor o enfermedad. Nunca miró hacia atrás, ni siquiera en dirección a algún costado, aún cuando un ciclista acelerado pasó casi rozando sus pies descalzos. Ella no se sobresaltó y prosiguió su caminata, aparentemente sin inmutarse. Sus ojos seguían siendo ajenos e inescrutables para mí.


Fue entonces que comencé a seguir sus pasos. Había capturado mi atención por completo. Necesitaba saber quién era. Quería hacerle mil preguntas. Para ella yo no existía y, en sentido contrario, ella era todo para mí en ese momento. Se alejó mientras subía las anchas escaleras de la catedral con insospechada energía.


El vuelo rasante de una paloma me distrajo por una fracción de segundo y cuando la busqué con la mirada, solo quedaba delante mío el último velo de su sombra estampado fugazmente en la doble hoja del portal sagrado.


Apuré el paso, con un presentimiento de pérdida. La puerta se cerró con un dulce quejido a mis espaldas y mi temor aumentó al comprobar que allí solamente abundaba la bruma del incienso.


Primero la busqué con las pupilas un poco dilatadas por la oscuridad, apenas amortiguada por la luz cenital que daba al aire una pátina dorada. Luego caminé avanzando por el centro de la nave, más y más rápido. Cada tanto giraba sobre mis talones para asegurarme que no estuviera a mis espaldas. 


Se había esfumado. 


Me quedé contemplando el retablo. Luego me hinqué en un reclinatorio y me quedé allí hasta que las rodillas me avisaron que llevaba demasiado tiempo en la misma incómoda posición. Las campanas anunciaron la proximidad de la Misa del Peregrino. Cuando levanté nuevamente los ojos, una suave lágrima corrió por mi mejilla en busca de consuelo.


Consuelo divino. Porque humano ya hace muchos años había perdido la esperanza de tenerlo.


Mientras me reencontraba conmigo misma, comprendí que jamás conocería los secretos de sus ojos. Y que de alguna manera misteriosa ella era el camino.





Santiago de Chile, mayo 20 de 2022


martes, 27 de julio de 2021

Plus Ultra








Corrí, corrí como una loca, detrás de ti, le estaba explicando la mujer mientras jadeaba. Sólo entonces, él se detuvo y miró hacia al costado, con una mirada desconocida. Desentrañó el hondo significado de las palabras perdidas en el recodo anterior del tiempo. Recordó tantas de aquellas cosas que había olvidado con escrupulosa paciencia, para que nunca, nunca jamás, le volvieran a atormentar.
Pero, fue también en ese preciso minuto en que se miró a sí mismo y descubrió que se había perdonado. El hombre sintió cómo sus ojos claros se vaciaban en un desconocido mar de alivio. Detuvo sus pasos, anhelando que ese gesto pudiera congelar el tiempo. Se sentó en la acera, apoyó sus hombros en el poste del alumbrado público y dobló sus rodillas hasta rodearlas completamente con sus brazos. Mientras se aclaraba su visión contempló con serenidad el tatuaje en el antebrazo derecho, lamentando no haberse hecho aquel que quería grabar en la parte superior. Tantos años atrás tuvo en algún momento la imagen clarísima del escudo de la España del Generalísimo Franco que iba a imprimir en su piel. Luego, ocurrió algo extraño. Rememoró con dolor, diez años después, la tarde en que ella nunca más volvió. Partió como llegó, inesperada y avasalladora. Tan efímera, que durante largos meses pensó que había sido irreal. Con el paso de los años, se preguntó si ella lo recordaría. Si él habría sido real para ella. Al final únicamente quedó la frase que la mujer le pidió que guardara, te has ganado un lugar en los buenos momentos de mi vida. Siempre tendrás un lugar en mi corazón. El día en que el hombre cumplió cincuenta años, buscó hasta encontrar los datos de la mujer. Cuando llegó a su puerta en ese pueblo del norte, tras viajar atravesando casi todo el país, comprendió que la señora de sesenta años que regaba el jardín no lo reconocía. La miró con sus tristes y profundos ojos de cielo y comenzó a desandar el camino. Corrí, corrí como una loca detrás de ti, le estaba explicando la mujer mientras lo observaba, sentado allí en plena calle. El sol se descolgaba sin piedad esa tarde de mayo. Ella se agachó hasta quedar reclinada de rodillas junto a él. Comenzó a desabotonar su blusa amarilla que se deslizó por un costado de su cuerpo, dejando al descubierto su femenino hombro derecho. Luego giró lentamente, para mostrarle a él, un escudo de España, en el que se leía con claridad Plus Ultra. Más Allá.


(Cuento de libro "Cínica").







miércoles, 28 de abril de 2021

Vitrinas rotas





Ni de arte, ni de playas, ni de buena comida podía dar referencias la flaca que se bajó en el taxi del aeropuerto de Miami llena de maletas que parecían haber sufrido una reciente cirugía estética y lucían estiradas al borde del peligro de romperse. 

Era una flaca muy flaca repleta de maletas azulinas.

Pero la flaca era engañosa. De todo lo superficial que se veía a primera vista, no quedaba nada apenas uno cruzaba más de dos palabras con ella. Y eso era inquietante, como los mares calmos y profundos, que ocultan misterios milenarios.

-No es lo que piensas, sino lo que haces lo que me molesta-, me dijo de entrada, como si me conociera, apenas nos encontramos para trabajar el sitio web en que pretendía exponer un nuevo método para algo que tenía que ver con sentirse bien. “Wellness”, repetía palabra por medio. 

Pensé que no le gustaba mi trabajo y me pareció estúpida por querer contratarme para un proyecto. Cuando me miró entendí que no se refería a eso. Ella hablaba de otra cosa. 

-Es un juego de azar, no una metáfora de mi vida- observé inquieto y sorprendido como salía la frase de mi boca. 

-Me da lo mismo-, dijo la rubia de Miami, que hasta ese minuto no me había dicho su nombre. Miriam le había puesto yo en mis conversaciones conmigo mismo. Me decía: -Esta Miriam me gusta. O algo así como: -Esta Miriam no me gusta. Pero la Miriam no era de esas que están a la venta o que se compran con un par de frases melosas, con un par de zapatos no tan caros ni tan baratos o con una cena en un restaurante con vista al Atlántico. 

-Acompáñame a comprar-, dijo después de un rato largo de silencio.


 (Miami, Estados Unidos)

viernes, 28 de agosto de 2020

Mudita. Fotografía María José Puig
Mudita. Fotografía María José  Puig

 

Noticia en portal OvalleHoy que da cuenta de la labor literaria de Ana Durruty en 2020:

 https://ovallehoy.cl/la-pandemia-no-detiene-a-ana-durruty-publica-nueva-novela/


Mudita


Mudita es la segunda novela de Ana Durruty y narra la historia de Laura, a partir del momento en que esta mujer que anda en los 50 años de edad, inicia un proceso de reencuentro consigo misma, cuando finalmente tras años de silencio decide enfrentar la realidad. El proceso doloroso de romper las cadenas y hablar, primero consigo misma y luego con sus amigas, pone en evidencia su crisis de la edad adulta, con un matrimonio fracasado y dos hijos ausentes.

Las decisiones que toma Laura, determinan un futuro de consecuencias inesperadas.


El libro se puede adquirir en Amazon en sus versiones ebook e impresa, en el siguiente link:


 https://www.amazon.com/dp/B08G78D3FQ/ref=cm_sw_em_r_mt_awdb_.u-pFbJ2RF971

viernes, 31 de julio de 2020

Christmas Day




Chicago. Foto: Ana V. Durruty

뜻이 있는 곳에 길이 있다

Tenía tanta pena que me distraje y con los ojos velados por las lágrimas me perdí antes de llegar al barrio universitario. Me habían advertido que no me podía equivocar al abandonar la autopista pero iba tan concentrada en mi dolor que me equivoqué y fui a dar en un lugar completamente diferente al esperado. No se parecía en nada a los parques y los edificios limpios y ordenados que había visto mil veces en Google street view desde el seguro hogar de mis padres en Seúl.

Me habían repetido hasta el cansancio que era peligroso vagar por lugares como el que había ido a dar por descuido y que en los alrededores de la Universidad de Chicago podía uno encontrar razones para sentir miedo. Y lo estaba sintiendo. El GPS me hacía dar vueltas en redondo y pasaba una y otra vez frente al hombre que se drogaba en las gradas de la puerta de su casa, y me detenía una y otra vez en la luz roja en cuya esquina había un grupo de jóvenes con los brazos desnudos cubiertos de tatuajes. Y una y otra vez no me atrevía a bajar la ventanilla del auto para preguntar cómo salía de ahí para retomar la Interestatal 90 o a la 94. Sabía que mi destino estaba a unas pocas cuadras en línea recta por Garfied Blv. hacia el este, pero habían cortado el tránsito para alguna actividad comunitaria y yo continuaba dando vueltas por las mismas calles casi en estado de pánico, siempre al lado oeste de la austopista.

No había sido fácil ni agradable llegar a las instalaciones en que estaba mi habitación, y después de cuatro meses asistiendo a clases de mi magíster en economía, continuaba siendo poco confortable ese lugar que durante tantos años había sido el espacio predilecto de mis sueños.

Bon-Hwa, mi padre glorioso como lo indica su nombre; y Cho-Hee, mi madre hermosa y feliz; trataban de animarme cada vez que nos comunicábamos por Skype, con sus sonrisas que buscaban infundirme confianza y su inocente ignorancia de mis pesares.

Hyun, la más inteligente de la familia, no podía rendirse y aunque Dios no me hablaba al corazón desde la infancia, me refugiaba en largos monólogos apelando a cualquiera de sus atributos que pudiera contrarrestar mi desolación.

A medida que se acercaban las fiestas de fin de año, comencé a pensar que después de cuatro meses en Chicago, estaba condenada a pasar la Navidad sola. Absoluta y completamente alejada del resto de los millones de habitantes de la ciudad.

Allí, sobre la mesa del mi dormitorio reposaba la cajita con viejitos pascueros sin abrir. Eran unos muñequitos de cera rojos con una mecha saliendo de sus diminutos sombreros puntiagudos. Una y otra vez los miraba al salir a clases y al volver de ellas. Me saludaban con una sonrisa en la carita, esperando que me decidiera a ponerlos en algún lugar para celebrar juntos la Nochebuena. No me animaba, porque nada era capaz de mejorar mi ánimo. Cuando los cursos del semestre terminaron y los estudiantes comenzaron a partir a los muchos estados de los que provenían, ya sin tener siquiera el consuelo de compartir unas horas en una sala, me sentaba a observar las ventanas coloridas que cambiaban de rojo a amarillo y de azul a verde, al tiempo de las guirnaldas de luces. Podía imaginar los grandes pinos cubiertos de adornos mientras sus dueños conversaban y reían sin importarles la nieve que cubría las calles.

-¡Hyun!-, gritaba desde la vereda blanca una figura dentro de una gruesa parka gris, con un capuchón rodeado de piel que impedía distinguir sus facciones. Solamente cuando agitó sus brazos en alto con entusiasmo, acepté que se estaba dirigiendo a mí y le devolví un tímido saludo con la mano desde detrás de mi ventana.

La estridencia del citófono me confirmó su propósito. Cuando finalmente abrí la puerta, ahí estaba Claire, con su largo pelo suelto, con las mejillas sonrojadas por el frío y una sonrisa que la iluminaba.
Se dejó caer en el sillón y tomó la caja de viejos pascueros. Sin decir nada la abrió y los puso ordenados uno junto al otro sobre la mesita.

-Así están mejor ¿tienes fósforos?- dijo mientras yo aún sorprendida le preparaba una taza de chocolate caliente. Tomó el tazón con sus dos manos entumecidas y exclamó: -¡Feliz Navidad!

Como dice el proverbio  “donde hay voluntad, hay un camino”. Claire mi despistada compañera de Cálculo 1, tenía una disposición de oro y un corazón cálido y comprendí que el camino comenzaba a sonreírme y que los próximos años y las próximas navidades no estaría sola. Que aunque la pena te lleve por rutas equivocadas, algunas te dejan en la puerta de la amistad.


(Chicago, Estados Unidos)

(Luna de Burdel)

lunes, 29 de junio de 2020

Clausurado



El palacio, el tocadiscos.

El tocadiscos, el palacio.

Mon amour, Aranjuez.

La arboleda anaranjada era dueña de una alfombra dorada de hojas a un tris de morir. Y los pies de la joven sentían verdadero placer de pisar la crujiente cubierta vegetal, mientras avanzaba en medio de la desolación más absoluta desde la estación de trenes rumbo al palacio de Aranjuez.

El ritmo del concierto bordaba espirales dolorosas en los pensamientos de Matilde, pero la energía de la guitarra andaluza la hacía mover el cuerpo como si disfrutara de un momento de particular felicidad.

El palacio se presentó con amabilidad, escoltado por sus grandes magnolios y la algarabía de cientos de pájaros cantores, los mismos que algún día inspiraron al creador de la música que se revolvía en el interior atormentado de Matilde. Pero, era día feriado en España y el motivo del viaje y del empeño de la extranjera, permanecía cerrado. Clausurado. Impenetrable. Con sus fuentes de agua apagadas y silenciosas.

Unos poquísimos turistas tan despistados con ella, circulaban por los jardines exteriores. Matilde se sentó en unas gradas distribuidas a modo de graderías, junto a algunas hojas secas de árboles que nadie había barrido y permanecieron allí como su única compañía.

La melodía de la guitarra lastimera atravesaba el tiempo y la llevaba y la traía, del palacio a la casa de su abuelo por allá en el sur del mundo, en un pueblo sudamericano. El abuelo había muerto heredándole el chelo que él tocaba en las tardes solitarias y el disco con la versión del concierto de Joaquín Rodrigo cantada por Richard Anthony.

Cuando no habían transcurrido más de un par de medias horas, el sonido de las tripas vacías aterrizó de un solo golpe a Matilde.

Caminó de regreso por el sendero. Esta vez no le importaba mucho las hojarasca bajo sus pasos y llegó rápido al local de venta de la estación, y mientras esperaba el tren de vuelta que la llevaría a Madrid, engulló unos trozos de buen pan con chorizo, que insistían en atorarse en su garganta apretada por las lágrimas que se negaban a brotar de sus hermosos ojos.



Aranjuez, España



viernes, 17 de junio de 2016

La mujer del sombrero negro



Inclina su cuerpo hacia delante y pasa la correa de la sandalia por la hebilla con cierta habilidad y ninguna convicción. Tiene tantos pares de zapatos que siempre teme naufragar en el closet de la incertidumbre. El buen gusto no es lo suyo, pero ha hecho un esfuerzo de años para proyectar la imagen que desea. La sobriedad es su ley. Teme el terreno resbaladizo de la moda y su osadía no la lleva más allá de la puerta de ciertos colores, con los que sabe no corre riesgo.

La mujer del sombrero negro. Edwin Rojas. Oleo sobre lino. 130 x 150 cms.
La mujer que se mira al espejo escoge un sombrero negro de ala corta que le sienta bien. Pero no se siente bien.

No importa lo que ocurra, siempre la abruma la inquietud. Su mirada se pierde en el pasado y reconoce la impronta de la imprudencia. Entrecierra los ojos y recuerda la mirada de un hombre incorrecto, en el lugar incorrecto y a la hora incorrecta. Entonces la inunda una mezcla de asco y hastío.

Esta mujer que hoy lleva sombrero, sabe que su tiempo de amar ha quedado en el pasado. Que tiene saldo en contra en la cuenta de la felicidad. Que cualquier cosa que viva de este día en adelante llevará el signo de lo imposible y lo perdido.

Pese al éxito y a la sonrisa perfecta, cuando se mira en el baño de la sala de reuniones mientras retoca el maquillaje, esta mujer teme.

La imagen de su padre domina sus pensamientos con un mal sabor de insatisfacción. Nunca fue lo que él soñó que fuera. En realidad es mucho más que eso. La vida es así, hoy se gana, mañana se pierde. Y, a veces, se pierde más de lo ganado.

La ruleta se detiene frente a otro hombre inapropiado en la ocasión más improbable. A esta mujer temerosa le fascina el peligro. Ama a todos los hombres y no puede amar a ninguno.

Teme morir sola. No le importa casi nadie. Y ella no le importa a nadie.

La vida vivida está. Ha pasado un nuevo día sentada frente al mar en un restaurante de Los Vilos mientras espera que llegue un amante fortuito. Podría morir hoy. Ha vivido demasiado.

Esta mujer triste va a sufrir al atardecer y lo hará con el placer de los solitarios y los poetas.

Se saca el sombrero y ordena el pelo de mujer que ha dejado atrás la juventud. Es  implacable con ella misma y a quien más teme es a su reflejo justo ahí, donde el espejo termina y desaparece, para siempre.


(Del libro "Cínica", Autor: Ana V. Durruty)