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martes, 13 de septiembre de 2022

Raíces de mi escritura





 "La niebla del norte me salió a recibir cuando enfrenté la entrada a la desembocadura del río Limarí desde la costa, entre el bosque de Fray Jorge y las alturas de Talinay. Me sumergí en ella en mi enorme zancudo de fierro, zumbando como loco y con visibilidad cercana a cero. Faltaban unas pocas millas para aterrizar en la hacienda y allá arriba el Sol se burlaba de mis esfuerzos por sobrevolar la húmeda camanchaca que me envolvía. El sonido de los motores era aún más solitario en ese mar blanco y blando en que flotaba transportado por la incerteza".

(De "Piloto", cuento del libro "Luna de Burdel")


Mi padre tenía una imaginación fértil y un profundo amor por las tradiciones de mi país.

Heredé ambas características de él, y ambas son parte de mi proceso literario y de mis libros. “El sueño de la leona” tiene profundas raíces en mi zona natal en el Norte de Chile.

Asimismo parte importante de mis otras obras literarias, novelas y cuentos, tienen ecos y reflejos de ese Norte de Chile en que nací y crecí. Es una fuente permanente de inspiración. Esa resonancia muchas veces se mezcla con mis experiencias en otros países y, entonces, mis textos se vuelven eclécticos bajo la influencia de la magia de la reverberancia de la luz del semidesierto chileno.

Al celebrarse la Fiesta de la Independencia de Chile, he querido hacer un homenaje a mis raíces, que tanta influencia toienen en mi literatura.

En la foto superior mi padre, Fernando Durruty Alfonso. Abajo, yo al igual que mi padre, luciendo el sombrero de “huaso” o “huasa”, parte del traje típico nacional de Chile.










viernes, 20 de mayo de 2022

Ella es el camino






Así como sin querer, estaba sentada con un sombrero de ala ancha rojo encendido y las piernas cruzadas sobre un pisito de madera tapizado con cuero de cabras montañesas.


Primero se sacó las zapatillas y las dejó al costado. Eran de color indefinido y trascendían a caminata no de días sino de meses. Los calcetines no lo hacían mal y al sacárselos arrastraron algunas bandas de gasa manchadas con sangre ennegrecida.


Nunca levantó los ojos así que no supe nada sobre su mirada, ni sus penas ni sus alegrías.


Protegidos por el ala del sombrero, los hombros se hundían en un cuerpo evidentemente arrasado por la fatiga.


Todo lo demás era ambiguo y misterioso y quedaba plasmado de un solo aire, que llegaba hasta el paladar con sabores de tierra y ajo e irritaba los ojos por la acidez del hedor.


Parecía un viajero en el tiempo, que se había detenido para darle espacio a su humanidad sin edad.


No sé si fueron muchos o pocos los minutos que estuve contemplándola.


Cuando se levantó, miró alrededor por unos breves instantes como buscando ratificar su ubicación, y sin prisa avanzó hacia la puerta que se abría sobre la plaza empedrada de Santiago de Compostela.

 

Por un instante vaciló, pero continuó su senda más allá del umbral con un leve rengueo, más de cansancio que de dolor o enfermedad. Nunca miró hacia atrás, ni siquiera en dirección a algún costado, aún cuando un ciclista acelerado pasó casi rozando sus pies descalzos. Ella no se sobresaltó y prosiguió su caminata, aparentemente sin inmutarse. Sus ojos seguían siendo ajenos e inescrutables para mí.


Fue entonces que comencé a seguir sus pasos. Había capturado mi atención por completo. Necesitaba saber quién era. Quería hacerle mil preguntas. Para ella yo no existía y, en sentido contrario, ella era todo para mí en ese momento. Se alejó mientras subía las anchas escaleras de la catedral con insospechada energía.


El vuelo rasante de una paloma me distrajo por una fracción de segundo y cuando la busqué con la mirada, solo quedaba delante mío el último velo de su sombra estampado fugazmente en la doble hoja del portal sagrado.


Apuré el paso, con un presentimiento de pérdida. La puerta se cerró con un dulce quejido a mis espaldas y mi temor aumentó al comprobar que allí solamente abundaba la bruma del incienso.


Primero la busqué con las pupilas un poco dilatadas por la oscuridad, apenas amortiguada por la luz cenital que daba al aire una pátina dorada. Luego caminé avanzando por el centro de la nave, más y más rápido. Cada tanto giraba sobre mis talones para asegurarme que no estuviera a mis espaldas. 


Se había esfumado. 


Me quedé contemplando el retablo. Luego me hinqué en un reclinatorio y me quedé allí hasta que las rodillas me avisaron que llevaba demasiado tiempo en la misma incómoda posición. Las campanas anunciaron la proximidad de la Misa del Peregrino. Cuando levanté nuevamente los ojos, una suave lágrima corrió por mi mejilla en busca de consuelo.


Consuelo divino. Porque humano ya hace muchos años había perdido la esperanza de tenerlo.


Mientras me reencontraba conmigo misma, comprendí que jamás conocería los secretos de sus ojos. Y que de alguna manera misteriosa ella era el camino.





Santiago de Chile, mayo 20 de 2022


martes, 22 de marzo de 2022

Snob

 

Cartagena de Indias    Foto: www.denomades.com


El cielo estaba plagado de medusas iridiscentes. Latían con pulso incierto mientras la tarde hacía su debut.

Pilar Antonia se refregó los ojos con los puños de las manos. No había terminado de hacerlo, cuando empezó a lamentarlo. La

luz inclemente del sol lastimó su dolor salino y el vaho del protector solar agudizó su pesar.

Cada julio de los últimos diez años había venido religiosamente a veranear a Cartagena de Indias, con la vaga esperanza de toparse en una calle o un restaurante con el vate Gabriel García Márquez. No por fervor literario, pues a ella eso de leer libros gordos no se le daba con agrado. Sino porque le encantaba poder contar a sus amigas del campeonato de bridge que ella veraneaba “exactamente en el mismo lugar” que el exponente máximo del realismo mágico que ellas sí habían leído in extenso.

A modo de consuelo, repasadas tantas veces las veredas en torno a la casa de altos murallones del creador de José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán; y frustradas sus ilusiones en cada uno de los periplos, Pilar Antonia, emprendía el camino que bordea los murallones de la ciudad vieja hasta llegar a los locales de joyas y artesanía de los cartageneros. Con tantos intentos ahogados en piedras preciosas, ya ni llevaba la cuenta de la cantidad de anillos de esmeraldas que atiborraban su joyero. Una vez concluidas las vacaciones, de vuelta en su casa del barrio Miraflores, lo abría y un resplandor verdosillo la transportaba a las playas de Cartagena. Elegía alguno con una gema grande, oscura y luminosa, para lucir mientras tomaba un aperitivo en el club de golf o cuando barajaba los naipes para jugar.

Las esmeraldas resaltaban sobre su piel tostada en el Caribe y era completamente feliz al contestar, como si nada: -“Por supuesto, linda, este año nuevamente estuve allí, exactamente en el mismo lugar que él”.

 

 (Cartagena de Indias, Colombia)

De libro "Luna de Burdel"

viernes, 18 de marzo de 2022

No hay memoria

Los viejos amores

han caído en un pozo oscuro

de deseos muertos

No hay memoria

No hay resurrección


Los rostros del pasado

se fundieron en piedras centenarias

cuaternarias

de desierto latinoamericano

No hay deseo

No hay dolor


La libido ancestral

se ha vuelto insaciable

luminosa

dueña de días breves

No hay pudor

No hay secretos


Los amores nuevos

beben la melancolía vertiginosa

de un pasado amenazante

No hay certezas

No existe el tiempo



martes, 27 de julio de 2021

Emparentadas

 




En otro mundo hubiéramos sido primas. Por lo menos. O quizás hermanas. La misma frente, la misma boca delgada. Sobre todo la misma nariz. Fuerte, prominente; llena de carácter. Amenazante. Allí sentada frente a mi en el vagón del tren de Paris a Biarritz, podía observar a mis anchas su figura recortada contra el ventanal que iba revelando los paisajes cada vez más verdes que nos acercaban al País Vasco francés.

No me extraño mucho que se parara junto conmigo cuando nos acercábamos a la estación de mi destino. Tampoco que tomara un taxi unos pocos minutos antes que yo me embarcara en el mío rumbo al local de Europcar en el aeropuerto. Debo admitir que me extrañó un poco volver a encontrarla en la garita en que debía retirar el auto en que pretendía embarcarme en un recorrido por las tierras de los Pireneos Atlánticos que alguna vez habían habitado mi bisabuelo Jean y todos sus antepasados hasta los inicios de la historia. Pero, bueno, siempre puede haber coincidencias.

Desde antes de llegar al hotel comencé a disfrutar del placer de estar en el lugar en que uno debe estar; aquel lugar en la Tierra en que tu cuerpo se siente naturalmente cómodo con la temperatura, el paisaje y la luz. Aquellos parajes que sientes que conoces desde siempre aunque nunca hayas estado antes. Donde sabes que sabes más de lo que crees y conoces los árboles y las flores y los nombres de las aves porque deben llamarse así.

Pero cuando logré estacionarme en una de las callecitas de Hasparren y vi el auto rojo que ella había arrendado, unos pocos metros adelante, pensé que algo no andaba bien, que eran demasiadas casualidades juntas. Pero no me atreví a hablarle, porque mi francés era precario y ella estaba conversando con fluidez en el idioma que, obviamente, era su primera lengua.

Con los recortes de tiempo puedes hacer una vida entera nueva. Si aprovechas al máximo cada tramo de camino, sacas el ticket antes que otros en la fila de la farmacia, tomas justo el vagón del metro antes de que éste parta, entras al banco antes de que cierre sus puertas esa jornada, sales rápido y tomas el taxi para almorzar en la mejor mesa del restaurante con tu mejor amiga, terminas a una buena hora la merienda, alcanzas a comprar lo que necesitas en la librería, llegas a tu casa cuando hay luz, sacas la ropa de la secadora, y así sucesivamente, siempre aprovechando hasta el más mínimo resquicio del tiempo, puedes en efecto tener el premio de hacer todo lo que deseas y aún más, hasta juntar la cantidad de saldo suficiente en la cuenta de tu vida actual, para alcanzar a vivir una adicional.

Pero nunca se me ocurrió que hubiera una persona viviendo mi otra vida.

-Hola, alcancé a escuché en el rent a car que tu apellido es Gaitía. Yo soy Begoña Gaitía-, me saludó ella finalmente en perfecto español, creo que al ver mi cara de perplejidad a menos de un metro suyo, donde me había quedado plantada después de bajar del auto.

Recordé la batalla dada por mi madre antes de mi bautizo, cuando mi abuelo insistía en ponerme Begoña y su nuera –acertadamente para mi gusto- evitó el tradicional nombre vasco con el sencillo artilugio de ofrecer llamarme como mi abuela.

-Hola, yo soy Rebeca Goitía- le respondí con una sonrisa cuando ya me habían vuelto los colores, la movilidad y el habla.

Nos quedamos hasta tarde conversando en el único cibercafé de Hasparren, hasta que la tarde se hizo noche y el azar tuvo un sentido.

(Hasparren, País Vasco)


(De Luna de Burdel)

Nueva Crítica Positiva a Mudita

 



Nueva crítica a la novela "Mudita". 

Lee lo que dicen de esta obra en el siguiente link: Link Crítica Mudita

Plus Ultra








Corrí, corrí como una loca, detrás de ti, le estaba explicando la mujer mientras jadeaba. Sólo entonces, él se detuvo y miró hacia al costado, con una mirada desconocida. Desentrañó el hondo significado de las palabras perdidas en el recodo anterior del tiempo. Recordó tantas de aquellas cosas que había olvidado con escrupulosa paciencia, para que nunca, nunca jamás, le volvieran a atormentar.
Pero, fue también en ese preciso minuto en que se miró a sí mismo y descubrió que se había perdonado. El hombre sintió cómo sus ojos claros se vaciaban en un desconocido mar de alivio. Detuvo sus pasos, anhelando que ese gesto pudiera congelar el tiempo. Se sentó en la acera, apoyó sus hombros en el poste del alumbrado público y dobló sus rodillas hasta rodearlas completamente con sus brazos. Mientras se aclaraba su visión contempló con serenidad el tatuaje en el antebrazo derecho, lamentando no haberse hecho aquel que quería grabar en la parte superior. Tantos años atrás tuvo en algún momento la imagen clarísima del escudo de la España del Generalísimo Franco que iba a imprimir en su piel. Luego, ocurrió algo extraño. Rememoró con dolor, diez años después, la tarde en que ella nunca más volvió. Partió como llegó, inesperada y avasalladora. Tan efímera, que durante largos meses pensó que había sido irreal. Con el paso de los años, se preguntó si ella lo recordaría. Si él habría sido real para ella. Al final únicamente quedó la frase que la mujer le pidió que guardara, te has ganado un lugar en los buenos momentos de mi vida. Siempre tendrás un lugar en mi corazón. El día en que el hombre cumplió cincuenta años, buscó hasta encontrar los datos de la mujer. Cuando llegó a su puerta en ese pueblo del norte, tras viajar atravesando casi todo el país, comprendió que la señora de sesenta años que regaba el jardín no lo reconocía. La miró con sus tristes y profundos ojos de cielo y comenzó a desandar el camino. Corrí, corrí como una loca detrás de ti, le estaba explicando la mujer mientras lo observaba, sentado allí en plena calle. El sol se descolgaba sin piedad esa tarde de mayo. Ella se agachó hasta quedar reclinada de rodillas junto a él. Comenzó a desabotonar su blusa amarilla que se deslizó por un costado de su cuerpo, dejando al descubierto su femenino hombro derecho. Luego giró lentamente, para mostrarle a él, un escudo de España, en el que se leía con claridad Plus Ultra. Más Allá.


(Cuento de libro "Cínica").