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viernes, 24 de febrero de 2023
Postales Emocionales
sábado, 11 de febrero de 2023
Escritura y Terruño
El proceso creativo y la experiencia personal, desde el vínculo con mi ciudad natal (Ovalle, Chile) y los desafíos sicológicos que encierra la escritura creativa.
jueves, 1 de diciembre de 2022
Nace Antipódica
martes, 18 de octubre de 2022
El Viaje Liberador de Diva la Bella - Viena a Nueva York
Todos los días las hormigas cabezonas cumplen su estricta rutina austriaca. Ellas han cumplido su misión generación tras generación en la hermosa Viena y pasean por la ciudad con mucho orgullo sus grandes cabezas adornadas con pequeñas coronas de oro.
Ellas marchan ordenadas y pacíficas en busca de deliciosos pasteles y sabrosos bocadillos de comida. Todo debe estar en orden antes de la llegada del duro invierno, de los días cortos y la nieve peligrosa.
Todas las hormigas cabezonas de Viena parecen muy ajetreadas esas doradas jornadas otoñales. Todas… menos una de ellas.
Diva la Bella tiene ojos soñadores y a veces pierde el ritmo de la marcha cuando mira distraída las aguas del río Danubio que atraviesa plácido la antigua ciudad imperial.
Un día, finalmente Diva decide abandonar la marcha y, en cambio, toma rumbo al río. Se detiene, entonces, en la orilla a observar con más detención el ir y venir de los barcos llenos de turistas que hablan lenguas ininteligibles en voz alta y aguda.
-¿Adónde irán? -se pregunta la joven hormiga mientras acomodaba la pequeña corona brillante sobre su enorme cabeza. Y comienza a soñar despierta imaginando otros mundos, lejanos y diferentes. Un leve sobresalto anida en su pecho y siente el llamado de la aventura y lo desconocido.
Desde aquel día Diva la Bella se siente inquieta y a veces despierta en las noches imaginando llanuras verdes, cielos cristalinos y árboles frondosos y aromáticos. Una voz crece día tras día en su corazón y la anima a seguir sus sueños. Otra voz, cada día más pequeña le advierte el peligro de abandonar los territorios conocidos desde tiempos ancestrales por las hormigas cabezonas.
Una mañana ya en las proximidades del invierno, cuando la voz de la comodidad de lo conocido casi ha desaparecido en sus oídos y su mente, Diva comprende que no puede seguir esperando más. Que debe tomar la decisión ahora, o después sería demasiado tarde. Revisa aquellas cosas que podría arrastrar para su viaje, pero decide ir sin peso alguno extra. Libre y liviana como el aire. Sale tranquila y decidida en dirección a los puertos de embarque y apenas ve una gran caja llena de frutas, trepa y se acomoda lo mejor posible entre manzanas, peras y naranjas.
A mediodía despierta con el sonido de los motores y el olor de la fruta fresca. Camina un poco somnolienta después de la siesta y se sienta sobre un grueso cordel. Sus piececitos cuelgan balanceándose en el aire mientras el barco zarpa y comienza a avanzar por el Danubio. El atardecer pinta de suaves colores tostados el perfil de los edificios centenarios de Viena. Diva se siente inquieta, un poco ansiosa pero también ilusionada mientras se aleja de todo su mundo conocido.
Antes de ir a dormir la hormiga cabezona alcanza a ver las luces de la noche de Bratislava, la discreta y hermosa capital de Eslovaquia que reposa sobre las riberas del Danubio. A la mañana siguiente muy temprano escucha el aullido de la bocina del barco y sorprendida ve asomarse otra gran ciudad.
Budapest es magnífica en su despliegue a ambos lados del río. Fue capital imperial al igual que Viena y su majestuosidad honra a los húngaros. Diva observa sorprendida la belleza de la ciudad más importante de Hungría. Pronto disfruta mientras la luz de la media mañana rebota en el agua calma y pinta de amarillo pálido las fachadas de los edificios.
Diva la Bella se siente más segura de su decisión cada día. El mundo parece maravilloso y ella recibe cada nueva experiencia con alegría. Se pregunta qué habrá más allá y a veces, solo a veces, recuerda con nostalgia a la ahora tan lejana Viena.
Un día el cielo desata su furia y el barco debe combatir las olas y el viento enfurecidos. Diva no se atreve a salir de la caja de fruta y aunque tiene hambre tampoco come ese día porque está totalmente enferma por el movimiento y la angustia que le cierra el estómago.
Cuando la tormenta finalmente pasa la hormiga cabezona sale nuevamente a observar el paisaje, pero entonces descubre que no hay tierra cerca del barco y que la inmensidad del gran océano se extiende por todo el horizonte. Diva abre su corazón a nuevas emociones. Durante muchos días al despertar contempla al mar majestuoso sin orillas.
Con el paso de los días, la fruta comienza a escasear e incluso algunas peras están podridas y hediondas. Las jornadas son muy frías en la cubierta del barco. Pocos minutos después de sentarse a observar las gaviotas chillonas o las nubes rosa que reposan donde el cielo y el mar se unen en la distancia, los tiritones la impulsan a volver medio helada a su refugio, ahora maloliente. Diva pasa de la felicidad de tener una nueva experiencia, a la inquietud de lo desconocido y ahora palpita en su pecho un cierto temor que nunca antes sintió ante la posibilidad de no tener suficientes alimentos para sobrevivir.
Mirando el mar con desesperanza, Diva pierde la cuenta de los días; pero una tarde observa unos hermosos delfines saltando alrededor del barco y su corazón siente alivio. Intuye que algo nuevo y bueno va a suceder. ¡Y pronto!
Tras una noche serena, despierta con el ajetreo de los pasajeros excitados por la cercanía de un puerto en el horizonte. Diva la Bella se mira coqueta en el reflejo de una gota de agua de mar antes de salir a cubierta. Tras comprobar que su corona está bien puesta y sus antenas relucen, se encamina al lugar al que todos se dirigen en medio del alboroto.
Una línea de altos edificios dibuja el contorno de una ciudad magnífica. La hormiga abre sorprendida sus ojos. Es un paisaje bellísimo y vale toda la ansiedad que ha sufrido en el largo viaje. La luz del amanecer proyecta haces luminosos, sutilmente anaranjados, sobre las calles. Las avenidas aun grises están apenas delineadas por el perfil de las construcciones y la frecuencia de los faros rojos y blancos de los automóviles. Una magnifica estatua, con una antorcha en el brazo en alto les da la bienvenida a Nueva York.
Diva la Bella siente como el éxtasis del triunfo de la esperanza sobre el miedo y la duda, recorre su menudo cuerpo de hormiga cabezona. Aunque la gran ciudad no se asimila a los paisajes de sus sueños, antes sus ojos parece incluso mejor. Ella, ha roto las cadenas de la conformidad que la ataban a Viena y ahora recibe el premio mayor en el juego de la vida: la felicidad que produce la libertad de ser capaces de recorrer nuestros propios caminos y tener nuestras propias victorias.
Cuentos para niñas y niños
Este cuento, como otros cuentos infantiles que he escrito, están inspirados en las noches que he compartido con mis nietos al momento de hacerlos dormir. Todo niño merece recibir esta cariñosa atención. Espero que muchas madres, padres, abuelas y abuelos, e incluso bisabuelos, puedan leer este cuento a sus nietas y nietos. Y que este cuento inspire a los pequeños a atreverse en la vida a salir de sus zonas de confort y luchar por sus sueños. Y eventualmente, también inspire a madres y mujeres que leen este relato a esos pequeños...
sábado, 8 de octubre de 2022
Yo no soy muda
Yo tengo una voz.
Una voz alta, profunda que más de alguna vez más de alguien ha considerado demasiado alta o demasiado dura o, incluso, demasiado chillona.
Yo tengo una voz también a través de la escritura.
Una voz reflexiva, rebelde y libre.
A fin de cuentas soy una mujer con dos voces.
Mi voz primera, mi voz de mujer, ha sonado desde muy niña, desde la escuela primaria, y aún no se ha apagado más de cincuenta años desde entonces a la fecha. Muchas personas me han dicho que tuve suerte de poder hablar y yo lo creo. Pero asimismo pienso que fui perseverante, trabajadora y valiente. Sobretodo, tomé muy temprano el riesgo de ser libre. De ser libre para andar caminos propios y decir lo que pienso. De ser libre para asumir las consecuencias y sobretodo los costos. Porque tener la voz alta tiene costos. El más importante de todos... una igualmente sonora soledad.
Mi voz segunda, necesitó más tiempo para expresarse. Recién adquirió forma, textura y volumen al atravesar las pesadas puertas de los cincuenta años de edad. Fue en aquellas fechas en que inicié el camino tardío de la literatura. Llevaba ya varios, probablemente sobre 5 y menos de diez libros de no ficción en el cuerpo y me pesaba. Me dolía no seguir el llamado de mi voz creativa, de mi voz hipersensible que clamaba por expresarse en relatos breves, cortos, medianos y largos, en cuentos y novelas, y en muchas otras formas literarias que amo. Pronto apareció "Cínica", mi primera publicación literaria, con sus cuentos provocativos y evocadores. Muchos de ellos ya murmuraban sobre secretos femeninos silenciados.
Luego vendría "El sueño de la leona" con la voz de mujeres a través de casi cinco siglos, y en 2020 finalmente "Mudita", donde la protagonista rompe el silencio de toda una vida para contar esas cosas que las mujeres callan...
La novela corta "Mudita" me ha dado grandes satisfacciones. Para mí la mayor de ellas ha sido el testimonio de algunas mujeres que me han tocado el alma. Mujeres que sienten que han vivido procesos similares. Mujeres que hicieron del silencio una forma de vida. O un método de sobrevivencia. Mujeres que alguna vez fueron o siguen siendo mudas... y que han encontrado en esta obra una voz, una liberación o al menos la sensación de que no han sido las únicas y que de alguna manera, ahora, a través de estas páginas, tienen una voz que rompe su propio silencio, cuenta su historia y sus pesares, aquellos con los que han cargado demasiado tiempo.
Entonces, me siento feliz de tener dos voces. Dos voces para poder decir lo que pienso, lo que siento y lo que mi imaginación me permite crear, con la libertad de ser mujer y escritora.
"Mudita" está disponible en versión digital e impresa en Amazon:
https://www.amazon.com/dp/B08GB23Q84/ref=cm_sw_em_r_mt_dp_VYR735VKH145F7SBN0MG
lunes, 26 de septiembre de 2022
Conexión Ancestral
martes, 13 de septiembre de 2022
Raíces de mi escritura
"La niebla del norte me salió a recibir cuando enfrenté la entrada a la desembocadura del río Limarí desde la costa, entre el bosque de Fray Jorge y las alturas de Talinay. Me sumergí en ella en mi enorme zancudo de fierro, zumbando como loco y con visibilidad cercana a cero. Faltaban unas pocas millas para aterrizar en la hacienda y allá arriba el Sol se burlaba de mis esfuerzos por sobrevolar la húmeda camanchaca que me envolvía. El sonido de los motores era aún más solitario en ese mar blanco y blando en que flotaba transportado por la incerteza".
(De "Piloto", cuento del libro "Luna de Burdel")
Mi padre tenía una imaginación fértil y un profundo amor por las tradiciones de mi país.
Al celebrarse la Fiesta de la Independencia de Chile, he querido hacer un homenaje a mis raíces, que tanta influencia toienen en mi literatura.
En la foto superior mi padre, Fernando Durruty Alfonso. Abajo, yo al igual que mi padre, luciendo el sombrero de “huaso” o “huasa”, parte del traje típico nacional de Chile.
viernes, 20 de mayo de 2022
Ella es el camino
Así como sin querer, estaba sentada con un sombrero de ala ancha rojo encendido y las piernas cruzadas sobre un pisito de madera tapizado con cuero de cabras montañesas.
Primero se sacó las zapatillas y las dejó al costado. Eran de color indefinido y trascendían a caminata no de días sino de meses. Los calcetines no lo hacían mal y al sacárselos arrastraron algunas bandas de gasa manchadas con sangre ennegrecida.
Nunca levantó los ojos así que no supe nada sobre su mirada, ni sus penas ni sus alegrías.
Protegidos por el ala del sombrero, los hombros se hundían en un cuerpo evidentemente arrasado por la fatiga.
Todo lo demás era ambiguo y misterioso y quedaba plasmado de un solo aire, que llegaba hasta el paladar con sabores de tierra y ajo e irritaba los ojos por la acidez del hedor.
Parecía un viajero en el tiempo, que se había detenido para darle espacio a su humanidad sin edad.
No sé si fueron muchos o pocos los minutos que estuve contemplándola.
Cuando se levantó, miró alrededor por unos breves instantes como buscando ratificar su ubicación, y sin prisa avanzó hacia la puerta que se abría sobre la plaza empedrada de Santiago de Compostela.
Por un instante vaciló, pero continuó su senda más allá del umbral con un leve rengueo, más de cansancio que de dolor o enfermedad. Nunca miró hacia atrás, ni siquiera en dirección a algún costado, aún cuando un ciclista acelerado pasó casi rozando sus pies descalzos. Ella no se sobresaltó y prosiguió su caminata, aparentemente sin inmutarse. Sus ojos seguían siendo ajenos e inescrutables para mí.
Fue entonces que comencé a seguir sus pasos. Había capturado mi atención por completo. Necesitaba saber quién era. Quería hacerle mil preguntas. Para ella yo no existía y, en sentido contrario, ella era todo para mí en ese momento. Se alejó mientras subía las anchas escaleras de la catedral con insospechada energía.
El vuelo rasante de una paloma me distrajo por una fracción de segundo y cuando la busqué con la mirada, solo quedaba delante mío el último velo de su sombra estampado fugazmente en la doble hoja del portal sagrado.
Apuré el paso, con un presentimiento de pérdida. La puerta se cerró con un dulce quejido a mis espaldas y mi temor aumentó al comprobar que allí solamente abundaba la bruma del incienso.
Primero la busqué con las pupilas un poco dilatadas por la oscuridad, apenas amortiguada por la luz cenital que daba al aire una pátina dorada. Luego caminé avanzando por el centro de la nave, más y más rápido. Cada tanto giraba sobre mis talones para asegurarme que no estuviera a mis espaldas.
Se había esfumado.
Me quedé contemplando el retablo. Luego me hinqué en un reclinatorio y me quedé allí hasta que las rodillas me avisaron que llevaba demasiado tiempo en la misma incómoda posición. Las campanas anunciaron la proximidad de la Misa del Peregrino. Cuando levanté nuevamente los ojos, una suave lágrima corrió por mi mejilla en busca de consuelo.
Consuelo divino. Porque humano ya hace muchos años había perdido la esperanza de tenerlo.
Mientras me reencontraba conmigo misma, comprendí que jamás conocería los secretos de sus ojos. Y que de alguna manera misteriosa ella era el camino.
Santiago de Chile, mayo 20 de 2022
martes, 27 de julio de 2021
Emparentadas
En otro mundo hubiéramos sido
primas. Por lo menos. O quizás hermanas. La misma frente, la misma boca
delgada. Sobre todo la misma nariz. Fuerte, prominente; llena de carácter.
Amenazante. Allí sentada frente a mi en el vagón del tren de Paris a Biarritz, podía
observar a mis anchas su figura recortada contra el ventanal que iba revelando
los paisajes cada vez más verdes que nos acercaban al País Vasco francés.
No me extraño mucho que se parara
junto conmigo cuando nos acercábamos a la estación de mi destino. Tampoco que
tomara un taxi unos pocos minutos antes que yo me embarcara en el mío rumbo al
local de Europcar en el aeropuerto. Debo admitir que me extrañó un poco volver
a encontrarla en la garita en que debía retirar el auto en que pretendía
embarcarme en un recorrido por las tierras de los Pireneos Atlánticos que
alguna vez habían habitado mi bisabuelo Jean y todos sus antepasados hasta los
inicios de la historia. Pero, bueno, siempre puede haber coincidencias.
Desde antes de llegar al hotel
comencé a disfrutar del placer de estar en el lugar en que uno debe estar;
aquel lugar en la Tierra en que tu cuerpo se siente naturalmente cómodo con la
temperatura, el paisaje y la luz. Aquellos parajes que sientes que conoces
desde siempre aunque nunca hayas estado antes. Donde sabes que sabes más de lo
que crees y conoces los árboles y las flores y los nombres de las aves porque
deben llamarse así.
Pero cuando logré estacionarme en
una de las callecitas de Hasparren y vi el auto rojo que ella había arrendado,
unos pocos metros adelante, pensé que algo no andaba bien, que eran demasiadas
casualidades juntas. Pero no me atreví a hablarle, porque mi francés era
precario y ella estaba conversando con fluidez en el idioma que, obviamente,
era su primera lengua.
Con los recortes de tiempo puedes
hacer una vida entera nueva. Si aprovechas al máximo cada tramo de camino,
sacas el ticket antes que otros en la fila de la farmacia, tomas justo el vagón
del metro antes de que éste parta, entras al banco antes de que cierre sus
puertas esa jornada, sales rápido y tomas el taxi para almorzar en la mejor
mesa del restaurante con tu mejor amiga, terminas a una buena hora la merienda,
alcanzas a comprar lo que necesitas en la librería, llegas a tu casa cuando hay
luz, sacas la ropa de la secadora, y así sucesivamente, siempre aprovechando
hasta el más mínimo resquicio del tiempo, puedes en efecto tener el premio de
hacer todo lo que deseas y aún más, hasta juntar la cantidad de saldo
suficiente en la cuenta de tu vida actual, para alcanzar a vivir una adicional.
Pero nunca se me ocurrió que
hubiera una persona viviendo mi otra vida.
-Hola, alcancé a escuché en el rent a car que tu apellido es Gaitía. Yo
soy Begoña Gaitía-, me saludó ella finalmente en perfecto español, creo que
al ver mi cara de perplejidad a menos de un metro suyo, donde me había quedado
plantada después de bajar del auto.
Recordé la batalla dada por mi
madre antes de mi bautizo, cuando mi abuelo insistía en ponerme Begoña y su
nuera –acertadamente para mi gusto- evitó el tradicional nombre vasco con el
sencillo artilugio de ofrecer llamarme como mi abuela.
-Hola, yo soy Rebeca Goitía- le respondí con una sonrisa cuando ya
me habían vuelto los colores, la movilidad y el habla.
Nos quedamos hasta tarde
conversando en el único cibercafé de Hasparren, hasta que la tarde se hizo
noche y el azar tuvo un sentido.
(Hasparren, País Vasco)
(De Luna de Burdel)








