No sé de donde apareció ella.
Venía de muy lejos, de un país que no recuerdo bien. Si no me equivoco era de
la costa del Caribe, en centroamérica. Primero me gustó su sonrisa. Después sus
ojos negros. Misteriosos y desafiantes detrás de las gafas de sol. Eran ojos
gitanos. Como los míos. Ojos húngaros de magiar.
-Escuchar las danzas húngaras de Brahmsaquí es redundante.
Su voz ronca me gustó pese a su
mal inglés y al modo en que pronunciaba los nombres de las calles en húngaro.
Sus labios gruesos y sus dientes blanquísimos eran perfectos, ¡no podían sino
gustarme!
-Es redundante si usted lo dice-, le respondí.
No era de esas mujeres con las
que uno quiere discutir, así que cambié el dial de la radio del auto hasta
encontrar algo de música local. Me gustó también su sonrisa a través del espejo
retrovisor. Su rostro se iluminó complacido.
La llevé al Palacio de Buda en lo
alto de la colina y tomé las fotografías que me pidió de ella con el Parlamento
de fondo más allá del Danubio, y también frente a la Catedral de San Esteban, y
me gustó su piel azabache matizada por la luz del mediodía.
Cuando caminó hacia la entrada
del hotel, me gustaron sus piernas, sus sandalias, los dedos de sus dos pies,
sus tobillos, sus rodillas y el ritmo de sus pasos.
Desde mi taxi la contemplé
abrazarlo y colgarse de su cuello antes de besarlo. Me gustó su aliento que no
me rozaría jamás, su saliva que no habré de beber y su tibieza, que sólo pude
presentir.
Nunca más la vi. Su alma también
era zíngara. Yo seguí viviendo en Budapest. Continué trabajando de chofer,
paseando a extranjeros en mi ciudad.
"Sobrivivir", obra de la artista Julie García inspirada en el cuento "Horrísono"
Si puedes estar lejos, muy lejos, y no ver a la persona que amas durante mucho tiempo, por ejemplo seis semanas, llegas pronto a la conclusión que, de la misma manera, podrías no ver nunca más a esa persona y sobrevivir.
Sobrevivir, como has sobrevivido tantos años. Quizás serías menos feliz, pero se puede vivir sin ser demasiado feliz. Sobre todo si eres capaz de disfrutar de cosas que a otros casi ni importan.
Más aún considerando que el hombre con el que soñaste,no siempre es el hombre que realmente necesitas.
El tiempo y la distancia labran rutas ignotas en el corazón. Como pequeños parásitos que roen las emociones, carcomiendo el pensamiento y la esperanza.
Y aunque no podías desentenderte del frío, contemplaste los esfuerzos de la primavera por hinchar las yemas de las hojas de los árboles y percibiste en tu alma una brizna de alegría. (De "Cinica", obra de Ana V. Durruty)
Nada es como ayer. En el futuro, nada
será como hoy. Cruzó la calle sin saludar a nadie, extraña en su propio país.
Compró azúcar morena en el almacén de la esquina y continuó caminando como si
todo siguiera igual.
"Crossroad" de la serie "Filtros". Ana V. Durruty
A veces la vida es un cruce de caminos
y, a continuación, cada cual sigue su ruta. Calama es un pueblo minero, con su
carga de soledad y erotismo, y al caminar por las calles polvorientas, algo
irreal parece hacer temblar el aire caliente del desierto. La piel morena de
los transeúntes locales, provenientes de Bolivia o el extremo norte de Chile,
contrasta con el rubicundo matiz de la tez de los extranjeros, turistas y
empleados de las mineras que vienen del otro lado del mundo.
El sonido del llamado del teléfono celular
sacó a la joven mujer rubia de su ensimismamiento y el tiempo se detiene por
varios minutos.
Ya había pasado el interfaz del día a
la noche, con calma y rapidez al mismo tiempo. En las alturas cordilleranas de
Los Andes minerales, el frío araña como un gato mojado, y respirar se torna
repentinamente un acto consciente y desagradable. Algo salobre y seco parece
recorrer los pensamientos. Eso maligno y antinatural que inquieta al animal que
cada hombre lleva adentro.
Veinticuatro horas más tarde, el
teléfono volvió a sonar. La mujer leyó la pantalla digital y presionó la tecla
roja que impedía la comunicación. No era el momento adecuado para escuchar esa
voz a mil quinientos kilómetros de distancia. Ni siquiera sabía si algún día
sería apropiado responder a esa llamada. Compró té negro en el almacén de la
esquina y caminó con parsimonia los pasos que le faltaban para llegar a la
pensión, esquivando con cuidado las líneas que dividían los paños de cemento de
la acera.
Ni un árbol, ni una sombra, ni una
sonrisa. Vivir en el desierto es un riesgo constante, y el peligro mayor es esa
certeza diaria de que no hay nada entre el Cielo y la Tierra que proteja de las
verdades individuales. En la soledad, el alma queda expuesta a su propio
reflejo en la inmensidad de la nada.
Tres meses después, noventa llamadas
de teléfono celular sin contestar acompañaban a la mujer esa tarde de
diciembre, mientras caminaba por la losa del aeropuerto de la capital del cobre
mundial. Miró hacia adelante, y sus ojos amarillos brillaron como la luz de la
arena que se perdía en el desierto más árido del planeta. No había caminos en
el horizonte, sólo la pista de aterrizaje y después, el infinito azul. (Del libro "Cínica", obra de Ana V. Durruty
Para celebrar y agradecer las más
de cinco mil visitas al blog en tres semanas desde que fue creado, he recogido
algunos comentarios de personas que no pudieron hacerlos directamente en www.anadurruty.blogspot.com pero
que sí me los enviaron a través de Facebook o Twitter. No están todos, pues no
siempre alcanzo a registrar; pero son una buena muestra de la recepción de los
cuentos y poemas que he publicado. Siendo escritora, es difícil reconocer que
no hay muchas palabras que me permitan explicar cuánto me reconforta que me
hagan llegar las impresiones que les genera lo que escribo, pues si algún sentido
tiene el arte es ese: provocar emociones en quienes entran en contacto con él,
y para una artista esa es la mayor recompensa.
“Qué buen blog, lo revisé y me
encanta…. Mucho éxito”. (Jean Luis Dufourcq del Canto, en Facebook, 22
de junio de 2016)
“Me gusta tu blog, te robé algo
para publicar en Facebook ya que me gustaron tus escritos. Debes seguir así, se
nota que eres mujer de talento (…) Nunca copies, crea”. (@@moska43RG, Rafael Glez.Mosquera en
Twitter)
“¡Mucho éxito en tus proyectos! Tienes una
visión muy particular”. (@cwbarraza, Cristián Barraza en Twitter)
“Simplemente hermoso, pero igual
me dio penita como en el otro cuento. Felicitaciones… Por al leer sentir lo que
quiere mostrar”. ( Nevenka Teresa Godoy Rivera, en Facebook)
“Está muy padre”. (@ardzelllCesar,
César Guzmán, en Twitter)
“¡Te felicito por tu éxito entre
los aficionados a la buena lectura a nivel internacional! ¡Eres nuestra
escritora chilena de los tiempos modernos”. (Marcelo H. Cornejo Salas
en Facebook)
“Belli! Anche se non sono il mio
genere, mi piaccono molto, sopratttutto “La mujer del sombrero negro” E’
vagamente nostálgico a votre crudo e cinico, ma comunque coinvolgente. La
scrittura e scorrevole e piacevole.(…) Complimenti! (@helmvergara1,
Helen Vergara, en Twitter)
“Es una hermosa narrativa, en simples estrofas
haces imaginar tan nítidamente a los personajes de este cuento. Sinceramente
tienes un increíble talento de transportar al lector dentro del cuento mismo.
Te felicito, eres una increíble escritora”. (Palominos Leonard, en
Facebook)
“¡Me encantó tu blog, voy a
regresar de nuevo a leerlo!” (@TATU_TATA_TATU, Tatiana Rojas, en
Twitter)
“Tienes la capacidad de hacer que
el lector entre en el relato, para mi en especial en este último (Flor muda),
ya que esos atardeceres rosados de nuestro Norte Chico me encantan”.
(Sofía Corral en Facebook)
“Durruty Al extremo, pero con la justa
conexión entre poesía y cuento. En verdad muy bueno, te felicito. Muchas
palabras tocaron mi alma. Gracias”. (@GabyChavero2, Gaby Chavero en
Twitter)
“Como todos los cuentos de
“Cínica”, tan actuales, súper bien escritos, que uno se va rápidamente haciendo
parte…” (Sandra Castillo en Facebook)
“Me gustó”, (Sergio
Martín Cordero, en Facebook). “Me gusta”, (@viviriosruiz en
Twitter). "¡Felicitaciones!", (El_Archiduque Christián Salazar en Twitter)
“Me encanta tu poesía, Ana
talentosa eres”. @magnifico_el el magnifico lord en Twitter)
“Es el relato de caminos
adquiridos… seguiré leyendo”. (@uf80 en Twitter)
“Bonito blog… sombrero negro… una
ruleta de amor… ¿acaso un final malo por ser negro? (@kmiguelm, Miguel
M en Twitter)
“Encuentro bueno tu trabajo, siempre se puede
mejorar, sigue adelante”. (@llanero4462 Llanero solitario en Twitter)
“Escribes como piensas sobre la
marcha, saliendo reflexiones muy interesantes. Gracias por escribir así tal
cual”, (@SmMonterd Santiago en Twitter)
Y para terminar, uno de los primeros
comentarios que recibí, pero que apunta a las motivaciones para haber hecho
este blog.
Leí la introducción de tu blog
(…), entiendo la razón de la aceptación, ya que la redacción es sencilla y
emotiva. En este nuevo emprendimiento no me resta más que desearte éxitos, ya
que un individuo que está logrando su sueño no lo concibo más feliz, sigue
adelante”. (@MaMaCaty3, Catita en Twitter)
Nuevamente, muchas gracias a
todos, ojalá los próximos comentarios se animen a hacerlos en el blog mismo y
¡seguimos en contacto!
Despertó de la siesta y se quedó reposando entre los
almohadones y el aroma a “Shalimar” de Guerlain. Permitió a sus dedos jugar un
rato a ensortijar el cabello negro y sedoso que se desparramaba abundante sobre
el lino. Los vestidos colgados en la perchas de madera del vestidor del hotel
calzaban perfecto a un cuerpo bien tratado por los años. El suyo. Patricia
administraba la tranquilidad de saber que cada uno de ellos estaba hecho a
medida. La suya. Y que con los accesorios adecuados se vería radiante. La mujer
perfecta, en el lugar ideal.
"Shalimar". Fotografía de Ana V. Durruty
Pero, entresueños, las imágenes lejanas llegaban en oleadas
calmas, al ritmo del sonido del mar que removía extrañamente inquieto la arena
de la tan mentada Costa Azul. En realidad, por la altura del Torre Odeón, no
debería escuchar el ruido aquel que más se parecía al murmullo nervioso del
Océano Pacífico frente al casino de Coquimbo. Fue allí, en el Sur del Mundo, una noche casi de
madrugada cuando al salir después de haber perdido unos pocos pesos, se
encontró de sopetón con Anwar Al Kaddim. La cosa más extraña del mundo, como si
un universo paralelo hubiera atravesado el suyo de café de pueblo con amigas,
juegos de cartas de domingo con la ex suegra, trabajo de rutina en una oficina del
servicio público y pijama de plush holgado con dibujos de cartoons infantiles.
Una década más tarde el velo de las horas y los días ha
cubierto ese pasado y lo ha tornado ajeno, lejano y extraño. Una película de
otra vida. De la vida feliz de una mujer que Patricia ya no reconoce.
¡Quién te vio y quién te ve!
Miró hacia atrás, y alcanzó a vislumbrar un poco más allá
del horizonte de sus hombros desnudos, el perfil del Bentley negro estacionado
con las llaves puestas en la tradicional plaza de Mónaco. Sonrió sin que sus
labios alcanzaran a reflejar el gesto y giró suavemente para que el marroquí
que la esperaba en las primeras gradas del acceso del casino de Monte Carlo
tuviera tiempo para contemplar su belleza latina de mujer bordeando los
cuarenta años. Sin afectación, pero sin tregua, estiró su cuello y las luces
del atardecer se reflejaron golosas en los largos aros de perlas y brillantes.
Luego, avanzó hacia Anwar con el donaire de una princesa renacentista. Sin
pasado. Sin futuro. Inmortalizada en un momento perfecto.
A Samuel del
Villar, sin casa, sin cama, la edad se le vino encima, sin tranvía ni vino
tinto, al tiempo que le tomaba más afición de la que nunca antes le tuvo a su
gran danés, el “Don”. Así que esa madrugada húmeda de otoño, el perro era su
único compañero y merodeaba intranquilo, con el paso incierto.
A su primera
mujer la amenazó, pero jamás la habría matado. A la segunda, bueno, a esa pudo
estrangularla a sangre fría si no hubiera desaparecido por propia decisión un
día cualquiera, ya olvidado. Pero, a esta, la tercera, la iba a matar la mañana
del día anterior, como a un conejo que medraba en su papal. Los domingos no hay
nadie en la hacienda y Samuel del Villar disfruta, desde hace ya veinte años,
de una apacible soledad que lo reconforta de tantos sinsabores de la vida que
ha elegido vivir.
De un
domingo para otro, sin advertencia previa, la mujer se fue quedando, quedando y
no se marchó más. Antes de que pasara mucho tiempo, Samuel del Villar, comenzó
a salir de su propia casa los domingos muy de madrugada, un pretexto por aquí,
otro por allá, en tanto la mujer seguía en brazos de Morfeo hasta que le daba
la gana.
Foto: Ana V. Durruty en www.limarisecreto.blogspot.com
Samuel del
Villar era un hombre todavía joven, pero con harto recorrido desde muy temprana
edad. Si la salud lo acompaña y el Diablo se hace el leso, le queda por lo
menos un cuarto de siglo de vida por delante y pensaba aprovecharla a su
medida, no a la de la mujer que se había instalado en su vida, con sus petacas
y sin que nadie la invitara.
Un mechón
del pelo le caía sobre la frente y unas gotas frías resbalaban por su mentón
cuando hizo girar la llave de la puerta de entrada de la casa. Avanzó con esos
trancos largos que le daba el porte, hasta la cocina, abrió la puerta de la
alacena y la volvió a cerrar. Algo atrajo su mirada en la ventana y no se
sorprendió al comprobar que las cortinas de cuadros amarillos que lo
acompañaron durante largo tiempo, habían sido cambiadas por unas nuevas,
coquetas y floreadas. Samuel del Villar
puso ambas manos sobre su cara y las dejó allí mientras pensaba.
La mato
ahora o ella me mata, pensó con lógica de animal acorralado en su propia
madriguera. Unos pasos más y se encontró de sopetón con unas fotos, en sus
respectivos marcos, colgando en el pasillo de acceso a los dormitorios. Mal
gusto no tiene, reconoció a contra pelo, aunque si hubiera dependido de él,
Samuel del Villar jamás tendría retratos en los muros de su casa. Cuando, por
fin, entró a su dormitorio el asunto tomó el cariz de un mal sueño. Ella estaba
allí, durmiendo desnuda y plácida, con una aureola amarilla sobre su cabeza,
dibujada por el pelo dorado desparramado en la almohada.
Samuel del
Villar, miró de nuevo, esta vez de reojo, se sacó la ropa mojada y, con sumo
cuidado, se introdujo en la cama, esperó a que el cuerpo se le entibiara un
poco, hasta que se atrevió a deslizar su mano izquierda para posarla en la
nalga de la mujer. Manuela giró suavemente y posó su mano donde a él más le
gustaba. Samuel del Villar, sólo alcanzó a pensar: Ella me mata. (De "Cínica", Autora: Ana V. Durruty)
El Ritz de Madrid es el lugar perfecto para disfrutar un té el domingo por la tarde, justo antes de tomar la decisión de recorrer la última
exposición del Museo de El Prado. O justo antes de la misa en San Jerónimo.
Unos pasos más acá. Unos pasos más allá. Res
Mirabilis. Cosa admirable.
Jacinta Mondragón y Sousa de origen portugués -aunque nacida en Brasil- observa con atención el par de sandalias Manolo Blahnik color turquesa expuesto en una hornacina al costado del hall del hotel. Le parece que combinarían en armonía celestial con el traje marfil
que lleva puesto esta mañana fresca y dulce. Ella piensa en asuntos relevantes
para su desempeño laboral. Mira un par de madrileñas que ingresan con actitud
de castellanas viejas, de apellidos largos y rancio abolengo, vestidas con trajes de Valentino. Luego mira a su madre. Hermosa. Sin duda es
su progenitora. La vuelve a mirar, ahora con un resto de condescendencia
filial. Pese al esfuerzo realizado, se nota su pobreza relativa y parece ligeramente
fuera de lugar. Existe una lógica que indica que las modelos profesionales no
andan por la vida acompañadas por sus madres de origen social sospechoso,
provenientes de países ubicados al sur de la Línea del Ecuador.
"Té con bergamota", técnica mixta de Santiago Silva Durruty (100 x 100 cms.)
Jacinta Mondragón y Sousa es apenas una niña y sabe que
estos son sus últimos pasos antes del estrellato. Mira nuevamente a su madre y
recuerda su Sao Paulo natal, la cadencia de la música, la ausencia de su padre,
y la atrapa un impredecible saudade. Un bien que se padece y un mal que se
gusta, como lo describiera en el siglo XVII el lusitano Manuel de Melo, Bem que se padeçe y mal de que se gosta,
de sabor tibio que se va adhiriendo a la piel y aroma a samba.
Jacinta Mondragón y Sousa mira a su madre y se estremece.
Su madre le sonríe con los ojos llenos de dulzura y sube
lentamente hasta la altura de la boca, la humeante tasa de porcelana, de té con
bergamota.