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sábado, 26 de junio de 2021

Volar alto

El reflejo de la luz del televisor tiñe de colores el rostro de Rubén. Es la única fuente luminosa en la pequeña casucha que levantó con sus propias manos usando restos de obras de construcción recogidos por aquí y por allá. La frágil estructura se apoya en un muro de la modesta vivienda de su madre. Doña Erminda es empeñosa y logró que servicios sociales le reconociera la indigencia y le entregara una casita de cuarenta metros cuadrados en la población Nueva Era; un callamperío desforestado y cruzado por calles pavimentadas sin aceras.

Normalmente el barrio es tapado por una polvareda cada tarde cuando se levanta algo de viento del sur y por las noches no resulta inusual escuchar disparos al aire o el ulular de los carros policiales que pasan raudos en un amago por disuadir las peleas entre pandillas de narcos, pero no se detienen para no sufrir bajas.

A veces, muy de vez en cuando, cae algo de agua del cielo en la capital. Cada año es peor y la sequía ya más que una amenaza es una certeza.

Cuando lleve, aunque sea unos pocos milímetros, la población se vuelve un pantano. Y la cancha de fútbol un verdadero lodazal. Pero eso no disuade a Rubén.

Todos los futbolistas sudamericanos comparten el mismo origen. Y la historia de “El Campeón” no es la excepción, por eso tiene esos vacíos en el lenguaje y la inclinación por las mujeres bonitas y de cabeza liviana. Pero Rubén admira a “El Campeón” y se afana en estudiar cada jugada del delantero del seleccionado nacional. Luego, sale a la cancha de la población a practicar. Con unas zapatillas raídas, las medias desiguales y en días como hoy, con mucho frío.

Ensaya como lo ha visto en los entrenamientos que muestran en la televisión al menos durante una o dos horas cada día, no bebe alcohol y es flaco y musculoso producto del esfuerzo y la escasez de carbohidratos. A veces no le alcanza ni para comer un pan en la noche antes de irse a dormir. El trabajo de recolector municipal de basura al menos lo ayuda a mantenerse en forma corriendo detrás del camión y elevando lo tachos con desperdicios como si fueran pesas en el mejor gimnasio.

El barro viscoso se le mete hasta debajo de la camiseta después de cada resbalón detrás de la pelota. De reojo, entre carrera y carrera, ve llegar al grupo de sus amigos de la infancia que se juntan cada tarde en un rincón de la cancha a darle el bajo a unas botellas de cerveza y varios cigarrillos de marihuana. Lo llaman con los gestos, pero Rubén no les sigue el amén. Ellos no dejan de invitarlo cada día y Rubén logra zafar siempre la tentación de ir a dar en esos pasos que lo alejarían de su pasión y, como él lo ve, de un futuro mejor. Uno brillante como el de “El Campeón”.

Rubén no tiene casi nada material. Un pobre televisor medio desvencijado que junto a su pelota de fútbol son sus dos pertenencias más preciadas, un colchón separado del piso de cemento gracias a unas capas de cartones recogidos a la salida de los supermercados y una cocinilla de dos platos que pocas veces usa. Vive sin eufemismos en la miseria. Pero posee algo de un valor enorme. Algo que no se compra. Rubén es dueño de una determinación a prueba de todo.

Concluye su entrenamiento y apoyando las manos en la cintura, echa la cabeza hacia atrás para relajar los músculos del cuello y entonces ve allá en las alturas un majestuoso cóndor de los Andes planeando en la inmensidad azul sobre las montañas. La mayor ave no marina del planeta.

Rubén sonríe. Así volará él algún día. Así de tan alto llegará. Así de grande será en el fútbol internacional.

Da vuelta la espalda al grupo de chicos que ya está a mal traer en la esquina, avanza chapoteando en el barro e ingresa de nuevo a su casucha. Se abriga lo mejor que puede y pega sus ojos en la pantalla que transmite las noticias del fútbol mientras en sus pupilas brillan sueños de gloria.


miércoles, 2 de junio de 2021

Desenfreno coral

 

Brasilia


Es extraño saber lo obvio, si los ambientalistas hubieran existido a mediados del Siglo Veinte yo no hubiera nacido en Brasilia. Porque Brasilia no hubiera existido. Habría nacido en cualquier ciudad, o quizás en medio de la selva amazónica. ¿O tal vez no habría nacido? Si mi destino era nacer en Brasilia, y sólo ese era el designio, tal vez no habría nacido. En realidad hubo muchas razones para que no viera la luz de esta ciudad tan inexplicable como el afán de los seres humanos de conquistar algo. Algo, cualquier cosa. Fama, libertad, dinero, afecto, cuerpos ajenos, descendencia fértil, dominio sobre otros animales, redes sociales vía internet, un lugar en la historia de la especie y hasta la eternidad en la vida después de la vida. Y, por supuesto, ¡cómo no!, la tierra misma. Ser dueños, poseedores, reyes absolutos de un pequeño pedazo de la superficie del globo.

Brasilia no es un trocito. No es un detalle menor.

Brasilia es una joya perdida en la pléyade de ciudades que salpican la geografía del país más grande de Sudamérica. Pertenece a ese afán racionalista que apostó por las grandes avenidas, los edificios de formas extravagantes y la reafirmación del poderío del hombre para doblegar a la naturaleza. Brasilia no es zamba, ni mulatas de culos enormes y fláccidos en playas atlánticas. Es como un eslabón misterioso entre lo que Brasil es y lo que le gustaría ser. Un símbolo de poder desprovisto de alma.

Es mi ciudad natal, y para mí siempre será hermosa. Y así permanecerá en mi memoria inmortal, cuando la recuerde desde el más allá, aunque las centurias la conviertan –como antes a Chinchen Itzá- en un nuevo mito cubierto de vegetación destinado a ser descubierta por arqueólogos del futuro.


(De Luna de Burdel)

martes, 6 de abril de 2021

El chiste del lorito


¿Qué es eso de decirle a una que es entretenida?

Es como de mal gusto. No resulta elegante. Como si la conversación fuera un mero divertimento de bufones.

De pronto, el atributo más relevante de mi personalidad era que entretenía al resto de los mortales.

Nunca fui divertida. Ni qué decir algo similar a ser chistosa. No me sé ni un solo chiste. En realidad me sé sólo uno, y es bastante triste al final de cuentas.

Iba un lorito muy dicharachero tarareando mientras hacía equilibrios en la línea férrea. Saltaba en una patita, y después en otra, jugando feliz de la vida. De pronto, ¡Ay! Se le trabó una patita en un cruce de vías. Tiraba y jalaba su patita con sus dos alitas, pero no lograba zafarse. Estaba en esos intentos, cuando sintió venir el tren. Desesperado, comenzó a tirar la patita repetidamente y con más fuerza. Pero… no logró nada. Al ver a la enorme locomotora venir directo hacia él, el lorito se paró derecho, sacó pecho con decisión y dijo: -¡el que caga, caga!

Mis historias no son alegres. Las cuento para pasar el rato. Ni siquiera sé decir mentiras. A veces soy tajante y parece que predicara. Me gusta ser provocativa. Eso sí. Arrastrar a los contertulios a aceptar una premisa y, entonces, cambiar de posición. Probablemente el único mérito real es que soy optimista. Y por ahí, por esa ruta, la realidad siempre es más bonita.

Y he aquí que, una y otra vez, a mis conocidos y amigas les vino bien comenzar a halagarme diciéndome que yo era entretenida.

En Mendoza el asunto comenzó a hartarme. A darme soponcio, en palabras de mi abuelita. A hartarme y llegarme hasta el cuello, como diría mi ex marido. Hasta la cresta, exclamaría Ambrosio, mi hijo mayor.

Pero tenía que aguantar a las cotorras de mis amigas del colegio mientras paseábamos celebrando los diez años de egresadas del colegio. Ellas que me conocían en las duras y en las maduras, con el pelo sucio, a veces sin alcanzar a bañarme en las mañanas porque el despertador me había jugado una mala pasada justo el día de una prueba importante, con aparatos de ortodoncia, amurrada porque me cargaba el vestido el día de mi graduación… ellas, que me había visto en mis peores fachas y en mis más tristes momentos, ellas ahora también descubrían que yo era entretenida.

-¡Antonia, cuéntanos alguna historia entretenida!- gritó la María José desde el último asiento del bus que arrendábamos para el periplo.

El calor húmedo y la falta de sueño tras hartas jornadas de convivencia, me tenían enervada, a punto de mandar todo al demonio ¡y ahora la Cote insistía en la cantinela!

Me di vuelta desde la tercera fila y miré a todas las con una mirada furibunada.

-A la próxima que pronuncie la palabra “entretenida”, la mato- espeté sin pensarlo mucho. O, en verdad, habiéndolo pensado demasiado.

Así terminó la faceta entretenida de mi vida, en una carretera rumbo a las reconocidas viñas de Mendoza, tal vez porque ellas me conocían desde niña, o tal vez sólo porque no me conocían.




(Mendoza, Argentina)




















lunes, 4 de enero de 2021

Rojo y verde


Los más bellos geranios los vi en El Cairo. Una mancha roja como sangre de bandera se desparramaba por la ladera de la terraza, compacta y vibrante.

Te vi Omar y me estremecí. Me golpeó tu candidez de sufrimientos milenarios, acumulados  en tu tez morena. Toda la historia de la miseria colgaba sobre su cuerpo delgado y vacilante. Supe en ese instante que la compasión que me inspirabas, era incompatible con la dignidad que te mantenía de pie.

La arena de Ghiza se recogía bajo tus pasos, y el espectáculo de sonidos y luces preparado para los turistas te resultaba completamente indiferente. Tu idioma no es el árabe ni el de los jeroglíficos, porque es el del Nilo abriéndose paso en el desierto, más antiguo que el tiempo y que los hombres. Tu lenguaje es universal, como el viento y las estrellas.

No recordaré El Cairo ni por las pirámides ni por La Esfinge. Será inmortal en mi memoria, más allá de la muerte, por los geranios.

 (El Cairo, Egipto)


(De "Luna de Burdel")

 

 

lunes, 2 de noviembre de 2020

La ciudad de los lagartos

 


No vi lagartos en Luxor. Ni vivos ni muertos.

Pero no fue por eso que me gustó más que Kom Ombo, con su templo a Sobek y su museo de los cocodrilos.

Luxor tiene a la venta buenas piedras preciosas y maravillosas esencias naturales herederas de tradicionales recetas escritas en los muros de sus templos.

Y eso era bastante fascinante no sólo para mí, sino también para la pareja de encantadoras chicas holandesas que habían llegado al mismo tiempo que yo a las puertas del templo dedicado a Amón-Ra, en el corazón de la antigua Tebas.

Nos fuimos quedando en Luxor con la tranquilidad de saber que Egypt Air tenía una redundante frecuencia de vuelos para llevarnos de vuelta a El Cairo el día y la hora que decidiéramos marcharnos.

Nuestras prolongadas conversaciones mientras caminábamos en la orilla del Nilo viendo subir y bajar a los turistas de sus cruceros fluviales solían terminar con la planificación de sofisticados viajes al África ecuatorial, que nos parecía una aventura posible, considerando una vez más las bondades de la línea aérea egipcia, que tenía vuelos regulares a cada una de las más importantes ciudades subsaharianas. Cote d’Ivoir era nuestro destino favorito, y pareció de lo más apropiado aprovechar las largas y plácidas jornadas en Luxor para tomar clases de francés. Pronto las tres estábamos asistiendo a sesiones de lengua árabe y adquiriendo nociones de cultura islámica.

Ocasionalmente el mal de Tut nos recordaba que éramos aves de paso en esas calles, pero las fiebres y los vómitos explosivos, no lograban mermar nuestro entusiasmo por descubrir nuevas comidas o probar extraños jugos de frutos maduros de dudosa procedencia servidos en vasos de peor higiene. Nunca tuvimos que recurrir al seguro de salud, porque más sabían los vecinos del edificio en que habíamos arrendado un pequeño departamento, que cualquier médico que nos recomendaran por teléfono desde Holanda o Canadá.

Pero lo que de verdad nos unía era la creciente complicidad en el conocimiento de los secretos de la aromaterapia. Asistíamos casi a diario a un boliche no muy bien aspectado por fuera, al igual que todas las construcciones de la ciudad que sufrían el rigor de la naturaleza y de los humanos, entre la falta de lluvias que limpiara las fachadas, los vientos que los salpicaban de arena, y la tradición de mantener las casas a medio construir para ir agregando pisos donde acoger a los nuevos matrimonios de los varios hijos.

Puertas adentro el panorama cambiaba radicalmente, y el gusto de los egipcios por los espejos, los brillos y las telas convertía la modesta casa en una fiesta para los sentidos. Y aunque no era eso lo que buscábamos, era un buen complemento para el aprendizaje de los aromas, las especies y las flores; y para la comprensión de sus usos y de sus propiedades.

Probablemente llevábamos demasiado tiempo visitando el lugar, y estábamos perdiendo la capacidad de asombro, para cuando Antje recibió la propuesta de Abdel Rashid de ser su tercera mujer.

No necesitamos ponernos de acuerdo para decidir tomar el vuelo que nos llevaría de vuelta a Barcelona, y de allí, las holandesas a Holanda y yo a Canadá.

 

-Y le dijo, recuerda esto, porque alguna vez será parte de un cuento.

-¿Es verdad? ¿Le dijo eso?

-Y no estaba loca, sólo un poco chiflada. Le gustaba hablar así. Pero respecto a los lagartos, en eso sí tenía razón.

 

 

 (Luxor, Egipto)

 

 

 

jueves, 8 de octubre de 2020

La Miserable Vida de los Recuerdos…

 



…muere cada día que se pierde en el horizonte. Con cada Luna llena que revienta en la noche amarilla de luz dulce, y con cada destello de amanecer anaranjado, cuando el Sol despierta relleno de jugosos cítricos indiscretos.

En Nantwich, a la vera del camino del tren de Liverpool a Londres, estacionado desde tiempos inmemorables, el pasado se resiste a vivir el olvido.

Una mini van Mercedez Benz con una docena de clientes de Bentley se estaciona en la calle rodeada de bellas casas isabelinas del siglo XVI.

Kristina y Tomas corren hacia la heladería jugando a esquivar a los visitantes.

La guía de pelo azul y muchas pecas que iluminan su rostro, va sonriendo con sus botas de agua Hunter y su paraguas blanco mientras los elegantes compradores de autos caros la siguen con genuino entusiasmo.

- Después de un incendio que prácticamente destruyó a todo el pueblo, Nantwich fue reconstruida en el siglo XVI, gracias al generoso aporte de la reina Isabel I. Sin embargo, de acuerdo a los registros históricos, tiene más de mil años-, va narrando mientras camina.

-¡Kristina!, ¡Tomas!- grita la madre apurada de los dos encantadores mellizos que corren adelante y parecen no escucharla.

Una pareja de hindues mayores se detiene para contemplar el espectáculo de los niños y sus risas alborotadas que dan vida a la apacible escena galesa.

Luego siguen a la guía que ya está en la puerta de la Iglesia de Santa María, parada entre las esculturas medievales del rostro de un hombre y una mujer que flanquean la entrada al bello edificio de piedra arenisca rosada.

-La Iglesia de Santa María fue construida en el siglo XIV y lo más destacado es su torre octogonal. Vamos a ingresar y podrán apreciar sus preciosas ventanas y su antiguo púlpito- explica la guía a sus fieles seguidores.

Kristina y Tomas pasan cada uno con un rico cono de helado de leche. La madre de las criaturas va a su saga, conversando animada por su celular.

Kristina y Tomas ríen y sus carcajadas se esparcen como chispitas de felicidad por la calle de casas de intrincadas y bellas fachadas de madera.

Los hindúes se miran uno al otro y lo deciden: ¡Ha llegado la hora de ser dueños de un Bentley!

 

 

(Nantwhich, Inglaterra)

sábado, 29 de agosto de 2020

Loca de amor




La Plaza Mayor estaba mitad sombra y mitad sol. El Arco de Cuchilleros me abrió paso antes de que me encandilara la luz reflejada en el enorme patio.

No sé si sería correcto decir que colgaba del teléfono celular o más bien estaba atada al aparato; lo cierto es que mi vida pendía de ese pequeño artefacto, porque era mi única conexión con Felipe. 

Algunos creían que me había trastornado un poco y me decían “Juana, la loca”; pero en vez de encerrarme en un castillo me recomendaban encarecidamente que concertara cita con el psiquiatra.

Las cosas no se habían dado nada bien.

Pasaban los días y no sabía nada de este hombre que me tenía asida a la conexión inalámbrica y me hacía estremecerme cada vez que el Galaxy parpadeaba.

Las cosas no se estaban dando bien.

Rozar con la yema de los dedos el reborde de una esquina de la Plaza Mayor y sentir la soledad de las almas que vagan sin destino desde los tiempos de su construcción. Imaginar a Plácido Domingo vagando por ahí, triste después de dirigir Madama Butterfly en el Teatro Real, porque ya no puede cantar como lo hacía.

Las cosas no tenían visos de que pudieran mejorar.

Saludar marcial la bandera española izada en un portal. Hablar. Hablar con Felipe. Eso era lo que me obsesionaba. Escuchar alguna razón. Oír una miserable explicación saliendo de su boca. Mirar su boca. Sentir su boca. Saborear su boca.

Las cosas tenían aspecto de ir empeorando.

Siempre fue demasiado hermoso. Demasiado elegante. Demasiado intenso. Demasiado apasionado. Felipe amaba a las mujeres y yo lo sabía desde antes de comenzar a vivir con él, esa inolvidable tarde de abril del año anterior. Y las mujeres amaban a Felipe. Lo miraban con osadía, con arrebato, con coquetería. Lo miraban y yo lo entendía. Las entendía, y me envidiaba a mí misma por la suerte de que fuera mío, mío, mío. Y de nadie más.

Las cosas no podían ser peores.

Cuando paso por su lado, la diosa Cibeles me mira con desprecio, y tiene motivos de sobra. Me he convertido en una sombra triste de lo que era. De lo que fui con Felipe, e incluso antes de Felipe. Y no me importa. No es relevante, porque lo único que necesito es volver a oír su voz, volver a mirarme en sus ojos, volver a descubrir mi cuerpo creado por sus manos. Pero, él no me llama, él no contesta mis llamadas, no sé dónde vive desde que me abandonó, y ni siquiera puedo afirmar con certeza que aún reside en Madrid. Es probable que emigrara de la ciudad o tal vez haya dejado el país. Puede estar muerto o vivo.

Las cosas siempre pueden ser peores.

Pasaron las semanas y los meses, y a la vuelta de un año, Felipe seguía incrustado en mi mente y en mi corazón, pero completamente fuera de mi alcance. Perdido de mala manera en algún lugar inaccesible. Muerto en vida para mí, mientras yo continuaba aferrada a ese cadáver emocional, que hedía y sólo generaba gastos médicos para el tratamiento de la depresión, la ansiedad, la angustia y todas esas terribles emociones que habían tomado posesión de mi alma que, por lo demás, ya ni siquiera era mía.


(Madrid, España)

















viernes, 31 de julio de 2020

Luna de Burdel



Foto: Ana V. Durruty

Buscaba en el prostíbulo de Vallenar a un delincuente que huía de la justicia.

El ambiente era hogareño, como una chirimoya madura forrada en papel de diario. Pero no olía tan bien. Olía de mil demonios y cuando le trajeron el vaso de vidrio tallado con poche, el deseo de beber no andaba nada cerca de sus deseos.

La vieja lo observaba fijamente.

-Es la Estrella. Fue la más linda de este lugar-, comentó la chiquilla que estaba sentada en su mesa.
A la Estrella del “Paraíso” los dientes se le habían ido cayendo uno por uno, como una plaga egipcia devastadora.

-Su nombre de verdad es Aldonza, por algo de un viejo loco que le gustaba a su papá. Pero más loco estaba el papá, la verdad.

La putita lo mira con un poco de deseo y otro tanto de desconfianza y sigue hablando como si le pagaran por ello. No dice nada que le sirva para su investigación, igual que todas las que interrogó antes.

-Dicen que era un español que llegó de Andalucía en busca de fortuna, y se terminó casando con la hija de un hacendado del valle, pero la mujer era frígida. Así que cuentan que buscó consuelo con una inquilina del campo. Cuando la Estrella nació, la mandó a criar en la ciudad con unos amigos que había hecho en sus noches de alboroto. Cuando ya estaba viejo vino a ver a su hija al Paraíso, pero ella no quiso verlo. Tampoco lo dejo conocer a su nieto. El único hijo que tuvo la Estrella se fue pa´l sur y parece que estudió en la universidad, gracias al trabajo de su madre. Aunque yo no creo esas historias, porque no conocí al viejo y nunca he visto al hijo.

El aire espeso por el humo de los cigarrillos mezclado con la humedad que brota de los cuerpos agitados, las luces opacas y las mujeres bailando provocativas al ritmo de la música de cumbias, lo empujan a abandonar el Paraíso.

Al salir, ya avanzada la tarde, el viento del desierto hace bailar la arena como un encaje de tul sobre sus cansados pies. El frío de cielo despejado lo obliga a arrugar el ceño y subirse el cuello del gamulán. Debe volver a la comisaría a hacer el informe sobre el fugitivo que no aparece, pero antes detiene el vehículo policial en un boliche que vende hot-dogs junto a la carretera.

(Vallenar, Chile)







martes, 7 de julio de 2020

Esfínteres mentales


Fotografía: Ana Durruty

Del Pireo sólo recuerdo los malecones de cemento y la aduana con el chofer esperándome afuera. De Atenas casi no tengo memoria.

Parada en la Acrópolis bajo el sol griego mis short y blusa de algodón liviano eran perfectos para las fotos del recuerdo, pero nada apropiados para la solemnidad del momento. Sé que mi insolencia gatilló su molestia. Ella quería que yo vistiera de blanco; de larga y elegante túnica blanca. Necesitaba deshacerme de mis prendas oscuras, así que me desprendí lo más rápido que pude de todo lo que llevaba puesto.

Los guardias de azul se abalanzaron sobre mí, y la enorme masa de viajeros provenientes de todos los rincones del mundo reaccionó presta con todos los aparatos electrónicos a su alcance para generar una infinitud de imágenes que registraron el momento.

Pero no me importó demasiado. Ni poco, ni mucho.

Porque fue entonces cuando me habló Afrodita. Cuando desembarqué en El Pireo nunca imaginé que hablaría con una diosa; pero, así se dieron las cosas.

 (Atenas, Grecia)



lunes, 29 de junio de 2020

Clausurado



El palacio, el tocadiscos.

El tocadiscos, el palacio.

Mon amour, Aranjuez.

La arboleda anaranjada era dueña de una alfombra dorada de hojas a un tris de morir. Y los pies de la joven sentían verdadero placer de pisar la crujiente cubierta vegetal, mientras avanzaba en medio de la desolación más absoluta desde la estación de trenes rumbo al palacio de Aranjuez.

El ritmo del concierto bordaba espirales dolorosas en los pensamientos de Matilde, pero la energía de la guitarra andaluza la hacía mover el cuerpo como si disfrutara de un momento de particular felicidad.

El palacio se presentó con amabilidad, escoltado por sus grandes magnolios y la algarabía de cientos de pájaros cantores, los mismos que algún día inspiraron al creador de la música que se revolvía en el interior atormentado de Matilde. Pero, era día feriado en España y el motivo del viaje y del empeño de la extranjera, permanecía cerrado. Clausurado. Impenetrable. Con sus fuentes de agua apagadas y silenciosas.

Unos poquísimos turistas tan despistados con ella, circulaban por los jardines exteriores. Matilde se sentó en unas gradas distribuidas a modo de graderías, junto a algunas hojas secas de árboles que nadie había barrido y permanecieron allí como su única compañía.

La melodía de la guitarra lastimera atravesaba el tiempo y la llevaba y la traía, del palacio a la casa de su abuelo por allá en el sur del mundo, en un pueblo sudamericano. El abuelo había muerto heredándole el chelo que él tocaba en las tardes solitarias y el disco con la versión del concierto de Joaquín Rodrigo cantada por Richard Anthony.

Cuando no habían transcurrido más de un par de medias horas, el sonido de las tripas vacías aterrizó de un solo golpe a Matilde.

Caminó de regreso por el sendero. Esta vez no le importaba mucho las hojarasca bajo sus pasos y llegó rápido al local de venta de la estación, y mientras esperaba el tren de vuelta que la llevaría a Madrid, engulló unos trozos de buen pan con chorizo, que insistían en atorarse en su garganta apretada por las lágrimas que se negaban a brotar de sus hermosos ojos.



Aranjuez, España



domingo, 21 de junio de 2020

Desorden de Paisaje

Cusco, Perú. Fotografía Ana Durruty


A veces, antes de dormir, uno rehúye el sueño, porque se parece demasiado a la muerte.

En las alturas altiplánicas de los Andes esto parece ser mucho más cierto.

Pudo ser en cualquier parte del ancho mundo, pero fue en el Cusco donde me enamoré. No de un hombre. Ni de una mujer. Tampoco de Machu Pichu, con su altanería plenamente justificada por la majestuosidad milenaria. Ni de ideales ajenos, ni de sueños románticos. Ni de misticismo añejos al cobijo de los retablos de plata labrada que obligan a mirar al cielo.

Despierta la noche entera, la cabeza revuelta por el mal de altura, la ciudad dorada y brillante a mis pies desde el balcón del hotel.

Pudo ser el soroche, o las agüitas de hojas de coca que tomé para combatir los malestares varios que me asaltaron apenas un par de horas después de aterrizar en el Cusco. Para todos los efectos, el resultado es el mismo. Hurgar demasiado en la causa exacta resulta inoficioso. Lo que puede ser interesante es el recorrido previo, el mismo de todos los turistas que quieren descubrir lo descubierto hace más de quinientos años.

Había pasado tanto tiempo odiándome a mi misma, tratando de agradar a otros a los que no les agradaba, mirándome a los ojos con pena y lamentando las palabras que salían de mi boca, que la vida comenzaba a parecerme ajena y desproporcionada para mis escasa fuerzas mentales.

Desvelada hasta que el Sol aparecía detrás de las montañas, fue en las alturas del altiplano peruano donde me enamoré de mí.

(Cusco, Perú)






domingo, 13 de enero de 2019

Todo es posible



Foto: Ana Victoria Durruty


Cualquier día de estos, muy temprano en la mañana, esperas que, como lo ha anunciado el pronóstico del tiempo, esté nublado. Abres las cortinas de tu dormitorio y te asalta un día luminoso. Entonces te dices que requieres abandonar los sueños, que es hora de abrir los ojos, salir de la cama tibia y mirar por la ventana en esta mañana de invierno. Observas por apenas unos segundos cómo el vaho de tu respiración escapa por la boca entreabierta y empaña tristemente el vidrio. Descubres una vez más que ya no duermes, si no que estás despierto. Lo peor de la realidad es que tiende a encontrar explicaciones donde probablemente no las hay. Es difícil encontrar lo perdido si no sabes que lo perdiste. Tal vez alguna vez tuviste confianza en ti mismo. Sólo tal vez. Quizás naciste así y con lo heredado no hay nada que hacer. La batalla está perdida antes de enarbolar las banderas. Es mejor guardar la ropa que escogiste anoche para salir a la calle en un día lluvioso y elegir un nuevo pantalón, la camisa puede ser la misma, quizás, una nueva chaqueta y, sin duda, los zapatos. Quizás hoy deberías responder tus emails.

Quizás este mediodía deberías almorzar con esa amiga que no ves hace tanto tiempo. Quizás sea la ocasión que necesitabas para ir a ver a tu abuela enferma. Pero, lo más probable es que no deberías pensar ninguna de estas estupideces y atenerte a la posibilidad de que hoy efectivamente sea un día nublado y lluvioso. Hay un sospechoso silencio en la casa para un día de semana laboral. Sentado solo en la mesa de la cocina sabes que hay una variable que no estás controlando. ¿Es demasiado tarde o demasiado temprano? Esa manía de no usar reloj de pulsera, ni qué decir de no haber cambiado las pilas del reloj que cuelga arriba del refrigerador. Antes de cruzar el umbral de la puerta miras con desconfianza la brillante punta de tus zapatos finos. El espejo enmarca de prolijo brillo metálico tu rostro somnoliento. Estas ojeras me sientan mal. Quizás cuántos años llevo hoy día sobre los hombros. En ese preciso instante sabes que no hubo error en el anuncio del clima. Sabes, simultáneamente, que, ¡maldita sea!, el reloj de la historia acaba de sufrir un error infinitesimal y el tic-tac te transportó a un tiempo impreciso, en que ya no tendrá sentido alguno responder tus emails, ni llamar a tu amiga, ni menos visitar a tu abuela. Ahora, debes preocuparte por cosas más pedestres. Por qué no hay ruido en tu casa, si sigues trabajando en la misma oficina, si tu ropa no luce definitivamente añeja, si alguien ha pagado tu seguro de vida. En fin, determinar con la mayor precisión posible, dadas las circunstancias, si eres la misma persona que ayer, sólo que más vieja y si sigues vivo esta mañana de verano tórrido.

(De "Cínica", 2014)

domingo, 17 de julio de 2016

Crossroad


Nada es como ayer. En el futuro, nada será como hoy. Cruzó la calle sin saludar a nadie, extraña en su propio país. Compró azúcar morena en el almacén de la esquina y continuó caminando como si todo siguiera igual.

"Crossroad" de la serie "Filtros". Ana V. Durruty
A veces la vida es un cruce de caminos y, a continuación, cada cual sigue su ruta. Calama es un pueblo minero, con su carga de soledad y erotismo, y al caminar por las calles polvorientas, algo irreal parece hacer temblar el aire caliente del desierto. La piel morena de los transeúntes locales, provenientes de Bolivia o el extremo norte de Chile, contrasta con el rubicundo matiz de la tez de los extranjeros, turistas y empleados de las mineras que vienen del otro lado del mundo.

El sonido del llamado del teléfono celular sacó a la joven mujer rubia de su ensimismamiento y el tiempo se detiene por varios minutos.


Ya había pasado el interfaz del día a la noche, con calma y rapidez al mismo tiempo. En las alturas cordilleranas de Los Andes minerales, el frío araña como un gato mojado, y respirar se torna repentinamente un acto consciente y desagradable. Algo salobre y seco parece recorrer los pensamientos. Eso maligno y antinatural que inquieta al animal que cada hombre lleva adentro.

Veinticuatro horas más tarde, el teléfono volvió a sonar. La mujer leyó la pantalla digital y presionó la tecla roja que impedía la comunicación. No era el momento adecuado para escuchar esa voz a mil quinientos kilómetros de distancia. Ni siquiera sabía si algún día sería apropiado responder a esa llamada. Compró té negro en el almacén de la esquina y caminó con parsimonia los pasos que le faltaban para llegar a la pensión, esquivando con cuidado las líneas que dividían los paños de cemento de la acera.

Ni un árbol, ni una sombra, ni una sonrisa. Vivir en el desierto es un riesgo constante, y el peligro mayor es esa certeza diaria de que no hay nada entre el Cielo y la Tierra que proteja de las verdades individuales. En la soledad, el alma queda expuesta a su propio reflejo en la inmensidad de la nada.

Tres meses después, noventa llamadas de teléfono celular sin contestar acompañaban a la mujer esa tarde de diciembre, mientras caminaba por la losa del aeropuerto de la capital del cobre mundial. Miró hacia adelante, y sus ojos amarillos brillaron como la luz de la arena que se perdía en el desierto más árido del planeta. No había caminos en el horizonte, sólo la pista de aterrizaje y después, el infinito azul.

(Del libro "Cínica", obra de Ana V. Durruty

sábado, 2 de julio de 2016

5 000 Visitas



Para celebrar y agradecer las más de cinco mil visitas al blog en tres semanas desde que fue creado, he recogido algunos comentarios de personas que no pudieron hacerlos directamente en www.anadurruty.blogspot.com pero que sí me los enviaron a través de Facebook o Twitter. No están todos, pues no siempre alcanzo a registrar; pero son una buena muestra de la recepción de los cuentos y poemas que he publicado. Siendo escritora, es difícil reconocer que no hay muchas palabras que me permitan explicar cuánto me reconforta que me hagan llegar las impresiones que les genera lo que escribo, pues si algún sentido tiene el arte es ese: provocar emociones en quienes entran en contacto con él, y para una artista esa es la mayor recompensa.

“Qué buen blog, lo revisé y me encanta…. Mucho éxito”. (Jean Luis Dufourcq del Canto, en Facebook, 22 de junio de 2016)

“Me gusta tu blog, te robé algo para publicar en Facebook ya que me gustaron tus escritos. Debes seguir así, se nota que eres mujer de talento (…) Nunca copies, crea”. (@@moska43RG, Rafael Glez.Mosquera en Twitter)

 “¡Mucho éxito en tus proyectos! Tienes una visión muy particular”. (@cwbarraza, Cristián Barraza en Twitter)

“Simplemente hermoso, pero igual me dio penita como en el otro cuento. Felicitaciones… Por al leer sentir lo que quiere mostrar”. ( Nevenka Teresa Godoy Rivera, en Facebook)

“Está muy padre”. (@ardzelllCesar, César Guzmán, en Twitter)

“¡Te felicito por tu éxito entre los aficionados a la buena lectura a nivel internacional! ¡Eres nuestra escritora chilena de los tiempos modernos”. (Marcelo H. Cornejo Salas en Facebook)

“Belli! Anche se non sono il mio genere, mi piaccono molto, sopratttutto “La mujer del sombrero negro” E’ vagamente nostálgico a votre crudo e cinico, ma comunque coinvolgente. La scrittura e scorrevole e piacevole.(…) Complimenti! (@helmvergara1, Helen Vergara, en Twitter)

 “Es una hermosa narrativa, en simples estrofas haces imaginar tan nítidamente a los personajes de este cuento. Sinceramente tienes un increíble talento de transportar al lector dentro del cuento mismo. Te felicito, eres una increíble escritora”. (Palominos Leonard, en Facebook)

“¡Me encantó tu blog, voy a regresar de nuevo a leerlo!” (@TATU_TATA_TATU, Tatiana Rojas, en Twitter)

“Tienes la capacidad de hacer que el lector entre en el relato, para mi en especial en este último (Flor muda), ya que esos atardeceres rosados de nuestro Norte Chico me encantan”. (Sofía Corral en Facebook)

 “Durruty Al extremo, pero con la justa conexión entre poesía y cuento. En verdad muy bueno, te felicito. Muchas palabras tocaron mi alma. Gracias”. (@GabyChavero2, Gaby Chavero en Twitter)

“Como todos los cuentos de “Cínica”, tan actuales, súper bien escritos, que uno se va rápidamente haciendo parte…” (Sandra Castillo en Facebook)

“Me gustó”, (Sergio Martín Cordero, en Facebook). “Me gusta”, (@viviriosruiz en Twitter). "¡Felicitaciones!", (El_Archiduque Christián Salazar en Twitter)

“Me encanta tu poesía, Ana talentosa eres”. @magnifico_el el magnifico lord en Twitter)

“Es el relato de caminos adquiridos… seguiré leyendo”. (@uf80 en Twitter)

“Bonito blog… sombrero negro… una ruleta de amor… ¿acaso un final malo por ser negro? (@kmiguelm, Miguel M en Twitter)

 “Encuentro bueno tu trabajo, siempre se puede mejorar, sigue adelante”. (@llanero4462 Llanero solitario en Twitter)

“Escribes como piensas sobre la marcha, saliendo reflexiones muy interesantes. Gracias por escribir así tal cual”, (@SmMonterd Santiago en Twitter)

Y para terminar, uno de los primeros comentarios que recibí, pero que apunta a las motivaciones para haber hecho este blog.

Leí la introducción de tu blog (…), entiendo la razón de la aceptación, ya que la redacción es sencilla y emotiva. En este nuevo emprendimiento no me resta más que desearte éxitos, ya que un individuo que está logrando su sueño no lo concibo más feliz, sigue adelante”. (@MaMaCaty3, Catita en Twitter)


Nuevamente, muchas gracias a todos, ojalá los próximos comentarios se animen a hacerlos en el blog mismo y ¡seguimos en contacto! 

lunes, 27 de junio de 2016

Terciopelo negro

Despertó de la siesta y se quedó reposando entre los almohadones y el aroma a “Shalimar” de Guerlain. Permitió a sus dedos jugar un rato a ensortijar el cabello negro y sedoso que se desparramaba abundante sobre el lino. Los vestidos colgados en la perchas de madera del vestidor del hotel calzaban perfecto a un cuerpo bien tratado por los años. El suyo. Patricia administraba la tranquilidad de saber que cada uno de ellos estaba hecho a medida. La suya. Y que con los accesorios adecuados se vería radiante. La mujer perfecta, en el lugar ideal.

"Shalimar". Fotografía de Ana V. Durruty
Pero, entresueños, las imágenes lejanas llegaban en oleadas calmas, al ritmo del sonido del mar que removía extrañamente inquieto la arena de la tan mentada Costa Azul. En realidad, por la altura del Torre Odeón, no debería escuchar el ruido aquel que más se parecía al murmullo nervioso del Océano Pacífico frente al casino de Coquimbo. Fue allí, en el Sur del Mundo, una noche casi de madrugada cuando al salir después de haber perdido unos pocos pesos, se encontró de sopetón con Anwar Al Kaddim. La cosa más extraña del mundo, como si un universo paralelo hubiera atravesado el suyo de café de pueblo con amigas, juegos de cartas de domingo con la ex suegra, trabajo de rutina en una oficina del servicio público y pijama de plush holgado con dibujos de cartoons infantiles.

Una década más tarde el velo de las horas y los días ha cubierto ese pasado y lo ha tornado ajeno, lejano y extraño. Una película de otra vida. De la vida feliz de una mujer que Patricia ya no reconoce.

¡Quién te vio y quién te ve!

Miró hacia atrás, y alcanzó a vislumbrar un poco más allá del horizonte de sus hombros desnudos, el perfil del Bentley negro estacionado con las llaves puestas en la tradicional plaza de Mónaco. Sonrió sin que sus labios alcanzaran a reflejar el gesto y giró suavemente para que el marroquí que la esperaba en las primeras gradas del acceso del casino de Monte Carlo tuviera tiempo para contemplar su belleza latina de mujer bordeando los cuarenta años. Sin afectación, pero sin tregua, estiró su cuello y las luces del atardecer se reflejaron golosas en los largos aros de perlas y brillantes. Luego, avanzó hacia Anwar con el donaire de una princesa renacentista. Sin pasado. Sin futuro. Inmortalizada en un momento perfecto.


(De "Cínica". autora: Ana V. Durruty)

sábado, 25 de junio de 2016

Zurdo

A Samuel del Villar, sin casa, sin cama, la edad se le vino encima, sin tranvía ni vino tinto, al tiempo que le tomaba más afición de la que nunca antes le tuvo a su gran danés, el “Don”. Así que esa madrugada húmeda de otoño, el perro era su único compañero y merodeaba intranquilo, con el paso incierto.

A su primera mujer la amenazó, pero jamás la habría matado. A la segunda, bueno, a esa pudo estrangularla a sangre fría si no hubiera desaparecido por propia decisión un día cualquiera, ya olvidado. Pero, a esta, la tercera, la iba a matar la mañana del día anterior, como a un conejo que medraba en su papal. Los domingos no hay nadie en la hacienda y Samuel del Villar disfruta, desde hace ya veinte años, de una apacible soledad que lo reconforta de tantos sinsabores de la vida que ha elegido vivir.

De un domingo para otro, sin advertencia previa, la mujer se fue quedando, quedando y no se marchó más. Antes de que pasara mucho tiempo, Samuel del Villar, comenzó a salir de su propia casa los domingos muy de madrugada, un pretexto por aquí, otro por allá, en tanto la mujer seguía en brazos de Morfeo hasta que le daba la gana.

Foto: Ana V. Durruty en www.limarisecreto.blogspot.com

Samuel del Villar era un hombre todavía joven, pero con harto recorrido desde muy temprana edad. Si la salud lo acompaña y el Diablo se hace el leso, le queda por lo menos un cuarto de siglo de vida por delante y pensaba aprovecharla a su medida, no a la de la mujer que se había instalado en su vida, con sus petacas y sin que nadie la invitara.

Un mechón del pelo le caía sobre la frente y unas gotas frías resbalaban por su mentón cuando hizo girar la llave de la puerta de entrada de la casa. Avanzó con esos trancos largos que le daba el porte, hasta la cocina, abrió la puerta de la alacena y la volvió a cerrar. Algo atrajo su mirada en la ventana y no se sorprendió al comprobar que las cortinas de cuadros amarillos que lo acompañaron durante largo tiempo, habían sido cambiadas por unas nuevas, coquetas y floreadas. Samuel del  Villar puso ambas manos sobre su cara y las dejó allí mientras pensaba.

La mato ahora o ella me mata, pensó con lógica de animal acorralado en su propia madriguera. Unos pasos más y se encontró de sopetón con unas fotos, en sus respectivos marcos, colgando en el pasillo de acceso a los dormitorios. Mal gusto no tiene, reconoció a contra pelo, aunque si hubiera dependido de él, Samuel del Villar jamás tendría retratos en los muros de su casa. Cuando, por fin, entró a su dormitorio el asunto tomó el cariz de un mal sueño. Ella estaba allí, durmiendo desnuda y plácida, con una aureola amarilla sobre su cabeza, dibujada por el pelo dorado desparramado en la almohada.

Samuel del Villar, miró de nuevo, esta vez de reojo, se sacó la ropa mojada y, con sumo cuidado, se introdujo en la cama, esperó a que el cuerpo se le entibiara un poco, hasta que se atrevió a deslizar su mano izquierda para posarla en la nalga de la mujer. Manuela giró suavemente y posó su mano donde a él más le gustaba. Samuel del Villar, sólo alcanzó a pensar: Ella me mata.

(De "Cínica", Autora: Ana V. Durruty)

 

jueves, 23 de junio de 2016

Té con bergamota

El Ritz de Madrid es el lugar perfecto para disfrutar un té el domingo por la tarde, justo antes de tomar la decisión de recorrer la última exposición del Museo de El Prado. O justo antes de la misa en San Jerónimo. Unos pasos más acá. Unos pasos más allá. Res Mirabilis. Cosa admirable.

Jacinta Mondragón y Sousa de origen portugués -aunque nacida en Brasil- observa con atención el par de sandalias Manolo Blahnik color turquesa expuesto en una hornacina al costado del hall del hotel. Le parece que combinarían en armonía celestial con el traje marfil que lleva puesto esta mañana fresca y dulce. Ella piensa en asuntos relevantes para su desempeño laboral. Mira un par de madrileñas que ingresan con actitud de castellanas viejas, de apellidos largos y rancio abolengo, vestidas con trajes de Valentino. Luego mira a su madre. Hermosa. Sin duda es su progenitora. La vuelve a mirar, ahora con un resto de condescendencia filial. Pese al esfuerzo realizado, se nota su pobreza relativa y parece ligeramente fuera de lugar. Existe una lógica que indica que las modelos profesionales no andan por la vida acompañadas por sus madres de origen social sospechoso, provenientes de países ubicados al sur de la Línea del Ecuador.

"Té con bergamota", técnica mixta de Santiago Silva Durruty (100 x 100 cms.)


Jacinta Mondragón y Sousa es apenas una niña y sabe que estos son sus últimos pasos antes del estrellato. Mira nuevamente a su madre y recuerda su Sao Paulo natal, la cadencia de la música, la ausencia de su padre, y la atrapa un impredecible saudade. Un bien que se padece y un mal que se gusta, como lo describiera en el siglo XVII el lusitano Manuel de Melo, Bem que se padeçe y mal de que se gosta, de sabor tibio que se va adhiriendo a la piel y aroma a samba.

Jacinta Mondragón y Sousa mira a su madre y se estremece.

Su madre le sonríe con los ojos llenos de dulzura y sube lentamente hasta la altura de la boca, la humeante tasa de porcelana, de té con bergamota.



(De "Cínica", autora: Ana V. Durruty)

martes, 21 de junio de 2016

La Sangre


Un salto en el tiempo. No uno pequeño, de un par de años. Una grieta profunda en la epidermis de la historia, lo instaló como una bella y sospechosa estatua, en el claroscuro del alba que comienza a despuntar. Nunca supo que tuviera sangre hebrea, ni nada permitía predecir que lo que estaba sucediendo le iba a ocurrir, cuando la luz mediterránea iluminaba tenuemente la Tierra Prometida. Nunca leyó el Libro de los Jueces y la tradición familiar más bien señalaba hacia la Iglesia Católica, de larga prosapia y notable fecundidad en el área geográfica de la que procedían sus abuelos, cerca de Biarritz, en el país vasco francés. Un dolor ácido le rozó los sesos cuando le repitieron siete veces su nombre, y tradujo que lo apelaban Samgar, en el idioma de las tribus protagonistas de la Biblia, una lengua que nunca antes siquiera había escuchado y, menos, entendido.

Escultura de Vicente Gajardo
No estaba durmiendo. No estaba despierto. A medida que transcurrían las horas y la batalla amenazaba con la destrucción de parte del pueblo israelita que estaba bajo su mando, su angustia, de hombre occidental de la Edad Contemporánea, cuajó en una intensa pasión asesina. Un anhelo de sangre lo arrebató de sí mismo para impregnarlo de adrenalina depositada en el ADN durante milenios de esfuerzos de sobrevivencia. Supo, sin haberlo sabido nunca antes, que sus vacilaciones estaban condenando a la derrota al pueblo elegido. Inclinó, con pausa pero sin más vacilación, la cabeza hacia su pecho, respiró con la habilidad que proporciona el entrenamiento yogui y mientras guiaba la sangre desde su corazón hacia sus muslos y brazos, eligió mentalmente, las armas para entrar en batalla, las mismas del mítico David.

Samgar comprendió que la victoria lo esperaba apenas cruzara el velo de la tienda de campaña y avanzara entre sus hombres con el pecho al aire, los ojos dibujados con henna y carbón de las fogatas que ya languidecían. La muñeca de su brazo izquierdo se tensó y contrajo los músculos desde la punta de los dedos hasta el nacimiento del cuello, mientras se le erizaba el vello de todo el cuerpo.

Tenía los ojos congestionados y un fino borde rojizo hacía sospechosa su mirada, más aún cuando tras muchas horas con la vista fija en el IPhone, poseía un filtro de suave niebla flotante.

Detuvo sus pasos sólo cuando encontró cinco mariposas azules estacionadas en el aire, como automóviles traslúcidos de espaldas al atardecer. El Parque Nacional ya estaba cerrado y el sol aún brillaba, cuando la camioneta todoterreno se detuvo a un costado del camino de tierra. Dio tres pasos y trepó con el peso de la historia sobre los hombros.

A medida que se alejaban de la zona, comenzó a sospechar, y no tanto tiempo después estaba seguro de que todo había sido un sueño, una noche de demasiado calor en el desierto chileno.

(Del libro "Cínica", Autor: Ana V. Durruty)

viernes, 17 de junio de 2016

La mujer del sombrero negro



Inclina su cuerpo hacia delante y pasa la correa de la sandalia por la hebilla con cierta habilidad y ninguna convicción. Tiene tantos pares de zapatos que siempre teme naufragar en el closet de la incertidumbre. El buen gusto no es lo suyo, pero ha hecho un esfuerzo de años para proyectar la imagen que desea. La sobriedad es su ley. Teme el terreno resbaladizo de la moda y su osadía no la lleva más allá de la puerta de ciertos colores, con los que sabe no corre riesgo.

La mujer del sombrero negro. Edwin Rojas. Oleo sobre lino. 130 x 150 cms.
La mujer que se mira al espejo escoge un sombrero negro de ala corta que le sienta bien. Pero no se siente bien.

No importa lo que ocurra, siempre la abruma la inquietud. Su mirada se pierde en el pasado y reconoce la impronta de la imprudencia. Entrecierra los ojos y recuerda la mirada de un hombre incorrecto, en el lugar incorrecto y a la hora incorrecta. Entonces la inunda una mezcla de asco y hastío.

Esta mujer que hoy lleva sombrero, sabe que su tiempo de amar ha quedado en el pasado. Que tiene saldo en contra en la cuenta de la felicidad. Que cualquier cosa que viva de este día en adelante llevará el signo de lo imposible y lo perdido.

Pese al éxito y a la sonrisa perfecta, cuando se mira en el baño de la sala de reuniones mientras retoca el maquillaje, esta mujer teme.

La imagen de su padre domina sus pensamientos con un mal sabor de insatisfacción. Nunca fue lo que él soñó que fuera. En realidad es mucho más que eso. La vida es así, hoy se gana, mañana se pierde. Y, a veces, se pierde más de lo ganado.

La ruleta se detiene frente a otro hombre inapropiado en la ocasión más improbable. A esta mujer temerosa le fascina el peligro. Ama a todos los hombres y no puede amar a ninguno.

Teme morir sola. No le importa casi nadie. Y ella no le importa a nadie.

La vida vivida está. Ha pasado un nuevo día sentada frente al mar en un restaurante de Los Vilos mientras espera que llegue un amante fortuito. Podría morir hoy. Ha vivido demasiado.

Esta mujer triste va a sufrir al atardecer y lo hará con el placer de los solitarios y los poetas.

Se saca el sombrero y ordena el pelo de mujer que ha dejado atrás la juventud. Es  implacable con ella misma y a quien más teme es a su reflejo justo ahí, donde el espejo termina y desaparece, para siempre.


(Del libro "Cínica", Autor: Ana V. Durruty)

miércoles, 15 de junio de 2016

Canadian movie


Hoy podría haber sido un buen día. Sólo tuviste la mala idea de sacar a pasear al perro.
         
Hasta el mediodía todo iba bien. O, al menos, así lo parecía. Durante la mañana lograste manejar con destreza el asunto con los taiwaneses, hasta concluir en un acuerdo razonable que puede convertirse en un negocio incluso lucrativo. Camino a casa, el gélido viento que anuncia el invierno, te permitió deducir que la velada amenaza de una lluvia se disipaba por las próximas horas. Tal vez hasta sonreíste detrás de los anteojos oscuros y la bufanda. Probablemente no, y sólo fue un rictus que curvó tu boca.

Los mentirosos cantantes de baladas han inventado la eternidad. Pero, la eternidad no existe mi amor. Con suerte, un día caminando por la calle larga, bajo los árboles desnudos del otoño, encuentras una traza luminosa de algo parecido a un momento perdido en el tiempo y crees -nunca pierdas la esperanza- que el camino tiene un sentido.

La tarde en tu casa fue larga. Te dedicaste a buscar en Internet información sobre esa mujer. Averiguaste un par de cosas. Descubriste que tiene un blog y pensaste en inventar un avatar para acceder a ella. Luego desechaste la idea, por lo menos por ahora. La otra es que, con cierta preocupación, comprendiste que la amas.

Trataste de llamarla por teléfono y fue un intento vano. Primero no te contestó y después su celular estaba apagado y aparecía el buzón de voz. Mala cosa, en especial si es viernes por la tarde.

En ese momento te salvó la llamada de esa otra mujer que quiere ser tu nueva amiga. Te sientes mejor que otros viernes en la tarde, así es que te pones tu abrigo de lana inglesa y sales en busca del bus que te lleva al centro de la ciudad. Como el maldito número siete que necesitas se demora y se demora, te atrasas. Caminas rápido por la calle llena de ejecutivos que salen de sus trabajos en los brillantes edificios, como si de veras te interesara. Y, llegas. Tarde, pero llegas.

Ella, que es toda sonrisa, te invita a un bar frente a la playa. Vuelves a caminar, esta vez junto a ella ya sin sol en el cielo y, por ende, con más frío. Mucho más frío. En el apuro olvidaste traer el gorro, la bufanda y los guantes. Comienzas a intuir que lamentas haber venido.

Es una mujer amable y bonita. Sus ojos oscuros brillan mientras conversan abrigados y beben un par de cervezas. Es una mujer inteligente y amena. Tiene hermosos dientes. ¿Qué hace esta mujer aquí conmigo?, te preguntas en un arrebato. ¿Qué hago yo aquí con esta mujer?, no puedes evitar pensar a continuación. Le daría un beso. Tendría sexo con ella. Es más, tendría buen sexo con ella. Podría romper mis reglas y despertar con ella mañana y, entonces, este sábado sería un buen día. Si el destino estuviera de mi parte, sólo por esta vez, incluso intentaría reescribir la historia de mi vida, incluyendo una historia de amor con final feliz. La bella historia de un amor supremo, como en la canción del cantante británico que te gusta.

Pero es la hora del perro. Acabas de terminar de beber la última gota de la segunda copa de cerveza, y puedes verla hermosa y dispuesta sentada a tu lado. Casi hueles su respuesta. Pero, de nuevo y sólo a modo de explicación, recuerdas que este viernes no has sacado a pasear al perro y estará ansioso encerrado en la casa. No es justo, el mejor amigo de este hombre, es su perro.


A la mujer le dices un par de frases por si acaso pudiera llegar a comprender la situación. Ella, claro está, no entiende nada en absoluto. Igual te despides rápido con un beso y la dejas sola en el bar.

(Del libro "Cínica", Autora: Ana V. Durruty)