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viernes, 18 de septiembre de 2020

Bignonia rosa

 



Había olvidado el olor de las bignonias. La fragancia me trasportó instantáneamente a mi infancia. Esa noche el sutil aroma convirtió el 7 de febrero de ese año en una fecha para recordar. La llave de los recuerdos giró suavemente en la cerradura hermética de mi mente y junto con los grillos gritando en un rincón de las paredes de adobe, llegó el leve crujido del balancín de madera movido por el viento sur.

Sobre el puente de Avignon todos bailan, todos bailan. Sobre el puente de Avignon todos bailan y yo también. Bailan así, así me gusta a mí. La Elisa no tenía buena voz para cantar pero siempre lo hacía mientras empujaba el andamiaje que me llevaba de un lado a otro con una cadencia totalmente diferente, siguiendo su propio ritmo.

Sobre el puente de Avignon… Demoré en asimilar el mutismo repentino de la niñera pues estaba feliz meciéndome con el sol brillante en su cénit que me rozaba la piel tan dulce y suave. Un gorrión se acercó volando bajo y esquivó con naturalidad el palo superior del balancín.

El pajarito volaba muy alto y el silencio se prolongaba. Miré a la Elisa para saber qué sucedía y me encontré con mi tío Pedro Pablo parado a su lado. Ambos no dejaron de mirarme sin hablar hasta que el movimiento del juego cesó por inercia.

Que mis papás habían muerto. Que la cuesta. Que el auto. Que… La voz de la Elisa se perdió para siempre cuando llegué a la casa de mis padrinos y nunca volví a escuchar Sobre el puente de Avignon. Nunca más jugué en el jardín de mi casa y nunca más oí la risa de mi madre, ni el vozarrón de mi padre saludando al llegar de la parcela.

Sentí el frío de la montaña en mi espalda apenas el sol abandonó el horizonte. Las más altas montañas de Los Andes proporcionaban una sombra fría y oscura. El cielo estrellado no entregaba mayor alivio.

 

 (Combarbalá, Chile)

Del libro Luna de Burdel

viernes, 31 de julio de 2020

La noche de los jilgueros

Sotaquí, Chile. Foto: Ana V. Durruty


Dos veces chocó el jilguero contra el ventanal. Era una pequeña ave en sus primeros y atontados intentos después de salir del nido en la primaveral tarde de octubre. Su pecho amarillento, brilló como el oro iluminado por el sol y en su vuelo apremiado podía presentirse el palpitar del diminuto corazón al borde de quedar paralizado por el pánico.

-Hay días para morir al mediodía, -murmuró la anciana, que continuó divertida por el sonido de sus palabras: -me salió verso sin mayor esfuerzo.
-Abuela, a veces parece que invitaras a la muerte.
-Niña, hay que saber leer las señales del destino…
-¿Y eso se aprende? -respondió Jacinta que andaba en los curiosos diez años. La dulce colorina de mirada penetrante, reposaba sentada frente a la anciana, las manos entretenidas pintando flores infantiles con sus lápices de colores.
- Eso se sabe. Eso se intuye. Nadie te puede enseñar lo que no eres capaz de aprender por ti misma, Jacinta.

Luego, ambas siguieron en silencio. Una bordando el mantel rojo con rosas blancas y la otra dibujando en la hoja papel que se iba saturando de detalles a medida que transcurrían los minutos.

Más tarde, mucho después del almuerzo, el té de las cinco e incluso la cena, cuando la noche cayó sobre el valle y cubrió el pueblo de Sotaquí, la Muerte se detuvo a mirar por la ventana, y observó la plumita de jilguero que había quedado frágil y leve sobre el marco de madera. Tomó la señal entre sus huesudos y sabios dedos y siendo la medianoche exacta la depositó con sumo cuidado sobre la frente arrugada de la anciana.
  

(Sotaquí, Chile)

 (Luna de Burdel)

domingo, 27 de enero de 2019

Decálogo de Miedo

Portada de Luna de Burdel.
Fotografía María José Puig
Diseño Vanessa Ojeda

Buenos Aires me gusta mucho. Pero me da miedo. Se ha ido poniendo oscuro y maloliente, y los pasamanos y las perillas y los adornos de bronce de las hermosas puertas de hierro forjado, ya no brillan como lo hacían hace no tanto tiempo. Pero, estos años han sido años de miedo. Y el temor que corre en las venas, ha ido opacando todo lo que alguna vez iluminó esta magnífica ciudad del Atlántico Sur que es la capital de nuestra gran nación Argentina.

Siendo joven vine alguna vez y todo era muy distinto. La vida bullía como hormigas inquietas en las avenidas, los restaurantes, los teatros y hasta en las librerías.

Filippa le han puesto a la bebé, porque a mi hija se le ocurrió casarse con un descendiente de emigrantes italianos ¡Y qué culpa tiene la criatura! En la pampa ese es un nombre de varón, y se dice Felipe. Pero a mi niña, a mi única hija, se le puso venirse a la capital y vivir la vida que a ella le gusta. Con los amigos que a ella le interesan y los nombres que se le antojen. Por lo menos los italianos cantan bonito y comen pastas. La pasta está bien. Y sonríen mucho y cuando se acercan a la cuna dicen “belleza” , arrastrando las eles mientras hacen aspavientos con las manos como si hubieran bajado del barco que los trajo de Italia hace unas horas y no hace unos decenios. ¡Pero ese nombre! ¿Por qué no ponerle algo normal, algo verdaderamente argentino? Ana María, como mi madre. María Laura, María Cristina, María Eugenia o María Florencia, como mis hermanas. María Carmen, como mi vecina. María Alejandra, como mi suegra. María Fernanda como yo. O algo así. Filippa. Mi única nieta se llama Filippa, ¿Cómo explico eso en la pampa?

Cuando me marcho, todo sigue igual en Buenos Aires.

Ahí están los últimos resplandores de su vocación europea, su obelisco tan solo, y su Casa Rosada, efectivamente rosada. Y mi nieta que se llama Filippa.

(Del libro de relatos Luna de Burdel, de Ana Durruty, 2019)

Luna de Burdel es ganador del Premio Literario Víctor Domingo Silva 2018 de la Municipalidad de Ovalle y será presentado en el marco de la Feria del Libro de Ovalle, el 24 de febrero de 2019 a las 19:00 hrs. Invitación abierta al público.


lunes, 27 de junio de 2016

Terciopelo negro

Despertó de la siesta y se quedó reposando entre los almohadones y el aroma a “Shalimar” de Guerlain. Permitió a sus dedos jugar un rato a ensortijar el cabello negro y sedoso que se desparramaba abundante sobre el lino. Los vestidos colgados en la perchas de madera del vestidor del hotel calzaban perfecto a un cuerpo bien tratado por los años. El suyo. Patricia administraba la tranquilidad de saber que cada uno de ellos estaba hecho a medida. La suya. Y que con los accesorios adecuados se vería radiante. La mujer perfecta, en el lugar ideal.

"Shalimar". Fotografía de Ana V. Durruty
Pero, entresueños, las imágenes lejanas llegaban en oleadas calmas, al ritmo del sonido del mar que removía extrañamente inquieto la arena de la tan mentada Costa Azul. En realidad, por la altura del Torre Odeón, no debería escuchar el ruido aquel que más se parecía al murmullo nervioso del Océano Pacífico frente al casino de Coquimbo. Fue allí, en el Sur del Mundo, una noche casi de madrugada cuando al salir después de haber perdido unos pocos pesos, se encontró de sopetón con Anwar Al Kaddim. La cosa más extraña del mundo, como si un universo paralelo hubiera atravesado el suyo de café de pueblo con amigas, juegos de cartas de domingo con la ex suegra, trabajo de rutina en una oficina del servicio público y pijama de plush holgado con dibujos de cartoons infantiles.

Una década más tarde el velo de las horas y los días ha cubierto ese pasado y lo ha tornado ajeno, lejano y extraño. Una película de otra vida. De la vida feliz de una mujer que Patricia ya no reconoce.

¡Quién te vio y quién te ve!

Miró hacia atrás, y alcanzó a vislumbrar un poco más allá del horizonte de sus hombros desnudos, el perfil del Bentley negro estacionado con las llaves puestas en la tradicional plaza de Mónaco. Sonrió sin que sus labios alcanzaran a reflejar el gesto y giró suavemente para que el marroquí que la esperaba en las primeras gradas del acceso del casino de Monte Carlo tuviera tiempo para contemplar su belleza latina de mujer bordeando los cuarenta años. Sin afectación, pero sin tregua, estiró su cuello y las luces del atardecer se reflejaron golosas en los largos aros de perlas y brillantes. Luego, avanzó hacia Anwar con el donaire de una princesa renacentista. Sin pasado. Sin futuro. Inmortalizada en un momento perfecto.


(De "Cínica". autora: Ana V. Durruty)