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martes, 27 de julio de 2021

Plus Ultra








Corrí, corrí como una loca, detrás de ti, le estaba explicando la mujer mientras jadeaba. Sólo entonces, él se detuvo y miró hacia al costado, con una mirada desconocida. Desentrañó el hondo significado de las palabras perdidas en el recodo anterior del tiempo. Recordó tantas de aquellas cosas que había olvidado con escrupulosa paciencia, para que nunca, nunca jamás, le volvieran a atormentar.
Pero, fue también en ese preciso minuto en que se miró a sí mismo y descubrió que se había perdonado. El hombre sintió cómo sus ojos claros se vaciaban en un desconocido mar de alivio. Detuvo sus pasos, anhelando que ese gesto pudiera congelar el tiempo. Se sentó en la acera, apoyó sus hombros en el poste del alumbrado público y dobló sus rodillas hasta rodearlas completamente con sus brazos. Mientras se aclaraba su visión contempló con serenidad el tatuaje en el antebrazo derecho, lamentando no haberse hecho aquel que quería grabar en la parte superior. Tantos años atrás tuvo en algún momento la imagen clarísima del escudo de la España del Generalísimo Franco que iba a imprimir en su piel. Luego, ocurrió algo extraño. Rememoró con dolor, diez años después, la tarde en que ella nunca más volvió. Partió como llegó, inesperada y avasalladora. Tan efímera, que durante largos meses pensó que había sido irreal. Con el paso de los años, se preguntó si ella lo recordaría. Si él habría sido real para ella. Al final únicamente quedó la frase que la mujer le pidió que guardara, te has ganado un lugar en los buenos momentos de mi vida. Siempre tendrás un lugar en mi corazón. El día en que el hombre cumplió cincuenta años, buscó hasta encontrar los datos de la mujer. Cuando llegó a su puerta en ese pueblo del norte, tras viajar atravesando casi todo el país, comprendió que la señora de sesenta años que regaba el jardín no lo reconocía. La miró con sus tristes y profundos ojos de cielo y comenzó a desandar el camino. Corrí, corrí como una loca detrás de ti, le estaba explicando la mujer mientras lo observaba, sentado allí en plena calle. El sol se descolgaba sin piedad esa tarde de mayo. Ella se agachó hasta quedar reclinada de rodillas junto a él. Comenzó a desabotonar su blusa amarilla que se deslizó por un costado de su cuerpo, dejando al descubierto su femenino hombro derecho. Luego giró lentamente, para mostrarle a él, un escudo de España, en el que se leía con claridad Plus Ultra. Más Allá.


(Cuento de libro "Cínica").







viernes, 31 de julio de 2020

Christmas Day




Chicago. Foto: Ana V. Durruty

뜻이 있는 곳에 길이 있다

Tenía tanta pena que me distraje y con los ojos velados por las lágrimas me perdí antes de llegar al barrio universitario. Me habían advertido que no me podía equivocar al abandonar la autopista pero iba tan concentrada en mi dolor que me equivoqué y fui a dar en un lugar completamente diferente al esperado. No se parecía en nada a los parques y los edificios limpios y ordenados que había visto mil veces en Google street view desde el seguro hogar de mis padres en Seúl.

Me habían repetido hasta el cansancio que era peligroso vagar por lugares como el que había ido a dar por descuido y que en los alrededores de la Universidad de Chicago podía uno encontrar razones para sentir miedo. Y lo estaba sintiendo. El GPS me hacía dar vueltas en redondo y pasaba una y otra vez frente al hombre que se drogaba en las gradas de la puerta de su casa, y me detenía una y otra vez en la luz roja en cuya esquina había un grupo de jóvenes con los brazos desnudos cubiertos de tatuajes. Y una y otra vez no me atrevía a bajar la ventanilla del auto para preguntar cómo salía de ahí para retomar la Interestatal 90 o a la 94. Sabía que mi destino estaba a unas pocas cuadras en línea recta por Garfied Blv. hacia el este, pero habían cortado el tránsito para alguna actividad comunitaria y yo continuaba dando vueltas por las mismas calles casi en estado de pánico, siempre al lado oeste de la austopista.

No había sido fácil ni agradable llegar a las instalaciones en que estaba mi habitación, y después de cuatro meses asistiendo a clases de mi magíster en economía, continuaba siendo poco confortable ese lugar que durante tantos años había sido el espacio predilecto de mis sueños.

Bon-Hwa, mi padre glorioso como lo indica su nombre; y Cho-Hee, mi madre hermosa y feliz; trataban de animarme cada vez que nos comunicábamos por Skype, con sus sonrisas que buscaban infundirme confianza y su inocente ignorancia de mis pesares.

Hyun, la más inteligente de la familia, no podía rendirse y aunque Dios no me hablaba al corazón desde la infancia, me refugiaba en largos monólogos apelando a cualquiera de sus atributos que pudiera contrarrestar mi desolación.

A medida que se acercaban las fiestas de fin de año, comencé a pensar que después de cuatro meses en Chicago, estaba condenada a pasar la Navidad sola. Absoluta y completamente alejada del resto de los millones de habitantes de la ciudad.

Allí, sobre la mesa del mi dormitorio reposaba la cajita con viejitos pascueros sin abrir. Eran unos muñequitos de cera rojos con una mecha saliendo de sus diminutos sombreros puntiagudos. Una y otra vez los miraba al salir a clases y al volver de ellas. Me saludaban con una sonrisa en la carita, esperando que me decidiera a ponerlos en algún lugar para celebrar juntos la Nochebuena. No me animaba, porque nada era capaz de mejorar mi ánimo. Cuando los cursos del semestre terminaron y los estudiantes comenzaron a partir a los muchos estados de los que provenían, ya sin tener siquiera el consuelo de compartir unas horas en una sala, me sentaba a observar las ventanas coloridas que cambiaban de rojo a amarillo y de azul a verde, al tiempo de las guirnaldas de luces. Podía imaginar los grandes pinos cubiertos de adornos mientras sus dueños conversaban y reían sin importarles la nieve que cubría las calles.

-¡Hyun!-, gritaba desde la vereda blanca una figura dentro de una gruesa parka gris, con un capuchón rodeado de piel que impedía distinguir sus facciones. Solamente cuando agitó sus brazos en alto con entusiasmo, acepté que se estaba dirigiendo a mí y le devolví un tímido saludo con la mano desde detrás de mi ventana.

La estridencia del citófono me confirmó su propósito. Cuando finalmente abrí la puerta, ahí estaba Claire, con su largo pelo suelto, con las mejillas sonrojadas por el frío y una sonrisa que la iluminaba.
Se dejó caer en el sillón y tomó la caja de viejos pascueros. Sin decir nada la abrió y los puso ordenados uno junto al otro sobre la mesita.

-Así están mejor ¿tienes fósforos?- dijo mientras yo aún sorprendida le preparaba una taza de chocolate caliente. Tomó el tazón con sus dos manos entumecidas y exclamó: -¡Feliz Navidad!

Como dice el proverbio  “donde hay voluntad, hay un camino”. Claire mi despistada compañera de Cálculo 1, tenía una disposición de oro y un corazón cálido y comprendí que el camino comenzaba a sonreírme y que los próximos años y las próximas navidades no estaría sola. Que aunque la pena te lleve por rutas equivocadas, algunas te dejan en la puerta de la amistad.


(Chicago, Estados Unidos)

(Luna de Burdel)

La noche de los jilgueros

Sotaquí, Chile. Foto: Ana V. Durruty


Dos veces chocó el jilguero contra el ventanal. Era una pequeña ave en sus primeros y atontados intentos después de salir del nido en la primaveral tarde de octubre. Su pecho amarillento, brilló como el oro iluminado por el sol y en su vuelo apremiado podía presentirse el palpitar del diminuto corazón al borde de quedar paralizado por el pánico.

-Hay días para morir al mediodía, -murmuró la anciana, que continuó divertida por el sonido de sus palabras: -me salió verso sin mayor esfuerzo.
-Abuela, a veces parece que invitaras a la muerte.
-Niña, hay que saber leer las señales del destino…
-¿Y eso se aprende? -respondió Jacinta que andaba en los curiosos diez años. La dulce colorina de mirada penetrante, reposaba sentada frente a la anciana, las manos entretenidas pintando flores infantiles con sus lápices de colores.
- Eso se sabe. Eso se intuye. Nadie te puede enseñar lo que no eres capaz de aprender por ti misma, Jacinta.

Luego, ambas siguieron en silencio. Una bordando el mantel rojo con rosas blancas y la otra dibujando en la hoja papel que se iba saturando de detalles a medida que transcurrían los minutos.

Más tarde, mucho después del almuerzo, el té de las cinco e incluso la cena, cuando la noche cayó sobre el valle y cubrió el pueblo de Sotaquí, la Muerte se detuvo a mirar por la ventana, y observó la plumita de jilguero que había quedado frágil y leve sobre el marco de madera. Tomó la señal entre sus huesudos y sabios dedos y siendo la medianoche exacta la depositó con sumo cuidado sobre la frente arrugada de la anciana.
  

(Sotaquí, Chile)

 (Luna de Burdel)

La Precariedad de las Mariposas



Foto: Ana V. Durruty

Nada es más precario que una mariposa amarilla justo antes del atardecer.

En Antofagasta, la ciudad maldita en medio del desierto, no hay muchas mariposas. Ni siquiera hay muchas arañas. El único bicho que acecha a los humanos es una plaga de pulgas odiosas que trepa por los zapatos y las bastillas donde se instalan ociosas a la espera del mejor momento para atacar las canillas.

Los hombres y mujeres del norte saben qué hacer cuando hace mucho calor y las pulgas organizan su zafarrancho de ataque. Por eso José se pone bruscamente de pie cuando advierte que lleva demasiado tiempo sentado en el banco de la plaza de calle Angamos. A él, como a tantos otros, el dinero del cobre le puso zapatillas de marca, pantalones largos de buena tela, anteojos de sol a la moda y loción masculina con esencia de pino. También le dio un vehículo del último año, una mujer consumista y un par de retoños insaciables, gorditos a punta de caramelos, bebidas azucaradas y muchas horas de televisión satelital.

El Pacífico acompaña al hombre joven y perfumado, durante unos ciento veinte kilómetros, en su ruta serpenteante antes de llegar a Gatico, una de las pocas caletas desparramadas en la costa entre Antofagasta y Tocopilla, a la vera del desierto más árido del planeta.

Se baja del jeep negro y camina unos pasos acercándose al mar. Sobre el roquerío se han ido apilando cientos de conchas de moluscos y la pestilencia precede al descubrimiento de la presencia de un mariscador con los pantalones arremangados, el torso desnudo y las manos callosas. Trabaja escarbando con afán machas y lapas, y tiene las uñas partidas y las cutículas teñidas con manchas violeta producto de la extracción de los excrementos de los animalejos.

El hombre levanta la mirada sólo cuando el recién llegado está suficientemente cerca para escucharlo sin tener que alzar la voz.

-Hola hijo ¿qué te trae por aquí?, dice clavando los ojos negros sobre José.

Una mariposa amarilla dibuja su sombra en la tarde. Antes de que el hijo responda, alza el vuelo y se pierde aleteando hacia la playa cercana. De pronto, hace un giro, se eleva y toma la senda hacia los cerros que el sol ha pintado de múltiples colores.


Antofagasta, Chile
(Luna de Burdel)

domingo, 13 de enero de 2019

Todo es posible



Foto: Ana Victoria Durruty


Cualquier día de estos, muy temprano en la mañana, esperas que, como lo ha anunciado el pronóstico del tiempo, esté nublado. Abres las cortinas de tu dormitorio y te asalta un día luminoso. Entonces te dices que requieres abandonar los sueños, que es hora de abrir los ojos, salir de la cama tibia y mirar por la ventana en esta mañana de invierno. Observas por apenas unos segundos cómo el vaho de tu respiración escapa por la boca entreabierta y empaña tristemente el vidrio. Descubres una vez más que ya no duermes, si no que estás despierto. Lo peor de la realidad es que tiende a encontrar explicaciones donde probablemente no las hay. Es difícil encontrar lo perdido si no sabes que lo perdiste. Tal vez alguna vez tuviste confianza en ti mismo. Sólo tal vez. Quizás naciste así y con lo heredado no hay nada que hacer. La batalla está perdida antes de enarbolar las banderas. Es mejor guardar la ropa que escogiste anoche para salir a la calle en un día lluvioso y elegir un nuevo pantalón, la camisa puede ser la misma, quizás, una nueva chaqueta y, sin duda, los zapatos. Quizás hoy deberías responder tus emails.

Quizás este mediodía deberías almorzar con esa amiga que no ves hace tanto tiempo. Quizás sea la ocasión que necesitabas para ir a ver a tu abuela enferma. Pero, lo más probable es que no deberías pensar ninguna de estas estupideces y atenerte a la posibilidad de que hoy efectivamente sea un día nublado y lluvioso. Hay un sospechoso silencio en la casa para un día de semana laboral. Sentado solo en la mesa de la cocina sabes que hay una variable que no estás controlando. ¿Es demasiado tarde o demasiado temprano? Esa manía de no usar reloj de pulsera, ni qué decir de no haber cambiado las pilas del reloj que cuelga arriba del refrigerador. Antes de cruzar el umbral de la puerta miras con desconfianza la brillante punta de tus zapatos finos. El espejo enmarca de prolijo brillo metálico tu rostro somnoliento. Estas ojeras me sientan mal. Quizás cuántos años llevo hoy día sobre los hombros. En ese preciso instante sabes que no hubo error en el anuncio del clima. Sabes, simultáneamente, que, ¡maldita sea!, el reloj de la historia acaba de sufrir un error infinitesimal y el tic-tac te transportó a un tiempo impreciso, en que ya no tendrá sentido alguno responder tus emails, ni llamar a tu amiga, ni menos visitar a tu abuela. Ahora, debes preocuparte por cosas más pedestres. Por qué no hay ruido en tu casa, si sigues trabajando en la misma oficina, si tu ropa no luce definitivamente añeja, si alguien ha pagado tu seguro de vida. En fin, determinar con la mayor precisión posible, dadas las circunstancias, si eres la misma persona que ayer, sólo que más vieja y si sigues vivo esta mañana de verano tórrido.

(De "Cínica", 2014)

domingo, 21 de agosto de 2016

Horrísono



"Sobrivivir", obra de la artista Julie García inspirada en el cuento "Horrísono"

Si puedes estar lejos, muy lejos, y no ver a la persona que amas durante mucho tiempo, por ejemplo seis semanas, llegas pronto a la conclusión que, de la misma manera, podrías no ver nunca más a esa persona y sobrevivir.

Sobrevivir, como has sobrevivido tantos años. Quizás serías menos feliz, pero se puede vivir sin ser demasiado feliz. Sobre todo si eres capaz de disfrutar de cosas que a otros casi ni importan.

Más aún considerando que el hombre con el que soñaste,no siempre es el hombre que realmente necesitas.

El tiempo y la distancia labran rutas ignotas en el corazón. Como pequeños parásitos que roen las emociones, carcomiendo el pensamiento y la esperanza.

Y aunque no podías desentenderte del frío, contemplaste los esfuerzos de la primavera por hinchar las yemas de las hojas de los árboles y percibiste en tu alma una brizna de alegría.

(De "Cinica", obra de Ana V. Durruty)

domingo, 17 de julio de 2016

Crossroad


Nada es como ayer. En el futuro, nada será como hoy. Cruzó la calle sin saludar a nadie, extraña en su propio país. Compró azúcar morena en el almacén de la esquina y continuó caminando como si todo siguiera igual.

"Crossroad" de la serie "Filtros". Ana V. Durruty
A veces la vida es un cruce de caminos y, a continuación, cada cual sigue su ruta. Calama es un pueblo minero, con su carga de soledad y erotismo, y al caminar por las calles polvorientas, algo irreal parece hacer temblar el aire caliente del desierto. La piel morena de los transeúntes locales, provenientes de Bolivia o el extremo norte de Chile, contrasta con el rubicundo matiz de la tez de los extranjeros, turistas y empleados de las mineras que vienen del otro lado del mundo.

El sonido del llamado del teléfono celular sacó a la joven mujer rubia de su ensimismamiento y el tiempo se detiene por varios minutos.


Ya había pasado el interfaz del día a la noche, con calma y rapidez al mismo tiempo. En las alturas cordilleranas de Los Andes minerales, el frío araña como un gato mojado, y respirar se torna repentinamente un acto consciente y desagradable. Algo salobre y seco parece recorrer los pensamientos. Eso maligno y antinatural que inquieta al animal que cada hombre lleva adentro.

Veinticuatro horas más tarde, el teléfono volvió a sonar. La mujer leyó la pantalla digital y presionó la tecla roja que impedía la comunicación. No era el momento adecuado para escuchar esa voz a mil quinientos kilómetros de distancia. Ni siquiera sabía si algún día sería apropiado responder a esa llamada. Compró té negro en el almacén de la esquina y caminó con parsimonia los pasos que le faltaban para llegar a la pensión, esquivando con cuidado las líneas que dividían los paños de cemento de la acera.

Ni un árbol, ni una sombra, ni una sonrisa. Vivir en el desierto es un riesgo constante, y el peligro mayor es esa certeza diaria de que no hay nada entre el Cielo y la Tierra que proteja de las verdades individuales. En la soledad, el alma queda expuesta a su propio reflejo en la inmensidad de la nada.

Tres meses después, noventa llamadas de teléfono celular sin contestar acompañaban a la mujer esa tarde de diciembre, mientras caminaba por la losa del aeropuerto de la capital del cobre mundial. Miró hacia adelante, y sus ojos amarillos brillaron como la luz de la arena que se perdía en el desierto más árido del planeta. No había caminos en el horizonte, sólo la pista de aterrizaje y después, el infinito azul.

(Del libro "Cínica", obra de Ana V. Durruty

sábado, 2 de julio de 2016

5 000 Visitas



Para celebrar y agradecer las más de cinco mil visitas al blog en tres semanas desde que fue creado, he recogido algunos comentarios de personas que no pudieron hacerlos directamente en www.anadurruty.blogspot.com pero que sí me los enviaron a través de Facebook o Twitter. No están todos, pues no siempre alcanzo a registrar; pero son una buena muestra de la recepción de los cuentos y poemas que he publicado. Siendo escritora, es difícil reconocer que no hay muchas palabras que me permitan explicar cuánto me reconforta que me hagan llegar las impresiones que les genera lo que escribo, pues si algún sentido tiene el arte es ese: provocar emociones en quienes entran en contacto con él, y para una artista esa es la mayor recompensa.

“Qué buen blog, lo revisé y me encanta…. Mucho éxito”. (Jean Luis Dufourcq del Canto, en Facebook, 22 de junio de 2016)

“Me gusta tu blog, te robé algo para publicar en Facebook ya que me gustaron tus escritos. Debes seguir así, se nota que eres mujer de talento (…) Nunca copies, crea”. (@@moska43RG, Rafael Glez.Mosquera en Twitter)

 “¡Mucho éxito en tus proyectos! Tienes una visión muy particular”. (@cwbarraza, Cristián Barraza en Twitter)

“Simplemente hermoso, pero igual me dio penita como en el otro cuento. Felicitaciones… Por al leer sentir lo que quiere mostrar”. ( Nevenka Teresa Godoy Rivera, en Facebook)

“Está muy padre”. (@ardzelllCesar, César Guzmán, en Twitter)

“¡Te felicito por tu éxito entre los aficionados a la buena lectura a nivel internacional! ¡Eres nuestra escritora chilena de los tiempos modernos”. (Marcelo H. Cornejo Salas en Facebook)

“Belli! Anche se non sono il mio genere, mi piaccono molto, sopratttutto “La mujer del sombrero negro” E’ vagamente nostálgico a votre crudo e cinico, ma comunque coinvolgente. La scrittura e scorrevole e piacevole.(…) Complimenti! (@helmvergara1, Helen Vergara, en Twitter)

 “Es una hermosa narrativa, en simples estrofas haces imaginar tan nítidamente a los personajes de este cuento. Sinceramente tienes un increíble talento de transportar al lector dentro del cuento mismo. Te felicito, eres una increíble escritora”. (Palominos Leonard, en Facebook)

“¡Me encantó tu blog, voy a regresar de nuevo a leerlo!” (@TATU_TATA_TATU, Tatiana Rojas, en Twitter)

“Tienes la capacidad de hacer que el lector entre en el relato, para mi en especial en este último (Flor muda), ya que esos atardeceres rosados de nuestro Norte Chico me encantan”. (Sofía Corral en Facebook)

 “Durruty Al extremo, pero con la justa conexión entre poesía y cuento. En verdad muy bueno, te felicito. Muchas palabras tocaron mi alma. Gracias”. (@GabyChavero2, Gaby Chavero en Twitter)

“Como todos los cuentos de “Cínica”, tan actuales, súper bien escritos, que uno se va rápidamente haciendo parte…” (Sandra Castillo en Facebook)

“Me gustó”, (Sergio Martín Cordero, en Facebook). “Me gusta”, (@viviriosruiz en Twitter). "¡Felicitaciones!", (El_Archiduque Christián Salazar en Twitter)

“Me encanta tu poesía, Ana talentosa eres”. @magnifico_el el magnifico lord en Twitter)

“Es el relato de caminos adquiridos… seguiré leyendo”. (@uf80 en Twitter)

“Bonito blog… sombrero negro… una ruleta de amor… ¿acaso un final malo por ser negro? (@kmiguelm, Miguel M en Twitter)

 “Encuentro bueno tu trabajo, siempre se puede mejorar, sigue adelante”. (@llanero4462 Llanero solitario en Twitter)

“Escribes como piensas sobre la marcha, saliendo reflexiones muy interesantes. Gracias por escribir así tal cual”, (@SmMonterd Santiago en Twitter)

Y para terminar, uno de los primeros comentarios que recibí, pero que apunta a las motivaciones para haber hecho este blog.

Leí la introducción de tu blog (…), entiendo la razón de la aceptación, ya que la redacción es sencilla y emotiva. En este nuevo emprendimiento no me resta más que desearte éxitos, ya que un individuo que está logrando su sueño no lo concibo más feliz, sigue adelante”. (@MaMaCaty3, Catita en Twitter)


Nuevamente, muchas gracias a todos, ojalá los próximos comentarios se animen a hacerlos en el blog mismo y ¡seguimos en contacto! 

lunes, 27 de junio de 2016

Terciopelo negro

Despertó de la siesta y se quedó reposando entre los almohadones y el aroma a “Shalimar” de Guerlain. Permitió a sus dedos jugar un rato a ensortijar el cabello negro y sedoso que se desparramaba abundante sobre el lino. Los vestidos colgados en la perchas de madera del vestidor del hotel calzaban perfecto a un cuerpo bien tratado por los años. El suyo. Patricia administraba la tranquilidad de saber que cada uno de ellos estaba hecho a medida. La suya. Y que con los accesorios adecuados se vería radiante. La mujer perfecta, en el lugar ideal.

"Shalimar". Fotografía de Ana V. Durruty
Pero, entresueños, las imágenes lejanas llegaban en oleadas calmas, al ritmo del sonido del mar que removía extrañamente inquieto la arena de la tan mentada Costa Azul. En realidad, por la altura del Torre Odeón, no debería escuchar el ruido aquel que más se parecía al murmullo nervioso del Océano Pacífico frente al casino de Coquimbo. Fue allí, en el Sur del Mundo, una noche casi de madrugada cuando al salir después de haber perdido unos pocos pesos, se encontró de sopetón con Anwar Al Kaddim. La cosa más extraña del mundo, como si un universo paralelo hubiera atravesado el suyo de café de pueblo con amigas, juegos de cartas de domingo con la ex suegra, trabajo de rutina en una oficina del servicio público y pijama de plush holgado con dibujos de cartoons infantiles.

Una década más tarde el velo de las horas y los días ha cubierto ese pasado y lo ha tornado ajeno, lejano y extraño. Una película de otra vida. De la vida feliz de una mujer que Patricia ya no reconoce.

¡Quién te vio y quién te ve!

Miró hacia atrás, y alcanzó a vislumbrar un poco más allá del horizonte de sus hombros desnudos, el perfil del Bentley negro estacionado con las llaves puestas en la tradicional plaza de Mónaco. Sonrió sin que sus labios alcanzaran a reflejar el gesto y giró suavemente para que el marroquí que la esperaba en las primeras gradas del acceso del casino de Monte Carlo tuviera tiempo para contemplar su belleza latina de mujer bordeando los cuarenta años. Sin afectación, pero sin tregua, estiró su cuello y las luces del atardecer se reflejaron golosas en los largos aros de perlas y brillantes. Luego, avanzó hacia Anwar con el donaire de una princesa renacentista. Sin pasado. Sin futuro. Inmortalizada en un momento perfecto.


(De "Cínica". autora: Ana V. Durruty)

sábado, 25 de junio de 2016

Zurdo

A Samuel del Villar, sin casa, sin cama, la edad se le vino encima, sin tranvía ni vino tinto, al tiempo que le tomaba más afición de la que nunca antes le tuvo a su gran danés, el “Don”. Así que esa madrugada húmeda de otoño, el perro era su único compañero y merodeaba intranquilo, con el paso incierto.

A su primera mujer la amenazó, pero jamás la habría matado. A la segunda, bueno, a esa pudo estrangularla a sangre fría si no hubiera desaparecido por propia decisión un día cualquiera, ya olvidado. Pero, a esta, la tercera, la iba a matar la mañana del día anterior, como a un conejo que medraba en su papal. Los domingos no hay nadie en la hacienda y Samuel del Villar disfruta, desde hace ya veinte años, de una apacible soledad que lo reconforta de tantos sinsabores de la vida que ha elegido vivir.

De un domingo para otro, sin advertencia previa, la mujer se fue quedando, quedando y no se marchó más. Antes de que pasara mucho tiempo, Samuel del Villar, comenzó a salir de su propia casa los domingos muy de madrugada, un pretexto por aquí, otro por allá, en tanto la mujer seguía en brazos de Morfeo hasta que le daba la gana.

Foto: Ana V. Durruty en www.limarisecreto.blogspot.com

Samuel del Villar era un hombre todavía joven, pero con harto recorrido desde muy temprana edad. Si la salud lo acompaña y el Diablo se hace el leso, le queda por lo menos un cuarto de siglo de vida por delante y pensaba aprovecharla a su medida, no a la de la mujer que se había instalado en su vida, con sus petacas y sin que nadie la invitara.

Un mechón del pelo le caía sobre la frente y unas gotas frías resbalaban por su mentón cuando hizo girar la llave de la puerta de entrada de la casa. Avanzó con esos trancos largos que le daba el porte, hasta la cocina, abrió la puerta de la alacena y la volvió a cerrar. Algo atrajo su mirada en la ventana y no se sorprendió al comprobar que las cortinas de cuadros amarillos que lo acompañaron durante largo tiempo, habían sido cambiadas por unas nuevas, coquetas y floreadas. Samuel del  Villar puso ambas manos sobre su cara y las dejó allí mientras pensaba.

La mato ahora o ella me mata, pensó con lógica de animal acorralado en su propia madriguera. Unos pasos más y se encontró de sopetón con unas fotos, en sus respectivos marcos, colgando en el pasillo de acceso a los dormitorios. Mal gusto no tiene, reconoció a contra pelo, aunque si hubiera dependido de él, Samuel del Villar jamás tendría retratos en los muros de su casa. Cuando, por fin, entró a su dormitorio el asunto tomó el cariz de un mal sueño. Ella estaba allí, durmiendo desnuda y plácida, con una aureola amarilla sobre su cabeza, dibujada por el pelo dorado desparramado en la almohada.

Samuel del Villar, miró de nuevo, esta vez de reojo, se sacó la ropa mojada y, con sumo cuidado, se introdujo en la cama, esperó a que el cuerpo se le entibiara un poco, hasta que se atrevió a deslizar su mano izquierda para posarla en la nalga de la mujer. Manuela giró suavemente y posó su mano donde a él más le gustaba. Samuel del Villar, sólo alcanzó a pensar: Ella me mata.

(De "Cínica", Autora: Ana V. Durruty)

 

jueves, 23 de junio de 2016

Té con bergamota

El Ritz de Madrid es el lugar perfecto para disfrutar un té el domingo por la tarde, justo antes de tomar la decisión de recorrer la última exposición del Museo de El Prado. O justo antes de la misa en San Jerónimo. Unos pasos más acá. Unos pasos más allá. Res Mirabilis. Cosa admirable.

Jacinta Mondragón y Sousa de origen portugués -aunque nacida en Brasil- observa con atención el par de sandalias Manolo Blahnik color turquesa expuesto en una hornacina al costado del hall del hotel. Le parece que combinarían en armonía celestial con el traje marfil que lleva puesto esta mañana fresca y dulce. Ella piensa en asuntos relevantes para su desempeño laboral. Mira un par de madrileñas que ingresan con actitud de castellanas viejas, de apellidos largos y rancio abolengo, vestidas con trajes de Valentino. Luego mira a su madre. Hermosa. Sin duda es su progenitora. La vuelve a mirar, ahora con un resto de condescendencia filial. Pese al esfuerzo realizado, se nota su pobreza relativa y parece ligeramente fuera de lugar. Existe una lógica que indica que las modelos profesionales no andan por la vida acompañadas por sus madres de origen social sospechoso, provenientes de países ubicados al sur de la Línea del Ecuador.

"Té con bergamota", técnica mixta de Santiago Silva Durruty (100 x 100 cms.)


Jacinta Mondragón y Sousa es apenas una niña y sabe que estos son sus últimos pasos antes del estrellato. Mira nuevamente a su madre y recuerda su Sao Paulo natal, la cadencia de la música, la ausencia de su padre, y la atrapa un impredecible saudade. Un bien que se padece y un mal que se gusta, como lo describiera en el siglo XVII el lusitano Manuel de Melo, Bem que se padeçe y mal de que se gosta, de sabor tibio que se va adhiriendo a la piel y aroma a samba.

Jacinta Mondragón y Sousa mira a su madre y se estremece.

Su madre le sonríe con los ojos llenos de dulzura y sube lentamente hasta la altura de la boca, la humeante tasa de porcelana, de té con bergamota.



(De "Cínica", autora: Ana V. Durruty)

martes, 21 de junio de 2016

La Sangre


Un salto en el tiempo. No uno pequeño, de un par de años. Una grieta profunda en la epidermis de la historia, lo instaló como una bella y sospechosa estatua, en el claroscuro del alba que comienza a despuntar. Nunca supo que tuviera sangre hebrea, ni nada permitía predecir que lo que estaba sucediendo le iba a ocurrir, cuando la luz mediterránea iluminaba tenuemente la Tierra Prometida. Nunca leyó el Libro de los Jueces y la tradición familiar más bien señalaba hacia la Iglesia Católica, de larga prosapia y notable fecundidad en el área geográfica de la que procedían sus abuelos, cerca de Biarritz, en el país vasco francés. Un dolor ácido le rozó los sesos cuando le repitieron siete veces su nombre, y tradujo que lo apelaban Samgar, en el idioma de las tribus protagonistas de la Biblia, una lengua que nunca antes siquiera había escuchado y, menos, entendido.

Escultura de Vicente Gajardo
No estaba durmiendo. No estaba despierto. A medida que transcurrían las horas y la batalla amenazaba con la destrucción de parte del pueblo israelita que estaba bajo su mando, su angustia, de hombre occidental de la Edad Contemporánea, cuajó en una intensa pasión asesina. Un anhelo de sangre lo arrebató de sí mismo para impregnarlo de adrenalina depositada en el ADN durante milenios de esfuerzos de sobrevivencia. Supo, sin haberlo sabido nunca antes, que sus vacilaciones estaban condenando a la derrota al pueblo elegido. Inclinó, con pausa pero sin más vacilación, la cabeza hacia su pecho, respiró con la habilidad que proporciona el entrenamiento yogui y mientras guiaba la sangre desde su corazón hacia sus muslos y brazos, eligió mentalmente, las armas para entrar en batalla, las mismas del mítico David.

Samgar comprendió que la victoria lo esperaba apenas cruzara el velo de la tienda de campaña y avanzara entre sus hombres con el pecho al aire, los ojos dibujados con henna y carbón de las fogatas que ya languidecían. La muñeca de su brazo izquierdo se tensó y contrajo los músculos desde la punta de los dedos hasta el nacimiento del cuello, mientras se le erizaba el vello de todo el cuerpo.

Tenía los ojos congestionados y un fino borde rojizo hacía sospechosa su mirada, más aún cuando tras muchas horas con la vista fija en el IPhone, poseía un filtro de suave niebla flotante.

Detuvo sus pasos sólo cuando encontró cinco mariposas azules estacionadas en el aire, como automóviles traslúcidos de espaldas al atardecer. El Parque Nacional ya estaba cerrado y el sol aún brillaba, cuando la camioneta todoterreno se detuvo a un costado del camino de tierra. Dio tres pasos y trepó con el peso de la historia sobre los hombros.

A medida que se alejaban de la zona, comenzó a sospechar, y no tanto tiempo después estaba seguro de que todo había sido un sueño, una noche de demasiado calor en el desierto chileno.

(Del libro "Cínica", Autor: Ana V. Durruty)

viernes, 17 de junio de 2016

La mujer del sombrero negro



Inclina su cuerpo hacia delante y pasa la correa de la sandalia por la hebilla con cierta habilidad y ninguna convicción. Tiene tantos pares de zapatos que siempre teme naufragar en el closet de la incertidumbre. El buen gusto no es lo suyo, pero ha hecho un esfuerzo de años para proyectar la imagen que desea. La sobriedad es su ley. Teme el terreno resbaladizo de la moda y su osadía no la lleva más allá de la puerta de ciertos colores, con los que sabe no corre riesgo.

La mujer del sombrero negro. Edwin Rojas. Oleo sobre lino. 130 x 150 cms.
La mujer que se mira al espejo escoge un sombrero negro de ala corta que le sienta bien. Pero no se siente bien.

No importa lo que ocurra, siempre la abruma la inquietud. Su mirada se pierde en el pasado y reconoce la impronta de la imprudencia. Entrecierra los ojos y recuerda la mirada de un hombre incorrecto, en el lugar incorrecto y a la hora incorrecta. Entonces la inunda una mezcla de asco y hastío.

Esta mujer que hoy lleva sombrero, sabe que su tiempo de amar ha quedado en el pasado. Que tiene saldo en contra en la cuenta de la felicidad. Que cualquier cosa que viva de este día en adelante llevará el signo de lo imposible y lo perdido.

Pese al éxito y a la sonrisa perfecta, cuando se mira en el baño de la sala de reuniones mientras retoca el maquillaje, esta mujer teme.

La imagen de su padre domina sus pensamientos con un mal sabor de insatisfacción. Nunca fue lo que él soñó que fuera. En realidad es mucho más que eso. La vida es así, hoy se gana, mañana se pierde. Y, a veces, se pierde más de lo ganado.

La ruleta se detiene frente a otro hombre inapropiado en la ocasión más improbable. A esta mujer temerosa le fascina el peligro. Ama a todos los hombres y no puede amar a ninguno.

Teme morir sola. No le importa casi nadie. Y ella no le importa a nadie.

La vida vivida está. Ha pasado un nuevo día sentada frente al mar en un restaurante de Los Vilos mientras espera que llegue un amante fortuito. Podría morir hoy. Ha vivido demasiado.

Esta mujer triste va a sufrir al atardecer y lo hará con el placer de los solitarios y los poetas.

Se saca el sombrero y ordena el pelo de mujer que ha dejado atrás la juventud. Es  implacable con ella misma y a quien más teme es a su reflejo justo ahí, donde el espejo termina y desaparece, para siempre.


(Del libro "Cínica", Autor: Ana V. Durruty)

miércoles, 15 de junio de 2016

Canadian movie


Hoy podría haber sido un buen día. Sólo tuviste la mala idea de sacar a pasear al perro.
         
Hasta el mediodía todo iba bien. O, al menos, así lo parecía. Durante la mañana lograste manejar con destreza el asunto con los taiwaneses, hasta concluir en un acuerdo razonable que puede convertirse en un negocio incluso lucrativo. Camino a casa, el gélido viento que anuncia el invierno, te permitió deducir que la velada amenaza de una lluvia se disipaba por las próximas horas. Tal vez hasta sonreíste detrás de los anteojos oscuros y la bufanda. Probablemente no, y sólo fue un rictus que curvó tu boca.

Los mentirosos cantantes de baladas han inventado la eternidad. Pero, la eternidad no existe mi amor. Con suerte, un día caminando por la calle larga, bajo los árboles desnudos del otoño, encuentras una traza luminosa de algo parecido a un momento perdido en el tiempo y crees -nunca pierdas la esperanza- que el camino tiene un sentido.

La tarde en tu casa fue larga. Te dedicaste a buscar en Internet información sobre esa mujer. Averiguaste un par de cosas. Descubriste que tiene un blog y pensaste en inventar un avatar para acceder a ella. Luego desechaste la idea, por lo menos por ahora. La otra es que, con cierta preocupación, comprendiste que la amas.

Trataste de llamarla por teléfono y fue un intento vano. Primero no te contestó y después su celular estaba apagado y aparecía el buzón de voz. Mala cosa, en especial si es viernes por la tarde.

En ese momento te salvó la llamada de esa otra mujer que quiere ser tu nueva amiga. Te sientes mejor que otros viernes en la tarde, así es que te pones tu abrigo de lana inglesa y sales en busca del bus que te lleva al centro de la ciudad. Como el maldito número siete que necesitas se demora y se demora, te atrasas. Caminas rápido por la calle llena de ejecutivos que salen de sus trabajos en los brillantes edificios, como si de veras te interesara. Y, llegas. Tarde, pero llegas.

Ella, que es toda sonrisa, te invita a un bar frente a la playa. Vuelves a caminar, esta vez junto a ella ya sin sol en el cielo y, por ende, con más frío. Mucho más frío. En el apuro olvidaste traer el gorro, la bufanda y los guantes. Comienzas a intuir que lamentas haber venido.

Es una mujer amable y bonita. Sus ojos oscuros brillan mientras conversan abrigados y beben un par de cervezas. Es una mujer inteligente y amena. Tiene hermosos dientes. ¿Qué hace esta mujer aquí conmigo?, te preguntas en un arrebato. ¿Qué hago yo aquí con esta mujer?, no puedes evitar pensar a continuación. Le daría un beso. Tendría sexo con ella. Es más, tendría buen sexo con ella. Podría romper mis reglas y despertar con ella mañana y, entonces, este sábado sería un buen día. Si el destino estuviera de mi parte, sólo por esta vez, incluso intentaría reescribir la historia de mi vida, incluyendo una historia de amor con final feliz. La bella historia de un amor supremo, como en la canción del cantante británico que te gusta.

Pero es la hora del perro. Acabas de terminar de beber la última gota de la segunda copa de cerveza, y puedes verla hermosa y dispuesta sentada a tu lado. Casi hueles su respuesta. Pero, de nuevo y sólo a modo de explicación, recuerdas que este viernes no has sacado a pasear al perro y estará ansioso encerrado en la casa. No es justo, el mejor amigo de este hombre, es su perro.


A la mujer le dices un par de frases por si acaso pudiera llegar a comprender la situación. Ella, claro está, no entiende nada en absoluto. Igual te despides rápido con un beso y la dejas sola en el bar.

(Del libro "Cínica", Autora: Ana V. Durruty)

lunes, 13 de junio de 2016

Flor muda



La niña María caminaba dando pequeños saltitos por el largo y ondulante camino que alguna vez fuera la huella del tren que unía la mina Tamaya con el puerto de Tongoy. Pero, ella no sabe nada de esa historia y viene más bien preocupada desde la escuelita de La Placa, rumbo a su casucha de adobes perdida entre los cerros del lugar.

Con sus once años a cuesta, la mocosa de trenza larga, negra y espesa tiene una ruma alta y maciza de ocupaciones. Unos queltehues salieron espantados de por allí cerca y se alejaron dando chillidos lastimeros hasta perderse en el cielo que comenzaba a perder su azul luminoso para ceder paso a un rosa amenazante.

María Tabilo Tabilo era la mayor de cuatro hermanas hijas de una madre joven y de vida alocada, que había parido una tras otra a sus crías, sin darle demasiada importancia al origen paterno de la descendencia.

A la niña María le faltaban algunas chauchas para el peso, pero, ella no tenía nada de tonta. Lo que le faltaba de inteligencia pura, le sobraba de sentido común, por eso su profesora la apreciaba tanto y sus compañeros la respetaban.

Cada día la María llega a su casa, tras caminar solitaria varios kilómetros, de ida y de vuelta a la escuela E 158 “Eulogia Campos Almonacid” y antes y después de la travesía asume con mucha eficiencia y sin que ningún reclamo salga de su boca la tarea de jefa de la tétrada de hermanas. Al partir en la mañana, que todas queden bien desayunadas y vestidas. En la noche, que coman lo que la madre ha dejado dispuesto, se laven lo mejor que puedan y se acuesten de dos en dos en su par de camas.

Antes del anochecer y de que la luna quedara como su única compañera, la niña atisbó a la vuelta de un recodo que estaba ya a poco de llegar a la casa familiar. Eran apenas las seis de la tarde, pero en el invierno de Norte Chico, el frío calaba la piel hasta doler. Y María estaba preocupada. Había agregado a su carga habitual, la responsabilidad de ayudar en el aseo de la escuelita, no tanto por ayudar a la profesora, como por la leche caliente y el pan con fiambre que le daban. Eso le permitía repartir más comida a sus tres hermanas en la noche, pero le significaba atrasarse en llegar, que el camino fuera más peligroso y que las pequeñas estuvieran más rato solas en la casa.

La niña María apuró el paso al ver las caritas que se recortaban en el marco de la ventana, sonrío con la alegría de haber vencido una nueva jornada y les dijo con señas torpes, porque María no podía hablar, cuánto las amaba.

sábado, 11 de junio de 2016

Dúctil

Empezó a oírla cuando Guadalupe llevaba un buen rato parloteando. Un cuarto de hora por lo menos. –No temo decir te quiero. Sólo temo no amar lo suficiente. Con toda la fuerza de mi corazón- avanzaba ella el soliloquio. Pronto había dejado de prestarle atención y la prosaica realidad de unos números que no le calzaban en la cuenta corriente atrapaba a Rafael, que ahora parecía absorto en la página web del banco, mientras el resplandor azulino del Mac iluminaba sus facciones masculinas, dándoles un aura sobrenatural, de espectro arrastrado a la Tierra desde el inframundo.

-El corazón –continuaba ella medio somnolienta todavía esa mañana dominguera de diciembre en Venecia- es uno solo. El que ama, es el mismo corazón que odia. De manera, que todo el espacio que ocupas en odiarla a ella, impide que me ames como podrías amarme. -¿Negro? ¡¿Negro, me escuchas?!


-Le he dicho infinitas veces que no me gusta que me diga “Negro”, aunque sea de manera cariñosa. No soy moreno, ¡soy rubio de ojos azules!-. Rafael pensó eso, eso y más, pero no la interrumpió. Pensó que conocía gente que no concurre a matrimonios, y tampoco a funerales. -Yo soy de esa laya de personas. No me complico. No me hago mala sangre. No le doy muchas vueltas a cosas sin importancia. No, no y no- decía en silencio oyéndose a sí mismo. -Ella es totalmente diferente. Y ciento por ciento igual a mí. Dúctil como una pluma al viento. Suave como un beso de despedida en la tarde del invierno. Y sólida, dueña de un espíritu forjado en el dolor. Un alma de acero templado. Sólo el acero templado resiste curvarse sin ceder. Es maleable aun cuando está frío.


A través del opaco cristal del vaporetto Rafael observó mientras Guadalupe se alejaba del muelle e hizo un breve gesto de despedida con la mano en alto. Pero ella no lo vio y sin mirar atrás cruzó el puente de Calatrava en su camino rumbo al andén de la Estación Santa Lucía para abordar el tren de las 12:27 horas con destino a Florencia.



El viento bailando entre los puentes y las callejuelas que desembocan en los estrechos canales no anuncia nada. Nada bueno. Nada malo.



(De "Cínica")

miércoles, 8 de junio de 2016

City Tour


Fue un pie forzado. El olor húmedo y la luz mortecina de los hoteles, llegaban en oleadas sucesivas, golpeándonos con una cadencia levemente repulsiva y seductora. Como las prostitutas baratas y tristes que asomaban de cuando en cuando en la puerta de los locales de dudoso y sucio destino. Nada parecía estar bien y todo era perfecto en su desmedida realidad.

Como si fuera el último día de nuestras vidas. Como si fuera el único. Como si una terrible amenaza pendiera sobre nuestra existencia, y ella hubiera detenido el tiempo con un gesto audaz y despreocupado. Era una mujer demasiado dulce para temerle, pero demasiado lúcida como para confiar plenamente en ella.

Observar sus movimientos, era como ver a un artista pintando un cuadro. Brochazo a brochazo, los minutos adquirían colores brillantes y destemplados. Una inquietante embriaguez ya nos había embargado, aún antes de tomar el primer trago. No recuerdo la luna. Ni siquiera recuerdo el atardecer. Algunos instantes, hasta olvido su nombre.

-… “Tus besos son, los que me dan la alegría… tus besos son, los que me dan el placer… tus besos son… son como caramelos, me hacen besar el cielo, me hacen pensar en Dios”, irrumpen los Vicking 5 cuando caminamos por la calle principal del puerto nortino. Y mientras ella baila y me besa, quiero detener el tiempo, y que cada uno de esos minutos quede grabado en su corazón.

Doce horas para jugar en el casino, reírse, bailar salsa, fornicar y, sobre todo, para besarse. Besar, hasta el dolor de la piel herida y los labios rotos. Y todo multiplicado por cualquier múltiplo que se amolde a dos seres enajenados, reunidos en la encrucijada de ningún antes y ningún después.

Si fuera buen escritor, haría un guión de película española. Si fuera un buen fotógrafo, habría conservado alguna imagen de aquellas horas. Si fuera músico, tomaría una guitarra y entonaría una canción nueva y desconocida.

Pero, sólo soy un buen vividor y lo que conservo, no hay nada que pueda describirlo, porque son trozos ardientes de vida vivida como es vivida, cuando dos personas coinciden en un recodo del tiempo y del espacio y se unen, en sensual armonía vital. Nada más y nada menos.

(Del libro "Cínica", Autora: Ana V. Durruty)